
El 7 de marzo de 1917 quedó grabado en la memoria de Arcos de la Frontera como uno de los episodios más devastadores de su historia reciente. Una violenta tormenta de lluvia y granizo, iniciada en la noche del lunes 5 y prolongada hasta la mañana del miércoles 7, descargó sobre la localidad de forma casi ininterrumpida. A ratos torrencial, otras veces en forma de intensos aguaceros y siempre acompañada de un viento huracanado, la tempestad desencadenó una catástrofe de enormes proporciones.
Las consecuencias fueron inmediatas: el ojo central de un puente se hundió, un desprendimiento arrastró un molino con más de 6.000 arrobas de aceite y numerosas viviendas quedaron destruidas. La desolación se extendió por toda la población. Aun así, al conservarse parte del puente, se intentó con urgencia restablecer la comunicación con la otra orilla.
Aquella misma noche, el alcalde logró enviar un telegrama a su homólogo de Jerez, Julio González Hontoria, solicitando auxilio a través del gobernador civil. Aunque el nivel del río había descendido varios metros, el panorama seguía siendo dramático. También el diputado Moreno Mendoza fue informado de la grave crisis obrera, del derrumbe del puente y del aislamiento de las poblaciones cercanas, por lo que trasladó al Gobierno la necesidad urgente de reconstruir el puente de San Miguel.
Dentro del casco urbano los daños fueron considerables. Varias casas se derrumbaron y un lienzo de muralla de más de 200 metros cayó a espaldas del convento de las monjas mercedarias. El suministro eléctrico quedó interrumpido al paralizarse la fábrica de electricidad, dejando a la población completamente a oscuras y con la actividad industrial detenida.
Las instalaciones productivas sufrieron igualmente el impacto de la riada. La fábrica de corchos del molino del Algarrobo resultó dañada, el molino harinero de Angorrilla fue arrancado de sus cimientos y diversos molinos de aceite del Barrio Bajo quedaron inundados, perdiéndose miles de arrobas. Solo en el molino de Francisco Martel se estimaron más de tres mil arrobas arrastradas por la corriente, mientras que en el molino de la Condesa desapareció toda la producción almacenada.
La ribera de huertas quedó anegada hasta las copas de los árboles. Colonos y familias pasaron la noche sobre los tejados, ateridos y pidiendo socorro, mientras perecían centenares de cabezas de ganado. Cuando las aguas se retiraron días después, el paisaje agrícola había quedado completamente arrasado.
El hundimiento del puente de San Miguel y de otros pasos fluviales bloqueó las comunicaciones y agravó la crisis social. El 8 de marzo comenzaron las protestas y fue necesaria la intervención de la Guardia Civil para proteger las panaderías ante la escasez de alimentos. Se repartió pan a más de seiscientos obreros y desde Jerez llegaron cargamentos de harina y pan, pero la desesperación llevó a algunos vecinos a intentar recoger la carne de animales ahogados en el río, siendo obligados a retirarse por las autoridades.
Entre todas las pérdidas, la destrucción del puente de San Miguel simbolizó la magnitud del desastre. Construido en 1867 con un coste de dos millones de reales, la presión de la avenida, cargada de árboles y escombros, terminó por derribarlo y dejó incomunicada la campiña con El Bosque y la serranía de Grazalema.
Mientras se reclamaba un nuevo puente definitivo, se habilitaron vados, una barca de pasaje y un puente provisional de madera levantado junto al molino del Algarrobo con materiales del puente de Villamartín. El cruce siguió siendo peligroso durante semanas, con varios incidentes que estuvieron a punto de costar la vida a algunos vecinos.
La presión de las autoridades locales y provinciales logró finalmente la aprobación del nuevo puente de San Miguel, construido para reemplazar un puente de piedra de 1868
Estructura de celosía metálica (arquitectura del hierro), representativa de las obras públicas de principios del siglo XX. diseñado por el ingeniero Juan Romero Carrasco y construido por la empresa La Artística Valenciana, inaugurándose el 14 de octubre de 1920.
Su estructura metálica parabólica, de 63 metros de luz y un coste de 288.000 pesetas, se apoyó sobre los restos del antiguo puente de cantería destruido por la riada del Guadalete.
Con más de 100 años de antigüedad, es un elemento patrimonial, aunque presenta preocupación por su estado de conservación debido a su edad y a su mal mantenimiento.
La riada de 1917 no solo transformó el paisaje urbano y agrícola de Arcos de la Frontera, sino que dejó una profunda huella social. Hambre, destrucción y aislamiento marcaron a toda una generación, mientras la reconstrucción del puente simbolizó la capacidad de recuperación de la ciudad. Más de un siglo después, aquel episodio sigue siendo recordado como una de las mayores tragedias naturales sufridas por la localidad y hoy con el puente de Hierro destrozado por otra devastadora riada, se platea si dejarllo morir o reedificarlo de nuevo. Soledad Carrasquilla Caballero. sccc.-

Puente de San Miguel 14 de octubre de 1920.


Puente de San Miguel con la infraestructura dañada.