
El Tempro romano de Córdoba se comenzó a construir el reinado del emperador Claudio y se terminó unos cuarenta años después, durante el mandato de Domiciano
Construido exclusivamente mármol, las columnas, los muros, la cubierta y el entablamento. La calidad del mármol y la de la talla del mismo nos hablan de que toda su obra fue realizada por artesanos altamente cualificados, situando el edificio en uno de los mas bellos del imperio.
Utilizado para el culto del emperador, la altura de las columnas y su elevado número indican que se trataba de un templo de grandes proporciones e importancia.
Marco Porcio Latrón, nacido en Corduba (la actual Córdoba) hacia el año 58 a.C. y fallecido en Roma en el 4 a.C., fue considerado el más eminente retórico de su tiempo. Su vida y legado nos han llegado principalmente gracias a Séneca el Viejo, su amigo y compañero de estudios, quien lo retrató con admiración en sus Controversias y Suasorias. También se conservan fragmentos de sus obras, y las Declamationes que se le atribuyen han sido consideradas auténticas por estudiosos como José Amador de los Ríos.
Miembro de la ilustre gens Porcia, Latrón destacó desde joven por su enorme capacidad intelectual, su vigor expresivo y su asombrosa facilidad de improvisación. Comenzó su formación retórica en su ciudad natal, en la escuela del célebre Marulo, donde coincidió con el propio Séneca. Muy pronto se trasladó a Roma, el epicentro cultural del mundo antiguo, donde fundó una de las escuelas de declamación más reputadas y concurridas de la ciudad. Por sus aulas pasaron figuras tan destacadas como Ovidio, Floro, Fulvio Esparso o Abronio Silo.
Su fama no tardó en extenderse: Quintiliano lo llamó primus clari nominis professor («el primer maestro de nombre ilustre»), mientras que Plinio el Viejo lo describió como clarus inter magistros dicendi («ilustre entre los maestros del arte de hablar»). Tan profunda era la devoción que le profesaban sus discípulos, que —según Plinio— algunos llegaban a beber carminum silvestre (posiblemente una infusión de hierbas) solo para imitar su palidez, símbolo de su entrega al estudio.
Su estilo era vehemente, sobrio y preciso, alejado del ornamento excesivo. La memoria prodigiosa y la energía vibrante de su oratoria lo hicieron destacar en los tribunales y en los escenarios académicos. De temperamento intenso, era conocido por declamar él mismo en su escuela, concediendo rara vez el uso de la palabra a sus discípulos, por lo que estos eran llamados auditores en vez de declamadores.
Su prestigio fue tal que llegó a declamar ante el emperador Augusto y su colaborador Marco Agripa. Viajó en diversas ocasiones a su tierra natal, la Bética, y mantuvo el lazo con su origen provincial, algo que no escapó al juicio de ciertos críticos: su acento cordobés fue motivo de burla para algunos colegas, quienes lo consideraban un obstáculo para lograr ciertos matices vocales en la oratoria. Pero esa misma impronta provinciana lo hace, hoy, un emblema del talento que desde Hispania iluminó a Roma.
A pesar de su éxito, los últimos años de Latrón estuvieron marcados por el sufrimiento físico. Aquejado por persistentes fiebres cuartanas, probablemente palúdicas, se quitó la vida a los 55 años, frustrado por una enfermedad que le impedía continuar con el ritmo de vida intelectual y docente que tanto amaba.
Marco Porcio Latrón fue, en suma, uno de los grandes maestros del arte de la palabra en la Antigüedad, un cordobés que dejó huella en la capital del Imperio y cuya figura refleja, desde temprano, la prodigiosa herencia oratoria de la Bética romana. Soledad Carrasquilla caballero. sccc.-