
la plegaria de Maimónides: una lección eterna para la medicina y la humanidad
Plegaria del Médico atribuida a Moisés Maimónides bien podría sustituir hoy, en espíritu y contenido, al tradicional juramento hipocrático de los médicos andaluces. En ella no se exalta únicamente la ciencia médica, sino también la humildad, la compasión, la búsqueda constante del conocimiento y el servicio desinteresado al ser humano, valores que siguen constituyendo la esencia de la buena práctica médica.
Moisés ben Maimón, conocido universalmente como Maimónides, nació en Córdoba en 1138, durante el esplendor cultural de al-Andalus. Filósofo, teólogo, jurista y médico, es considerado una de las figuras intelectuales más importantes de la Edad Media. Su pensamiento influyó profundamente en judíos, musulmanes y cristianos, convirtiéndose en un puente entre las distintas culturas del Mediterráneo.
La Córdoba en la que nació era una ciudad donde convivían saberes procedentes de Grecia, Roma, Oriente y el mundo islámico. En sus bibliotecas circulaban las obras de Aristóteles, Galeno e Hipócrates, junto a los grandes tratados de medicina árabe. De ese ambiente intelectual surgió la formación del joven Maimónides, que más tarde se vería obligado a abandonar su ciudad natal debido a la llegada de los almohades y la creciente intolerancia religiosa.
Tras años de peregrinación por al-Andalus, el Magreb y Palestina, terminó estableciéndose en Egipto, donde alcanzó enorme prestigio como médico. Llegó a ser facultativo de la corte de Saladino y de su familia, además de atender a ricos y pobres sin distinción. Su fama fue tan grande que sus tratados médicos continuaron estudiándose durante siglos en universidades europeas y orientales.
Aunque algunos estudiosos consideran que la llamada Plegaria de Maimónides pudo haber sido redactada siglos después inspirándose en su pensamiento, el texto refleja fielmente los principios que guiaron su vida y su obra. Más que una oración religiosa, constituye una declaración ética de enorme profundidad.
En ella el médico pide a Dios que lo preserve de la codicia, de la vanidad y del deseo de fama; que le conceda paciencia con los enfermos difíciles; que mantenga su mente clara ante el sufrimiento humano; y que nunca deje de aprender. Es una defensa apasionada de la medicina como servicio a la humanidad y no como instrumento de enriquecimiento o prestigio personal.
Resulta especialmente actual cuando afirma: «Haz que en el que sufre yo no vea más que al hombre».
En una sola frase resume una de las bases fundamentales de la medicina moderna: tratar al paciente sin distinción de riqueza, condición social, religión, ideología o procedencia.
También sorprende la vigencia de su advertencia contra quienes, movidos por la ignorancia o la vanidad, interfieren en el tratamiento de los enfermos:
«Aleja de sus camas a los charlatanes, a la multitud de parientes con sus mil consejos y a los asistentes que siempre lo saben todo».
Leídas hoy, estas palabras parecen anticipar muchos de los problemas contemporáneos relacionados con la desinformación sanitaria, los remedios milagrosos y la difusión de falsas creencias sobre la salud.
La plegaria concluye con una petición de humildad intelectual que resume el espíritu científico:
«Aleja de mí la idea de que lo sepa todo y de que todo lo pueda. Dame la fuerza, la voluntad y la ocasión de adquirir siempre mayores conocimientos».
Es una afirmación extraordinaria para un hombre del siglo XII y, al mismo tiempo, una definición perfecta del verdadero investigador: aquel que entiende que el conocimiento nunca está terminado.
La figura de Maimónides constituye uno de los mayores legados universales nacidos en Córdoba. Su estatua, situada junto a la Sinagoga en la Judería cordobesa, recuerda al visitante que esta ciudad fue cuna de uno de los médicos más influyentes de la historia. Su pensamiento trascendió religiones, fronteras y siglos, y su mensaje continúa siendo una referencia ética para quienes dedican su vida al cuidado de los demás.
Quizá por ello la Plegaria de Maimónides sigue emocionando casi mil años después. Porque no habla únicamente de medicina, sino de humanidad. Porque recuerda que la ciencia sin compasión pierde parte de su sentido y que el verdadero médico no es solo quien cura enfermedades, sino quien nunca deja de ver en cada paciente a una persona.
Como escribió el sabio cordobés: «Llena mi ánimo de amor para el arte y para todas las criaturas».
Pocas frases resumen mejor el ideal de la medicina y el espíritu de una Córdoba que, en tiempos de Maimónides, fue uno de los grandes centros del saber del mundo medieval. Soledad Carrasquilla Caballero. sccc.-
La plegaria de Moisés Maimónide:
Llena mi ánimo de amor para el arte y para todas las criaturas. No permitas que la sed de ganancia y la ambición de gloria hayan de influirme en el ejercicio de mi arte, porque los enemigos de la verdad y del amor del prójimo, podrían fácilmente descarriarme y alejarme del noble deber de hacer el bien a tus hijos. Sostén la fuerza de mi corazón, a fin de que siempre esté dispuesto para servir al pobre y al rico, al amigo y al enemigo, al bueno y al malvado. Haz que en el que sufre yo no vea más que al hombre. Que mi entendimiento permanezca claro a la cabecera del enfermo, que no lo distraiga ningún pensamiento extraño, para que tenga presente todo lo que la experiencia y la ciencia me han enseñado, porque grandes y sublimes son las investigaciones científicas que miran a conservar la salud y la vida de todas las criaturas. Haz que mis enfermos tengan confianza en mí y en mi arte, y que sigan mis consejos y prescripciones. Aleja de sus camas a los charlatanes, a la multitud de parientes con sus mil consejos, y a los asistentes que siempre lo saben todo, porque constituyen una raza peligrosa, la que por vanidad hace fracasarlas mejores intenciones del arte, y a menudo arrastra a los enfermos a la tumba. Si los ignorantes me censuran y se burlan de mí, haz que el amor del arte, como una coraza me haga invulnerable para que pueda perseverar en la verdad sin miramientos para el prestigio, el renombre y la edad de mis enemigos Incúlcame, Dios mío, indulgencia y paciencia al lado de los enfermos toscos y testarudos. Haz que sea moderado en todo, pero insaciable en el amor por la ciencia. Aleja de mí la idea de que lo sepa todo y de que todo lo pueda. Dame la fuerza, la voluntad y la ocasión de adquirir siempre mayores conocimientos. Que yo pueda hoy descubrir en mi ciencia cosas que ayer no llegaba a sospechar, porque el arte es grande, pero el pensamiento humano penetra siempre más allá. Llena mi ánimo de amor para el arte y para todas las criaturas. No permitas que la sed de ganancia y la ambición de gloria hayan de influirme en el ejercicio de mi arte, porque los enemigos de la verdad y del amor del prójimo, podrían fácilmente descarriarme y alejarme del noble deber de hacer el bien a tus hijos. Sostén la fuerza de mi corazón, a fin de que siempre esté dispuesto para servir al pobre y al rico, al amigo y al enemigo, al bueno y al malvado. Haz que en el que sufre yo no vea más que al hombre. Que mi entendimiento permanezca claro a la cabecera del enfermo, que no lo distraiga ningún pensamiento extraño, para que tenga presente todo lo que la experiencia y la ciencia me han enseñado, porque grandes y sublimes son las investigaciones científicas que miran a conservar la salud y la vida de todas las criaturas. Haz que mis enfermos tengan confianza en mí y en mi arte, y que sigan mis consejos y prescripciones. Aleja de sus camas a los charlatanes, a la multitud de parientes con sus mil consejos, y a los asistentes que siempre lo saben todo, porque constituyen una raza peligrosa, la que por vanidad hace fracasarlas mejores intenciones del arte, y a menudo arrastra a los enfermos a la tumba. Si los ignorantes me censuran y se burlan de mí, haz que el amor del arte, como una coraza me haga invulnerable para que pueda perseverar en la verdad sin miramientos para el prestigio, el renombre y la edad de mis enemigos Incúlcame, Dios mío, indulgencia y paciencia al lado de los enfermos toscos y testarudos. Haz que sea moderado en todo, pero insaciable en el amor por la ciencia. Aleja de mí la idea de que lo sepa todo y de que todo lo pueda. Dame la fuerza, la voluntad y la ocasión de adquirir siempre mayores conocimientos. Que yo pueda hoy descubrir en mi ciencia cosas que ayer no llegaba a sospechar, porque el arte es grande, pero el pensamiento humano penetra siempre más allá.