
Tapias del cementerio de San Rafael de Córdoba
El 3 de septiembre de 1936, apenas mes y medio después del golpe militar que sumió a España en la Guerra Civil, fue fusilado en las tapias del cementerio de San Rafael de Córdoba el científico Sadí de Buen Lozano. Era entonces director general de Instituciones Sanitarias, cargo de gran responsabilidad en el sistema sanitario de la II República. Se encontraba en Córdoba para continuar sus investigaciones sobre el paludismo, una enfermedad que asolaba amplias zonas del país, cuando fue detenido tras regresar de un congreso en Madrid.
En el mismo tren en que viajaba, también fue apresado Manuel de la Pinta, alcalde de Cádiz y médico de profesión, que venía del mismo congreso, Ambos compartieron el destino de la represión: Manuel de la Pinta sería trasladado a su ciudad natal y fusilado allí el 30 de septiembre de 1936; la familia conoció la noticia por la prensa.
Sadí de Buen había nacido en Barcelona en 1893, hijo del catedrático y reputado naturalista Odón de Buen, pionero en los estudios oceanográficos en España. Desde muy joven destacó por su brillantez académica y por una vocación científica marcada por el compromiso social. Se doctoró en Medicina y dedicó su vida al estudio de enfermedades infecciosas que diezmaban a la población rural, con especial atención al paludismo.
Su carrera le llevó a especializarse también en otras dolencias endémicas como la lepra o la leishmaniasis, publicando numerosos trabajos científicos de referencia internacional. Llegó a recibir el prestigioso Premio Leverán por sus investigaciones. Pero su mayor legado fue, sin duda, su lucha contra la malaria, de la que llegó a convertirse en máxima autoridad española.
En esta tarea contó con la colaboración de su hermano Fernando de Buen Lozano, naturalista experto en fauna acuática. Juntos introdujeron en Europa un método innovador: el uso del pez Gambusia affinis, originario del Golfo de México, que se alimentaba de larvas de mosquito. Fue Sadí de Buen quien supo aclimatarlo en las quebradas de Talayuela (Cáceres), y desde allí se extendieron criaderos que abastecieron a buena parte de España, Italia, el norte de África y otros países europeos. Gracias a ello, el paludismo retrocedió de manera notable en las zonas más castigadas.
El fusilamiento de Sadí fue narrado años más tarde por el doctor Zurita, testigo forzado de la ejecución, en el libro El genocidio franquista en Córdoba. Su testimonio refleja la entereza del científico en sus últimos momentos: animando a su compañero de suplicio, rechazando la asistencia de un fraile al considerarla hipócrita, y manteniendo la serenidad hasta el final. Cuando la descarga inicial no lo alcanzó, fue él mismo quien pidió a los verdugos que lo remataran. Una muerte digna que dejó profunda huella en los que la presenciaron.
El asesinato de Sadí de Buen no fue un hecho aislado. Formó parte de la represión sistemática contra médicos e intelectuales en Córdoba en aquellos meses de 1936 se ejecutó a figuras como Vicente Martín Romera, querido médico de la ciudad; Manuel Ruiz Maya, director del Hospital Psiquiátrico; Ramón Hombría Íñiguez, responsable del Dispensario Antivenéreo; o Lorenzo Claro Isla Carande, director del Dispensario Antituberculoso. Muchos de ellos frecuentaban tertulias progresistas junto al maestro Modoaldo Garrido Díez, el escultor Enrique Moreno Rodríguez «El Fenómeno», el librero Rogelio Luque o el intelectual Juan García Lara. Todos fueron silenciados a tiros. Soledad carrasquilla Caballero. sccc.-

Sadí de Buen Lozano.

Sadí de Buen regresa a Zuera, el pueblo de su padre, donde viven sus familiares. 88 años permaneció en Córdoba, en la bovedilla 54, fila 1, departamento 2 del cementerio de San Rafael.
