
La muerte de Julio Romero de Torres vistió de luto a Córdoba, y la novia de mayo enterró a Julio entre flores.
El 10 de mayo de 1930 moría en su casa natal de Córdoba el pintor Julio Romero de Torres, una de las figuras más universales del arte andaluz y español. Había nacido en la ciudad el 9 de noviembre de 1874, en el seno de una familia profundamente vinculada a la cultura y a las artes. Su fallecimiento, ocurrido cuando contaba cincuenta y cinco años, conmocionó a Córdoba de una forma pocas veces vista en su historia contemporánea.
La noticia de su muerte paralizó la ciudad. Córdoba entera, sin distinción de clases sociales, ideologías o creencias, se unió en un duelo colectivo espontáneo y multitudinario. Fue uno de esos momentos excepcionales en los que desaparecieron temporalmente las diferencias políticas y sociales para rendir homenaje a un hombre que simbolizaba el alma misma de Córdoba.
El Ayuntamiento acordó sufragar los gastos del entierro y asistió corporativamente en pleno a los funerales. Además, cedió a perpetuidad un espacio en el cementerio de San Rafael para albergar los restos mortales del pintor. La Diputación Provincial también acudió en pleno, portando las cintas del féretro en representación de toda la provincia cordobesa.
El sepelio alcanzó dimensión de acontecimiento nacional. El ministro de Gracia y Justicia acudió en representación del rey Alfonso XIII, prueba de la enorme relevancia artística y social que había alcanzado Julio Romero de Torres en vida.
La manifestación de duelo fue absolutamente extraordinaria. Miles de personas acompañaron el cortejo fúnebre por las calles de Córdoba en un silencio sobrecogedor. Entre la multitud se encontraban obreros afiliados a la UGT, que acudieron vestidos con sus monos de trabajo porque consideraban al pintor “un trabajador del arte”.
Los sindicatos difundieron por la ciudad una emotiva circular que decía: “Ha muerto un trabajador del arte; vayamos a despedirlo con nuestra ropa de trabajo”.
Aquella imagen resultó profundamente simbólica: obreros, burgueses, aristócratas, políticos, artistas, religiosos y pueblo llano caminaron juntos tras el féretro.
Se produjo además un hecho insólito en la Córdoba de la época. Las banderas y emblemas de partidos políticos de ideologías enfrentadas desfilaron junto a los atributos de la nobleza y del clero sin que se produjera el menor incidente. Durante unas horas, la ciudad dejó a un lado sus divisiones para rendirse ante el artista que mejor había retratado el alma cordobesa.
Julio Romero de Torres había conseguido algo que pocos artistas logran: convertirse en símbolo de su tierra. Sus cuadros, cargados de sensualidad, misterio y simbolismo, retrataron como nadie la mujer andaluza, la copla, el cante, la tradición popular y la melancolía de Córdoba.
Pinturas como La chiquita piconera, Poema de Córdoba, La saeta o Cante hondo lo consagraron como uno de los grandes pintores simbolistas españoles (Mas tarde será prerrafaelista). Supo unir el costumbrismo andaluz con una estética moderna y profundamente personal.
Su estudio de la plaza del Potro se convirtió durante años en centro de reunión de intelectuales, artistas y modelos populares, muchas de ellas mujeres humildes de Córdoba que acabarían inmortalizadas en sus lienzos.
El cortejo fúnebre avanzó lentamente por una ciudad completamente conmocionada. Tras el ataúd marchaban muchas de las mujeres que habían servido de modelo al pintor, llorando desconsoladas. Eran las mismas figuras femeninas que Julio había convertido en iconos eternos de Córdoba.
El padre Tortosa pronunció la oración fúnebre en la Catedral, en una ceremonia cargada de emoción. Posteriormente, el larguísimo desfile se detuvo en la plaza de Capuchinos, uno de los lugares más emblemáticos y silenciosos de la ciudad, donde se interpretó la “Rêverie” de Schumann como plegaria de despedida.
La ciudad entera quiso rendirle un último homenaje. Los patios, huertos y jardines de Córdoba fueron despojados de flores, que el pueblo arrojó sobre la tumba abierta del pintor.
Córdoba estaba ya vestida de mayo, preparada para la primavera y la fiesta, pero aquel mayo de 1930 quedó grabado como uno de los más tristes de su historia. La ciudad perdía no solo a un artista universal, sino a quien había sabido pintar su identidad más íntima y profunda.
Con la muerte de Julio Romero de Torres desaparecía el pintor, pero nacía definitivamente el mito. Soledad Carrasquilla Caballero. sccc.-

Julio Romero de Torres está enterrado entre flore

Sarcófago de Julio en el cemeterio de San Rafael de Córdoba.