
Reina de la saeta cordobesa
María Zamorano Ruiz, conocida artísticamente como María La Talegona, nació en Córdoba el 16 de agosto de 1909 en la antigua calle Mayor de San Lorenzo, hoy María Auxiliadora. Fue hija de Rafaela Ruiz García, maestra y saetera, y de Antonio Zamorano Jurado, jornalero y empedrador. Fue la cuarta de seis hermanos, la única mujer.
Su infancia transcurrió en el barrio de San Lorenzo, en una casa de vecinos de la calle San Juan de Palomares, donde las estancias se separaban con cortinas. Allí escuchó cantar a su madre, de quien heredó el amor por el cante y, especialmente, por la saeta. Desde niña mostró una voz excepcional, aunque era extremadamente tímida y reacia a cantar en público.
El sobrenombre de “La Talegona” procedía de su abuela materna, quien cultivaba una pequeña huerta en el Jardín del Alpargate y vendía hortalizas por la ciudad guardando las monedas en una talega que hacía sonar al caminar. El apodo hasta llegar a María.
Con solo 14 años, su madre la llevó casi a la fuerza a un concurso de saetas. A pesar de su timidez, María obtuvo el primer premio, dotado con 25 pesetas. A partir de entonces participó en otros certámenes, aunque nunca le agradaron, haciéndolo únicamente para ayudar económicamente a su familia.
Durante gran parte de su vida compaginó el cante con su trabajo como limpiadora en los cines Iris, Palacio del Cine e Isabel la Católica, propiedad de la empresa Cabrera, empleo que mantuvo hasta su jubilación. Pese a poseer voz, conocimiento y admiración por maestros como Vallejo, Chacón y Cepero, nunca quiso hacer del flamenco su profesión principal.
En 1965, animada por un compañero de trabajo, se presentó al IV Concurso Nacional de Arte Flamenco de Córdoba, donde obtuvo el Premio Cayetano Muriel. Este galardón marcó un punto de inflexión en su vida: un matrimonio de origen suizo —el bailarín y coreógrafo José de Udaeta y la bailarina Susanne Audeoud— la buscó en su lugar de trabajo para incorporarla a su compañía teatral.
María aceptó y se trasladó a Barcelona, desde donde durante seis años, a finales de los años sesenta, recorrió España y diversos países europeos (Suiza, Holanda, Alemania, entre otros) interpretando una adaptación flamenca de La Celestina, en la que fue primera actriz. De esta etapa queda un disco grabado junto a Enrique Morente. A su regreso a Córdoba, representó La Celestina en el Alcázar de los Reyes Cristianos.
Gracias a los ingresos de esa etapa artística, compró una casa en la calle Candelaria, en el barrio de San Pedro, cerca de Bodegas Campos, lugar donde con frecuencia era requerida para cantar en reuniones privadas y recitales. Posteriormente regresó a su trabajo como limpiadora hasta su retiro.
Su discografía es breve pero valiosa: compartió grabaciones con Jesús Heredia, participó en registros de saetas y cante cordobés, intervino en la película Carmen la de Ronda y formó parte del disco Antología de Cantaores Flamencos (1960), donde grabó alegrías de Córdoba, medias granaínas, verdiales y fandangos de Lucena.
Aunque cantó diversos palos, fue la saeta —por carceleras, seguiriyas y la saeta antigua cordobesa aprendida de su madre— la que la consagró ante el pueblo. Cantaba en altares domésticos, patios, balcones y, especialmente, durante la Semana Santa, que fue el centro de su vida espiritual y artística. Cada Jueves Santo, hasta su muerte, cantó desde el balcón del desaparecido Bar Ogallas, en el Alpargate, al Cristo del Esparraguero, así como a Jesús Caído, el Santo Sepulcro, la Virgen de los Dolores o el Cristo de la Misericordia.
Una saeta por carceleras cantada por ella en 1949 al Crucificado de San Pedro inspiró a Pedro Gámez Laserna la saetilla final de su célebre Saeta Cordobesa. Para cuidar su voz, solía llevar en el bolsillo tiras de bacalao, costumbre que, según quienes la conocieron, le ayudaba a mantener la voz “pastosa”.
María permaneció soltera, pero dejó una profunda huella familiar y artística. La raíz flamenca continúa en figuras como su sobrino Manuel Aranda Talegón de Córdoba y su sobrina-nieta, la bailaora Carmen Rivas “La Talegona”. Fue tía y maestra del cantaor Talegón de Córdoba, quien dio sus primeros pasos profesionales de su mano.
Amiga cercana de la letrista Concepción Castro Muñoz, muchas de las saetas que cantó fueron escritas por ella. Quienes la trataron la recuerdan como una mujer humilde, sencilla y cariñosa, capaz de conmover profundamente con su cante, que vivía como un auténtico éxtasis espiritual; llegó a decir en alguna ocasión que la Virgen le había sonreído.
María La Talegona falleció en Córdoba el 11 de febrero de 1991, dejando huérfana a la saeta cordobesa. Su ciudad le rindió homenaje en diversas ocasiones, le dedicó una calle en la barriada de Miralbaida y sigue recordándola como la reina indiscutible de la saeta de Córdoba, una voz única que rezaba cantando y que forma parte eterna de la memoria flamenca de la ciudad. Soledad Carrasquilla Caballero. sccc.-


