[REQ_ERR: COULDNT_RESOLVE_HOST] [KTrafficClient] Something is wrong. Enable debug mode to see the reason. Manolete en El Puerto de Santa María: una tarde para la historia – Cosas de Cordoba

Manolete en El Puerto de Santa María: una tarde para la historia

El 30 de agosto de 1942, la tradicional corrida de agosto de El Puerto de Santa María reunió en su plaza a tres figuras de enorme relieve: Chicuelo, Manolete y Martín Vázquez, que lidiaron toros de la prestigiosa ganadería de Villamarta.

Fue una tarde de grandes emociones. Los tres espadas fueron largamente ovacionados por el público, pero quien terminó convirtiéndose en el gran protagonista de la jornada fue el cordobés Manuel Rodríguez Sánchez, «Manolete».

Manolete había matado a su primer toro después de dos pinchazos y una estocada, siendo obligado a dar la vuelta al ruedo. Pero lo verdaderamente extraordinario llegaría con el quinto toro de la tarde, «Trajinado», de Villamarta.

Con aquel toro, el torero de Córdoba volvió a mostrar las características que estaban haciendo de él una figura excepcional: verticalidad, quietud, dominio y una manera de colocarse delante del toro que parecía desafiar las leyes del miedo.

Sus soberbias verónicas fueron recibidas con entusiasmo. Después, con la muleta, Manolete toreó con una cercanía que impresionó al público. Sin buscar adornos innecesarios, sometió al animal con pases ligados y templados, manteniéndose erguido, casi inmóvil, mientras el toro pasaba una y otra vez junto a su cuerpo.

La faena concluyó con media estocada que hizo rodar al toro sin necesidad de puntilla, y la presidencia concedió al espada cordobés dos orejas, el rabo y una pata de «Trajinado», en medio de una enorme ovación. La plaza terminó poniéndose en pie.

Pero aquella corrida tenía además una circunstancia que hacía especialmente llamativa la presencia de Manolete. La cicatriz que ya formaba parte de su rostro

Era la primera vez que Manolete se presentaba ante el público de El Puerto mostrando una cicatriz todavía reciente en el rostro.

La herida se la había producido apenas unos días antes, el 16 de agosto de 1942, en la plaza de toros de San Sebastián, al ser cogido por el toro «Ribereño».

La cornada le dejó aquella característica señal que descendía desde la comisura del labio por la mejilla y que, desde entonces, quedaría para siempre asociada a la imagen del torero.

Aquella cicatriz terminaría convirtiéndose casi en una parte de su personalidad. El rostro de Manolete cambiaría después de aquella tarde de San Sebastián, y aquella marca sería reconocible en fotografías, carteles y recuerdos de toda una época.

No era solamente una herida: era la huella visible de la profesión que había elegido.

Aquel día Manolete estuvo acompañado por una cuadrilla que formaba parte de su inseparable equipo de confianza.

Entre sus hombres se encontraban los picadores Miguel Atienza y Juan Atienza, y los banderilleros Alfredo David, «Pinturas» y «Cantimplas».

En aquellos años, una gran figura no se entendía sin su cuadrilla. Cada hombre tenía una misión precisa y todos contribuían al desarrollo de la faena. El público podía fijarse principalmente en el matador, pero detrás de cada toro existía un trabajo colectivo de enorme importancia.

En 1942 Manolete se encontraba ya en plena ascensión hacia la categoría de figura indiscutible de la tauromaquia. Su manera de entender el toreo estaba transformando la fiesta.

Frente al barroquismo y los adornos de otros grandes toreros, Manolete imponía una estética diferente: sobria, seria, profunda y tremendamente cercana.

Su toreo parecía construido alrededor de tres palabras: quietud, mando y distancia corta.

El cordobés no necesitaba grandes desplazamientos. Permanecía casi inmóvil y hacía que fuera el toro quien recorriera la distancia. Aquella forma de torear, que para muchos aficionados representaba la máxima expresión de la pureza, también entrañaba un enorme riesgo.

Por eso aquella tarde de El Puerto de Santa María tiene un significado especial.

Manolete llegó a la plaza con una herida reciente en el rostro, todavía visible, y salió de ella convertido nuevamente en protagonista absoluto. La cicatriz de «Ribereño» ya comenzaba a formar parte de aquel rostro que pocos años después se convertiría en uno de los iconos más reconocibles de la España del siglo XX.

Y mientras el público de El Puerto le aclamaba con las dos orejas, el rabo y la pata de «Trajinado», nadie podía imaginar que aquel joven torero cordobés estaba escribiendo algunas de las páginas más importantes de la historia del toreo: Era Manolete. El Monstruo de Córdoba. Y su leyenda todavía estaba comenzando. Sccc.-

Cartel de Puerto de Santa María del 30 agosto1942.

Plaza del Puerto Santa María.