Los moriscos, la amenaza turca y la decisión imperial

La Jornada de Argel. Anónimo del siglo XVI o principios del XVII. Óleo sobre lienzo. Museo Naval de Madrid.
A mediados del siglo XVI, el Imperio español enfrentaba una doble amenaza en el Mediterráneo: por un lado, el creciente poder de los turcos otomanos, aliados del temido corsario Jeireddín Barbarroja; por otro, la posibilidad de que los moriscos del reino de Granada se sublevaran con apoyo musulmán desde el norte de África.
Ante esta situación, Carlos I decidió emprender una gran campaña contra Argel, principal base corsaria del Mediterráneo occidental, con el objetivo de eliminar el peligro otomano y asegurar las rutas marítimas imperiales.
La expedición de Argel, iniciada en el otoño de 1541, no fue solo un proyecto imperial, sino también una empresa profundamente hispánica. En ella participaron tropas de todos los reinos de la Monarquía, pero los contingentes andaluces desempeñaron un papel esencial, tanto por su experiencia naval como por su proximidad geográfica a las costas norteafricanas.
A mediados del siglo XVI, Andalucía era la puerta de España hacia África: desde los puertos de Sevilla, Cádiz, Málaga y Cartagena (esta última bajo jurisdicción marítima andaluza) partían las armadas contra los turcos y corsarios berberiscos. En sus arsenales se construían y armaban muchas de las naves imperiales.
Las guarniciones costeras del Reino de Granada —Vélez-Málaga, Almería, Motril, Adra— estaban acostumbradas a combatir incursiones musulmanas, y numerosos hombres de estas zonas fueron reclutados para la campaña de Argel como infantes de marina, arcabuceros y ballesteros de galera.
La Escuadra de Málaga, bajo el mando de Bernardino de Mendoza, estaba formada por 15 galeras y cerca de 200 embarcaciones menores, muchas con tripulaciones reclutadas en los puertos de Málaga, Cádiz y Sanlúcar. En ellas viajaban numerosos marineros andaluces veteranos de las campañas de Orán, Túnez y Bugía.
Entre los hombres relacionados con Andalucía que participaron o intervinieron en la expedición destacan:
Gonzalo Fernández de Córdoba, III Duque de Sessa, nieto del Gran Capitán, que acudió al frente de una compañía de su casa, continuando la tradición militar de su linaje. Su participación reforzaba el prestigio de la nobleza andaluza al servicio del emperador.
Luis Hurtado de Mendoza, marqués de Mondéjar y capitán general del Reino de Granada, organizó el reclutamiento en el sur peninsular. Aunque no embarcó, envió contingentes granadinos al mando de oficiales de su confianza.
Francisco de los Cobos y Molina, natural de Úbeda (Jaén), secretario de Estado de Carlos I, fue pieza clave en la preparación administrativa y financiera de la empresa.
Alonso de Bazán, miembro de una familia con raíces en Huelva y Granada, participó con galeras andaluzas bajo las órdenes de Andrea Doria.
Hernán Cortés, el conquistador de México, se unió en Málaga con sus propios barcos y marineros, muchos procedentes de Cádiz y Sanlúcar de Barrameda.
Gutierre de Cetina, poeta y soldado nacido en Sevilla, participó en la expedición como miembro de las tropas imperiales.
Luis Sarmiento de Mendoza, citado en documentos del Archivo de la Frontera, figura en informes de la campaña como uno de los capitanes destacados.
Asimismo, se mencionan supervivientes y cautivos andaluces, como Bartolomé de Jaén, quien relató posteriormente lo sucedido, según documentos conservados en el Archivo General de Simancas.
Las pérdidas fueron enormes, especialmente entre las tripulaciones andaluzas de las naves menores. Numerosos marineros de Málaga, Cádiz y Granada perecieron o fueron hechos prisioneros y llevados a Argel, donde permanecieron años hasta ser rescatados por las órdenes de la Merced y la Trinidad.
En Sevilla, Málaga y Cádiz, la noticia del desastre causó gran conmoción. Las familias de los marineros desaparecidos reclamaron compensaciones, y las iglesias del sur celebraron misas por los caídos “en la jornada de Argel”.
Los cronistas cordobeses y granadinos recordaron el episodio como “una jornada de dolor y penitencia del César”, símbolo de la impotencia humana frente al designio divino.
El fracaso de Argel no apagó el espíritu de los hombres del sur. Andalucía siguió siendo la frontera viva del Imperio español, punto de partida de las armadas hacia África, América y el Mediterráneo.
Años después, marinos y soldados andaluces volverían a embarcarse rumbo a nuevas campañas, desde Trípoli hasta Lepanto.
Pero aquella tormenta de 1541 quedó grabada en la memoria colectiva como una advertencia trágica:
“Ni el más poderoso emperador del mundo puede imponerse al mar.” Soledad Carrasquilla caballero. sccc.-

Piratería berberisca sobre las costas de Andalucía, lon la amenaza latente de ayudar a los moriscos.