
La esclavitud constituyó una realidad social y económica perfectamente integrada en la Córdoba de los siglos XVI y XVII. Aunque durante mucho tiempo la historiografía y la memoria colectiva han tendido a relacionar la esclavitud española casi exclusivamente con el tráfico atlántico y con las posesiones americanas, la documentación conservada demuestra que también existió una importante población esclavizada en las ciudades de la Península. Córdoba no fue una excepción.
La presencia de personas esclavizadas formaba parte de la vida cotidiana de la ciudad. Se encontraban en las casas de las familias acomodadas, en talleres y establecimientos artesanales, al servicio de miembros del clero, de funcionarios y de particulares. Algunas realizaban trabajos domésticos; otras podían desempeñar labores relacionadas con la agricultura, la artesanía, el transporte o diferentes oficios. La documentación notarial permite comprobar, además, que la posesión de esclavos no estaba limitada exclusivamente a las grandes fortunas. Personas pertenecientes a grupos sociales diversos participaron en su compra y venta.
Uno de los aspectos más importantes que debemos tener en cuenta es que las personas esclavizadas que vivían en Córdoba no procedían de un único lugar ni constituían un grupo homogéneo.
Entre ellas encontramos personas procedentes del norte de África, del África subsahariana, de Portugal y de otros territorios mediterráneos. También hubo personas de origen morisco que fueron reducidas a la esclavitud, especialmente después de los conflictos de las comunidades moriscas durante el siglo XVI.
Pero la condición de esclavo tampoco implicaba necesariamente haber nacido fuera de la Península. Algunas personas esclavizadas habían nacido ya en territorio hispánico, e incluso podían haber nacido en la propia Córdoba o en otras ciudades españolas. La esclavitud era una condición jurídica que podía transmitirse y mantenerse, aunque la persona hubiera nacido y vivido durante años en la sociedad cordobesa.
Este hecho resulta especialmente importante porque permite comprender que la esclavitud no constituía una realidad completamente separada de la sociedad cristiana. Las personas esclavizadas vivían dentro de ella, trabajaban en ella y mantenían relaciones cotidianas con sus habitantes.
En algunos casos, además, la documentación muestra la existencia de familias esclavizadas. Las mujeres podían tener hijos mientras permanecían sometidas a la esclavitud, y estos podían quedar igualmente sujetos a la condición servil dependiendo de las circunstancias jurídicas de su nacimiento. Por ello, las escrituras notariales permiten encontrar situaciones en las que una madre y sus hijos eran vendidos conjuntamente.
No debemos imaginar la Córdoba de los siglos XVI y XVII como una ciudad que contara necesariamente con un gran edificio destinado exclusivamente a funcionar como un mercado de esclavos.
La documentación conservada permite reconstruir, más bien, una red de operaciones de compraventa integrada en la actividad comercial ordinaria de la ciudad. Las transacciones podían realizarse mediante particulares, comerciantes, corredores y otros intermediarios y quedaban frecuentemente registradas ante escribanos públicos.
La escritura notarial era fundamental. En ella podían quedar recogidos el nombre de la persona vendida, su edad aproximada, sexo, procedencia o condición, así como el nombre del comprador y del vendedor y la cantidad pagada. En ocasiones aparecen también descripciones físicas o referencias a determinadas circunstancias jurídicas.
La existencia de estas escrituras demuestra hasta qué punto la esclavitud estaba incorporada al sistema económico y jurídico de la época. Una persona podía aparecer en la documentación de manera semejante a otros bienes que se compraban y vendían, aunque la legislación y las prácticas jurídicas establecían condiciones particulares para las personas esclavizadas.
Las ordenanzas municipales de Córdoba también regulaban determinados aspectos relacionados con los corredores. Algunas investigaciones señalan que estos intermediarios debían reunir determinadas condiciones, entre ellas su vinculación con la ciudad, y que las operaciones debían realizarse públicamente. Al mismo tiempo, se establecían limitaciones para impedir que determinados establecimientos, como las posadas y mesones, se convirtieran en centros de intermediación.
Todo ello apunta a una actividad comercial regulada por las autoridades municipales.
Por tanto, resulta más adecuado hablar de un mercado esclavista integrado en la red comercial urbana de Córdoba que de un único mercado concentrado permanentemente en una plaza o edificio.
La actividad mercantil cordobesa se distribuía por diferentes espacios de la ciudad. La documentación y las investigaciones sobre el comercio en la Córdoba moderna mencionan lugares como el Portillo de Mercaderías, la Plaza del Potro y la calle de Armas en relación con diferentes actividades comerciales.
Estos espacios formaban parte de una ciudad profundamente marcada por el comercio y por la circulación de personas y mercancías.
En este contexto debemos situar también las operaciones relacionadas con personas esclavizadas. Sin embargo, conviene evitar identificar automáticamente cada uno de estos lugares como un «mercado de esclavos». La existencia de actividad comercial en una determinada plaza o calle no significa necesariamente que allí se concentrara de forma permanente la compraventa de personas.
La evidencia documental parece apuntar a una actividad más dispersa, realizada mediante operaciones concretas y formalizada a través de escrituras.
La documentación cordobesa resulta especialmente reveladora cuando observamos quiénes aparecen como compradores.
No se trataba exclusivamente de grandes aristócratas. Entre los compradores encontramos miembros de las élites urbanas, funcionarios, profesionales, comerciantes, clérigos, miembros de instituciones religiosas y personas dedicadas a diferentes oficios.
Esto permite comprender que la esclavitud estaba presente en distintos niveles de la sociedad.
Un ejemplo significativo aparece en 1571, cuando Diego Núñez vendió dos esclavas moriscas a Antonio del Pozo, miembro del gobierno municipal de Córdoba como veinticuatro. La operación se realizó por un precio de 1.434 reales.
Estos documentos son especialmente importantes porque permiten poner rostro, aunque sea parcialmente, a una realidad que con frecuencia aparece presentada de forma demasiado abstracta.
Detrás de cada escritura existía una persona concreta, con una edad, un origen, un sexo y unas circunstancias vitales determinadas.
Las mujeres constituyeron una parte muy importante de la población esclavizada documentada en Córdoba.
Las escrituras de compraventa muestran numerosas mujeres jóvenes, muchas de ellas destinadas probablemente al servicio doméstico. En este contexto, la esclavitud se encontraba estrechamente relacionada con el trabajo dentro de los hogares.
La documentación permite observar también situaciones especialmente dramáticas, como la venta conjunta de madres e hijos.
Estos documentos muestran que las relaciones familiares podían aparecer explícitamente en las operaciones comerciales. El hecho de que madre e hija fueran vendidas conjuntamente no significa, sin embargo, que la separación familiar fuese excepcional. Las operaciones de compraventa podían dividir las unidades familiares y separar a madres, padres e hijos.
La condición de mujer esclavizada implicaba además una particular vulnerabilidad. Al trabajo doméstico se añadían los riesgos derivados de la dependencia absoluta respecto de los propietarios y, en muchos casos, de la explotación sexual.
Los protocolos notariales también permiten aproximarnos al valor económico que se atribuía a las personas esclavizadas.
Los precios variaban considerablemente dependiendo de factores como la edad, el sexo, el origen, el estado físico, las habilidades laborales y las circunstancias particulares de cada operación.
Estos datos no deben interpretarse como una tarifa fija. Por el contrario, las diferencias muestran que el precio dependía de múltiples circunstancias.
Uno de los capítulos más importantes de la esclavitud cordobesa durante el siglo XVI está relacionado con los moriscos.
Los moriscos eran cristianos por definición. Descendientes de musulmanes convertidos al cristianismo en los territorios de la Monarquía Hispánica. La conversión no supuso la desaparición inmediata de sus antiguas costumbres, identidades familiares y formas culturales. Durante el siglo XVI aumentaron las tensiones entre estas comunidades y las autoridades cristianas “viejas”
El conflicto alcanzó su máxima expresión con la rebelión de las Alpujarras, iniciada en 1568.
La guerra tuvo consecuencias devastadoras para las comunidades moriscas. Tras la derrota de la rebelión, miles de personas fueron desplazadas y distribuidas por diferentes territorios de la Corona de Castilla.
En este contexto se produjo también la esclavización de numerosos moriscos.
La guerra transformó profundamente la situación de estas comunidades. Personas que hasta entonces habían sido campesinos, artesanos, comerciantes o miembros de familias establecidas en sus localidades fueron convertidas en cautivos y, en determinados casos, sometidas a esclavitud.
La población morisca desplazada fue distribuida por diferentes ciudades y territorios. Córdoba recibió parte de esta población.
La llegada de moriscos procedentes de las zonas afectadas por la rebelión modificó la composición de la población esclavizada de Córdoba durante las últimas décadas del siglo XVI.
Las escrituras notariales permiten identificar personas moriscas sometidas a esclavitud y muestran que fueron introducidas en el circuito de compraventa de la ciudad.
Un ejemplo particularmente significativo es el ya mencionado de 1571, cuando Diego Núñez vendió dos mujeres moriscas a Antonio del Pozo por 1.434 reales.
El documento demuestra que la presencia de esclavos moriscos en Córdoba no fue simplemente una consecuencia indirecta de los acontecimientos de Granada, sino que tuvo una expresión concreta en la vida económica de la ciudad.
Los moriscos esclavizados podían ser vendidos individualmente o en grupos familiares. En determinadas operaciones aparecen madres e hijos, lo que permite observar cómo las consecuencias de la guerra alcanzaron directamente a las estructuras familiares.
La esclavización de moriscos tuvo, por tanto, una doble dimensión: por una parte, fue consecuencia de la guerra y de las políticas represivas desarrolladas después de la rebelión; por otra, convirtió a estas personas en parte de un mercado que las trasladaba desde sus lugares de origen hacia ciudades donde eran vendidas y utilizadas como mano de obra.
Durante el último tercio del siglo XVI y las primeras décadas del XVII, la población esclavizada de Córdoba presentaba una notable diversidad.
Junto a los moriscos encontramos personas procedentes del África subsahariana, del Magreb y de Portugal.
Esta diversidad demuestra que la esclavitud cordobesa no puede reducirse a una sola procedencia étnica o geográfica.
Tampoco podemos identificar automáticamente esclavitud con población africana. La documentación muestra la existencia simultánea de esclavos negros, mulatos, moriscos, berberiscos, portugueses y personas nacidas en otros territorios peninsulares.
La esclavitud no significaba necesariamente que todas las personas realizaran el mismo tipo de trabajo. Su utilización dependía de las necesidades del propietario y de las capacidades de cada individuo.
La documentación permite encontrar esclavos relacionados con oficios concretos. También aparecen personas esclavizadas vinculadas a miembros de profesiones y corporaciones diversas.
De esta manera, la esclavitud se encontraba integrada en la economía urbana y rural de Córdoba.
La esclavitud no era una actividad clandestina. Formaba parte de un sistema jurídico reconocido por las instituciones de la Monarquía Hispánica.
Las compraventas podían formalizarse ante escribanos y quedar registradas en documentos públicos.
Esta circunstancia resulta fundamental para comprender la abundante documentación que ha llegado hasta nuestros días.
La persona esclavizada era considerada jurídicamente propiedad de otra persona, aunque existían determinadas normas que regulaban cuestiones como su bautismo, matrimonio, manumisión o determinadas formas de protección jurídica.
Eso no significa que disfrutara de una posición equivalente a la de una persona libre. Su condición fundamental era la dependencia respecto de su propietario.
Al mismo tiempo, la documentación judicial demuestra que algunas personas esclavizadas intentaron defender sus derechos ante los tribunales.
Un ejemplo es Agustín Zapata, esclavizado y residente en Córdoba en 1555, que aparece relacionado con un proceso judicial contra Cristóbal Maldonado ante la Real Chancillería de Valladolid.
Estos casos muestran que las personas esclavizadas no fueron sujetos completamente pasivos. Dentro de las limitaciones de la sociedad de su tiempo, algunas recurrieron a los tribunales, solicitaron su libertad o intentaron modificar su situación jurídica.
Durante las primeras décadas del siglo XVII la esclavitud continuaba formando parte de la sociedad cordobesa. La esclavitud, por tanto, no desapareció con el final del siglo XVI.
Sin embargo, su importancia en la Península fue disminuyendo progresivamente durante la Edad Moderna, aunque la institución continuó existiendo durante mucho tiempo.
En paralelo, el sistema esclavista adquirió una dimensión mucho mayor en los territorios americanos de la Monarquía Hispánica.
A medida que la esclavitud perdía importancia relativa en buena parte de la España peninsular, se consolidaba como una institución fundamental en determinadas economías coloniales.
Por ello, cuando hablamos del final de la esclavitud en España debemos distinguir entre la evolución de la institución en la Península y su supervivencia en los territorios coloniales.
La desaparición de la esclavitud en Córdoba no tuvo lugar mediante un único acontecimiento comparable a una abolición general en una fecha concreta. Su importancia fue disminuyendo progresivamente, mientras que en las colonias españolas la institución sobrevivió hasta las últimas décadas del siglo XIX.
En 1870 se aprobó la denominada Ley Moret, que estableció medidas destinadas a avanzar hacia el final de la esclavitud en los territorios españoles de ultramar.
Para Córdoba, sin embargo, la realidad fue diferente. Durante los siglos XVI y XVII la esclavitud había formado parte de la estructura social y económica de la ciudad. Las escrituras notariales, los inventarios de bienes, los procesos judiciales y las ordenanzas municipales permiten reconstruir una sociedad en la que las personas esclavizadas estuvieron presentes en numerosos ámbitos de la vida cotidiana.
Con el paso del tiempo, la institución perdió importancia en la sociedad peninsular.
Pero su desaparición no debe hacernos olvidar la dimensión que había alcanzado anteriormente.
La Córdoba del Siglo de Oro fue una sociedad en la que convivieron personas libres y esclavizadas de diferentes procedencias: africanos, norteafricanos, portugueses, moriscos y también personas nacidas en la propia Península.
Una historia que aparece en los documentos
Los protocolos notariales permiten recuperar fragmentos de estas vidas.
La documentación económica nos proporciona nombres, edades, procedencias y precios, pero también deja entrever historias familiares, separaciones, desplazamientos y estrategias de supervivencia que no siempre han quedado registradas.
Por esta razón, estudiar la esclavitud en Córdoba no consiste únicamente en reconstruir un mercado o calcular el precio de las personas esclavizadas. Consiste también en recuperar una parte de la historia social de la ciudad.
La esclavitud en la Córdoba del Siglo de Oro fue una institución integrada en la sociedad y en la economía de la época.
No existió necesariamente un único mercado de esclavos situado en un edificio concreto. Lo que encontramos es una red de compraventas y operaciones jurídicas distribuidas por la ciudad, reguladas por las autoridades y formalizadas frecuentemente mediante escrituras notariales.
La población esclavizada era diversa. Africanos, norteafricanos, moriscos, portugueses y personas nacidas en la Península aparecen en la documentación. Las mujeres y los niños ocupan un lugar especialmente visible en las escrituras, y en algunos casos encontramos familias enteras sometidas a la esclavitud.
La llegada de moriscos esclavizados después de la guerra de las Alpujarras constituye uno de los episodios más importantes de la segunda mitad del siglo XVI. Su presencia demuestra cómo los conflictos políticos, religiosos y militares podían transformar a comunidades enteras y convertir a sus miembros en objeto de compraventa.
Durante el siglo XVII la institución continuó existiendo en Córdoba, aunque posteriormente fue perdiendo importancia en la Península.
La historia de la esclavitud española, sin embargo, no terminó entonces. Mientras su presencia disminuía en ciudades como Córdoba, el sistema esclavista continuaba teniendo una enorme importancia en los territorios coloniales, especialmente en Cuba y Puerto Rico.
El proceso de abolición culminó finalmente en 1886 con la abolición de la esclavitud en Cuba, después de la abolición en Puerto Rico en 1873 y de las medidas legislativas iniciadas con la Ley Moret de 1870.
Así, la historia de la esclavitud en Córdoba forma parte de una historia mucho más amplia: la de una institución que durante siglos atravesó la sociedad española, afectó a personas de diferentes orígenes y dejó su huella tanto en la Península como en los territorios de la Monarquía Hispánica.
Fuentes: Archivo Histórico Provincial de Córdoba. Archivo Municipal del Córdoba. Cabildo Catedral de Córdoba.

Bautismo de los moriscos. Felipe Bigarny. Capilla Real de Granada.