
Maqueta del alminar de la Mezquita de Córdoba, levantado por Abderramán III. Se encuentra en el Museo Arqueológico de Córdoba.
Cuando se produjo el gran terremoto del 1 de noviembre de 1755, la torre-campanario de la Catedral de Córdoba —que recubría el antiguo alminar de Abderramán III— ya había sido reconstruida en el siglo XVII (principalmente entre 1593 y 1664) bajo la dirección de Hernán Ruiz III y, más tarde, Juan Sequero de Matilla. Era, por tanto, una estructura sólida, de piedra caliza, pero también muy alta y esbelta, por lo que no sufrió los efectos del temblor de manera significativa.
Las crónicas municipales y las actas capitulares del Cabildo catedralicio mencionan que el campanario se movió con violencia, y se produjeron grietas en la parte superior del cuerpo de campanas.
El remate, coronado por la estatua del Arcángel San Rafael —colocada allí en siglo XIII
como símbolo protector de la ciudad—, quedó ligeramente desplazado y con peligro de desprendimiento.
También se aflojaron los anclajes de las campanas, lo que obligó a suspender los toques durante varios días hasta que se revisaron los daños.
Se documentaron fisuras verticales en el cuerpo central de la torre, especialmente en las esquinas y en el lado que da al Patio de los Naranjos.
El Cabildo ordenó una inspección técnica pocos días después del seísmo. Los maestros de obras determinaron que, aunque la estructura no corría riesgo de colapso, era necesario reforzar los contrafuertes interiores y reparar las grietas con mortero de cal y piedra menuda.
En los meses siguientes, se invirtió una suma considerable del erario capitular en revisar los cimientos, y se añadieron grapas de hierro en las zonas más comprometidas, especialmente en los vanos superiores.
La torre era (y sigue siendo) uno de los símbolos visibles de la fe cordobesa, presidida por la figura de San Rafael Arcángel, declarado Custodio de la ciudad en 1578.
Por eso, cuando el terremoto no provocó su caída, muchos cordobeses interpretaron el hecho como una intervención milagrosa del Arcángel, que habría “sostenido la torre” durante el temblor.
Esta idea reforzó aún más la devoción popular a San Rafael, multiplicándose los votos, procesiones y ermitas en su honor durante los años posteriores.
Comparativamente, la torre de la Catedral de Córdoba resistió mejor que otras estructuras similares en Andalucía:
En Sevilla, la Giralda también sufrió daños y grietas en el cuerpo de campanas.
En Cádiz y Huelva, numerosos templos barrocos se derrumbaron o quedaron inhabitables.
En Écija y Carmona, hubo que desmontar remates y linternas de iglesias enteras.
La robustez del antiguo alminar omeya, sobre el que se apoya la torre actual, fue decisiva: su estructura maciza de sillares califales, diseñada en el siglo X, absorbió buena parte de las vibraciones del terremoto, impidiendo un desastre mayor.
Tras el terremoto, la torre de la Catedral de Córdoba quedó marcada con pequeñas grietas y desperfectos, muchos de los cuales se repararon en 1756 y 1757.
Algunos historiadores locales, como Ramírez de las Casas-Deza y Guerrero Lovillo, señalaron siglos después que el temblor de 1755 “recordó a Córdoba la fragilidad del mundo, pero también la fortaleza de su fe y de su piedra”. Así, el campanario de San Rafael sobrevivió al rugido de la tierra, manteniéndose como símbolo de resistencia y devoción en la historia de la ciudad. Soledad Carrasquilla Caballero. sccc.-