[REQ_ERR: COULDNT_RESOLVE_HOST] [KTrafficClient] Something is wrong. Enable debug mode to see the reason. Morayma – Cosas de Cordoba

Morayma

Maryam bint Ibrahim al-Atar

El 8 de julio de 1493, fallecía probablemente Morayma, la última reina nazarí de Granada. Su muerte pasó casi inadvertida para los cronistas de la época, eclipsada por el protagonismo de su esposo, Muley Abu Abd Allah —conocido por la historia como Boabdil—. Sin embargo, con ella desaparecía también la última gran figura femenina de la dinastía nazarí, una mujer cuya existencia estuvo marcada por el amor, la guerra, la pérdida y el ocaso definitivo de al-Ándalus.

La última vez que Boabdil lloró sobre tierra granadina no fue, probablemente, en el legendario puerto del Suspiro del Moro, tal como la tradición romántica ha repetido durante siglos. Aquella escena, inmortalizada por la literatura del siglo XIX, forma parte más del mito que de la historia. Las lágrimas más sinceras del último sultán nazarí debieron derramarse semanas después, ante una tumba levantada en la pequeña localidad granadina de Mondújar.

Allí dejó Boabdil los restos mortales de la persona a la que quizás amó tanto como a Granada. Morayma había sido su compañera durante los años más difíciles de su reinado, la mujer que permaneció a su lado en las victorias y, sobre todo, en las derrotas. Juntos compartieron el esplendor del trono de Granada y el dolor de contemplar cómo el último reino andalusí de la península desaparecía para siempre.

La reina fue trasladada hasta Mondújar desde Láujar de Andarax, donde el matrimonio había fijado su residencia tras las capitulaciones de Granada. Aquel pequeño señorío alpujarreño, concedido por los Reyes Católicos, se convirtió durante unos meses en la última corte nazarí. Allí intentaron reconstruir una vida alejada de la Alhambra, rodeados de un reducido grupo de fieles que todavía reconocían a Boabdil como su soberano.

Morayma había nacido en Loja hacia mediados del siglo XV. Era hija del célebre Aliatar, señor de Loja y uno de los más prestigiosos militares nazaríes, famoso por su valentía en la defensa de la frontera occidental del reino. Aliatar fue uno de los principales apoyos de Boabdil durante las guerras civiles que enfrentaron a distintas ramas de la familia real nazarí mientras los Reyes Católicos avanzaban inexorablemente sobre Granada.

Su matrimonio con Boabdil no fue únicamente una unión sentimental, sino también una alianza política entre dos de las familias más influyentes del reino. Sin embargo, las fuentes coinciden en señalar que entre ambos existió un afecto poco habitual en los matrimonios dinásticos de la época. Cuando Boabdil regresó triunfante a Granada tras uno de los episodios de la guerra civil, eligió a Morayma como esposa y reina. Las celebraciones fueron solemnes y fastuosas. Quizá aquellos fueron los únicos meses de auténtica felicidad que ambos conocieron antes de verse arrastrados por una sucesión interminable de conflictos.

La vida de Morayma quedó muy pronto marcada por la incertidumbre. Mientras Boabdil alternaba campañas militares, cautiverios, pactos y enfrentamientos con su padre Muley Hacén y con su tío El Zagal, ella permanecía en palacio esperando noticias, soportando largas ausencias y viendo cómo el destino del reino pendía continuamente de un hilo.

Las crónicas apenas hablan de ella. Como ocurre con tantas mujeres medievales, su figura quedó relegada a un discreto segundo plano. Sin embargo, los escasos testimonios conservados permiten entrever a una mujer profundamente religiosa, prudente, discreta y extraordinariamente leal a su esposo. Nunca aparece implicada en conspiraciones palaciegas ni en las luchas de poder que desgarraron la corte nazarí durante sus últimos años.

A esa soledad se añadió un sufrimiento aún mayor. Los tres hijos del matrimonio permanecieron durante años como rehenes de los Reyes Católicos, utilizados como garantía del cumplimiento de los acuerdos alcanzados con Boabdil. La separación debió de resultar especialmente dolorosa para Morayma, que ignoraba cuándo volvería a abrazarlos.

Los cronistas cristianos apenas se detienen en describir sus sentimientos, pero resulta difícil imaginar el drama que vivió aquella madre. Mientras Granada negociaba su rendición, ella debía aceptar que el futuro de sus hijos dependía de decisiones políticas completamente ajenas a su voluntad.

El relato más extenso sobre la personalidad de Morayma fue escrito siglos después por el conde de Benalúa y duque de San Pedro de Galatino en su obra Boabdil. Aunque mezcla tradición y recreación literaria, ofrece una imagen profundamente humana de la reina.

«Allí, en Loja, conoció Boabdil a Morayma, la hija de Aliatar. Cuando volvía de la batalla, que a diario ocurría, sus ojos se encontraban y sus almas se juntaron para siempre», escribe el autor.

Más adelante describe las continuas despedidas que marcaron su matrimonio:

«Aquella noche, Morayma, inundada en lágrimas, despedía a su amante esposo con recelo al verle partir para la guerra. La reina Aixa, espíritu siempre fuerte, alentaba a la hija de Aliatar, y Boabdil trató de calmar la melancolía de la separación.»

Y añade otra imagen que la tradición conservó durante generaciones:

«Es tradición que Morayma, anegada en lágrimas, lo vio partir desde lo alto de un torreón, inmóvil, como la imagen misma del dolor, sin apartar la vista del ejército hasta que los torbellinos de polvo desaparecieron en el horizonte de la Vega.»

Aunque estas escenas poseen un evidente componente romántico, reflejan bien el clima emocional que debió rodear la vida de la última reina nazarí.

Durante las negociaciones finales con Castilla, la angustia alcanzó su punto culminante. Según la tradición, Morayma recibió una carta escrita por uno de sus hijos, educado ya bajo la tutela de los Reyes Católicos, en la que el joven alababa el trato recibido y las virtudes de sus captores. Aquellas palabras, lejos de tranquilizar a los padres, aumentaron su desasosiego al comprobar hasta qué punto la separación estaba transformando a los niños.

Fue entonces cuando, siempre según la tradición literaria, Morayma recurrió al anciano astrólogo Ben-May-Kulmut para conocer el destino de Boabdil. La respuesta fue tan sencilla como devastadora:

«Dicen las estrellas que el último rey nazarí vivirá mucho para padecer mucho.»

Aquella profecía parecía resumir el destino del matrimonio. Poco después llegaron las capitulaciones de Santa Fe, la entrega de Granada el 2 de enero de 1492 y la salida definitiva de la familia real de la Alhambra.

El pequeño señorío de las Alpujarras se convirtió durante unos meses en su nuevo hogar. Láujar de Andarax, Berja y Dalías contemplaron los últimos momentos de relativa tranquilidad de la familia. Allí recibieron finalmente a sus hijos varones, devueltos por los Reyes Católicos una vez cumplidas las condiciones del acuerdo. Su hija permaneció bajo tutela castellana.

Pero aquella paz resultó efímera. La salud de Morayma comenzó a deteriorarse rápidamente. Las causas de su muerte siguen siendo desconocidas. Algunas hipótesis apuntan a una enfermedad prolongada; otras consideran que el agotamiento físico y emocional acumulado durante tantos años pudo acelerar su final.

Su fallecimiento aparece mencionado en varios documentos oficiales. Uno de los más reveladores es la carta que Fernando de Zafra envió a los Reyes Católicos el 28 de agosto de 1493:

«La reina, mujer de Muley Boabdilí, murió, y creo que aprovechó su muerte para el servicio de Vuestras Altezas, porque su dolencia daba algún embarazo a la partida del rey; agora queda más libre para lo que ha de hacer.»

La frialdad administrativa del documento contrasta con el drama humano que encerraban aquellas líneas. Para la Corona castellana desaparecía un obstáculo diplomático. Para Boabdil desaparecía la compañera que había compartido con él todas las desgracias de su reinado.

Siguiendo el rito funerario islámico, el cuerpo de Morayma fue cuidadosamente lavado por mujeres de su confianza y perfumado con almizcle, alcanfor y otras sustancias aromáticas. Después fue envuelto en un sencillo sudario blanco sin costuras, símbolo de igualdad ante Dios, y depositado sobre unas parihuelas cubiertas con un hāik.

La comitiva avanzó lentamente hasta la mezquita. A la hora de la oración del mediodía, el imán anunció la presencia del cadáver, y toda la comunidad elevó la oración fúnebre por el alma de la creyente antes de emprender el camino hacia el lugar del enterramiento.

Con la muerte de Morayma terminó también la breve esperanza de reconstruir una vida en las Alpujarras. Apenas unos meses después, Boabdil abandonó definitivamente la Península para instalarse en Fez, donde viviría el resto de sus días. Nunca volvió a casarse, un hecho poco frecuente entre los soberanos de su época y que muchos historiadores interpretan como una prueba del profundo afecto que sintió por su esposa.

Lejos de Granada, Boabdil participó en distintos conflictos del norte de África, pero jamás regresó a la tierra que había gobernado. La profecía del astrólogo parecía cumplirse: viviría muchos años, pero todos ellos marcados por el recuerdo de un reino perdido.

Morayma, en cambio, quedó para siempre en la memoria como una figura silenciosa. No dirigió ejércitos ni protagonizó grandes decisiones políticas. Su papel fue mucho más discreto, aunque no menos trascendente: acompañó al último rey nazarí durante el derrumbe de una civilización.

Su muerte simboliza también el final de una época. Con ella desaparecía la última reina de la Granada, la mujer que había visto apagarse el esplendor de la Alhambra y extinguirse la dinastía que durante más de dos siglos gobernó el último estado andalusí de la península ibérica.

Quizá por ello las lágrimas que Boabdil derramó junto a su tumba fueron más sinceras que las del legendario Suspiro del Moro. Porque los reinos pueden perderse y las ciudades conquistarse, pero pocas derrotas resultan tan profundas como la pérdida de la persona amada. Soledad Carrasquilla Caballero. sccc.-

Escultura de Morayma en Loja

Escultura de  Ibrahim Aliatar, padre de Morayma en Loja

Monumentio a Boabdil y Morayma en Granada.