[REQ_ERR: SSL] [KTrafficClient] Something is wrong. Enable debug mode to see the reason. Morayma – Cosas de Cordoba

Morayma

El día 8 de julio de 1493 posiblemente falleció Morayma, la última reina nazarí de Granada.

La última vez que Boabdil, el rey nazarita, lloró en tierra granadina no fue en la famosa y mítica escena del Suspiro del Moro, tal y como nos ha transmitido la leyenda. La pena más honda la derramó ante una tumba, en un pequeño pueblo granadino llamado Mondújar. Allí dejó Boabdil los restos mortales de la persona a la que amó tanto como a Granada: Morayma, la mujer que se mantuvo fiel a su lado, que le dio tres hijos y que sufrió en silencio, como él, una vida y un reinado marcados por la desdicha.

Morayma fue trasladada hasta allí por su esposo desde Láujar de Andarax, donde la pareja se había establecido con su pequeña corte tras firmar las capitulaciones con los Reyes Católicos.

Había nacido en Loja, hija de Aliatar, aliado de Boabdil en las luchas que se sucedieron durante los turbulentos años finales del siglo XV. Cuando el rey regresó a Granada triunfante y lleno de esperanza, eligió a Morayma como reina, celebrándose las bodas reales con pompa y alegría, probablemente el único periodo de su vida en el que conoció una felicidad plena.

Poco sabemos de esta mujer, la última reina de Granada, que vivió y murió siempre a la sombra del rey. Además, hubo de soportar durante años la ausencia de sus tres hijos, retenidos como rehenes por los Reyes Católicos hasta la firma definitiva de las capitulaciones.

El amor que Boabdil sintió por su esposa debió de ser profundo, pues tras su muerte decidió abandonar definitivamente su refugio almeriense de Láujar. También se sabe que, ya instalado en Fez, nunca volvió a contraer matrimonio, aunque sí participó en conflictos armados en aquellas tierras.

La referencia más detallada sobre la personalidad de Morayma la dejó el conde de Benalúa y duque de San Pedro de Galatino en su obra Boabdil. En ella describe a una mujer marcada por la soledad, abandonada una y otra vez por las continuas campañas militares de su esposo, y cuyo único momento de verdadera felicidad fue su encuentro y matrimonio con Muley Abu Abdallah. “Allí, en Loja, conoció Boabdil a Morayma, la hija de Aliatar. Cuando volvía de la batalla, que a diario ocurría, sus ojos se encontraban y sus almas se juntaron para siempre”, escribe el autor.

La vida de Morayma estuvo siempre ligada a la despedida. En otra escena, el conde relata: “Aquella noche, Morayma, inundada en lágrimas, despedía a su amante esposo con recelo al verle partir para la guerra. La reina Aixa, espíritu siempre fuerte, alentaba a la hija de Aliatar, y Boabdil trató de calmar la melancolía de la separación”.

Más adelante insiste: “Es tradición que Morayma, anegada en lágrimas, lo vio partir desde lo alto de un torreón, inmóvil, como la imagen misma del dolor, sin apartar la vista del ejército hasta que los torbellinos de polvo desaparecieron en el horizonte de la vega”.

El mismo autor describe también el sufrimiento de Morayma como madre durante las negociaciones de las capitulaciones. En aquel tiempo recibieron una carta escrita por el propio hijo, retenido como rehén por los Reyes Católicos, en la que se alababan las bondades y la magnanimidad de Sus Altezas, aumentando así la angustia de los padres.

Aterrada, Morayma mandó llamar al célebre astrólogo Ben-May-Kulmut y le consultó en secreto el horóscopo de Boabdil. El anciano respondió con una profecía tan lúcida como cruel: “Dicen las estrellas que el último rey nazarí vivirá mucho para padecer mucho”.

Esta escena con el astrólogo es quizá la última referencia literaria a Morayma, más allá de los documentos que mencionan su muerte y su testamento. Tras la profecía llegaron las capitulaciones de Santa Fe y la salida definitiva de la familia real hacia tierras almerienses.

Andarax, Berja y Dalías fueron testigos mudos, tal vez, de los últimos momentos de felicidad compartida, cuando los Reyes Católicos devolvieron a Boabdil y Morayma a sus hijos varones, no así a su hija.

La muerte de Morayma, su entierro y la partida definitiva de Boabdil quedaron reflejados en varios documentos. Uno de los más significativos es una carta de Fernando de Zafra a los Reyes Católicos, fechada el 28 de agosto de 1493, en la que se lee: “La reina, mujer deste Muley Boabdilí, murió, y creo que aprovechó su muerte para el servicio de Vuestras Altezas, porque su dolencia daba algún embarazo a la partida del rey; agora queda más libre para lo que ha de hacer”.

Según el rito musulmán, tras su fallecimiento, el cuerpo de Morayma fue lavado y perfumado con almizcle, alcanfor y otras sustancias aromáticas. Luego fue envuelto en un sudario blanco sin costuras y colocada sobre unas parihuelas, cubierta con su hāik. Cuatro o cinco hombres de máxima confianza de Boabdil portaron el cadáver, acompañados por un nutrido grupo de fieles.

La comitiva, envuelta en tristeza, se dirigió a la mezquita a la hora de la oración del mediodía. Al concluir ésta, el imán anunció la presencia de un difunto en la puerta, y todos los asistentes se levantaron para rezar por el alma de la creyente.

Había muerto Morayma, mujer discreta y silenciosa, amada por el rey más desdichado de los nazaríes. Con ella se apagaba no solo una vida, sino también el último aliento de la Granada islámica. Soledad Carrasquilla Caballero. sccc.-

Escultura de Morayma en Loja