
El 28 de febrero de 1559, Juana de Austria —conocida en la historiografía como la mujer jesuita—, infanta de Castilla, archiduquesa de Austria, princesa de Portugal y regente de España, vendió la villa sevillana de La Campana, con su vecindario, jurisdicción y término, a Fadrique Enríquez de Ribera, marqués de Villanueva del Río. Este acto administrativo, en apariencia menor, se inscribe en la intensa actividad política de una de las mujeres más singulares del siglo XVI hispano.
Juana había nacido en Madrid el 24 de junio de 1535, hija del emperador Carlos V y de la emperatriz Isabel de Portugal, por lo que pertenecía al corazón mismo de la monarquía hispánica. En 1552 contrajo matrimonio con su primo Juan Manuel de Portugal, heredero de la corona lusa, pero quedó viuda apenas dos años después, tras el nacimiento de su hijo Sebastián, futuro rey de Portugal. Regresó entonces a Castilla, entre 1554 y 1559 con notable prudencia y capacidad de gobierno.
La figura de Juana adquiere además una dimensión histórica decisiva en relación con la sucesión portuguesa. Su hijo, el rey Sebastián I de Portugal, murió sin descendencia en la batalla de Alcazarquivir en 1578, lo que abrió una grave crisis dinástica. Entre los pretendientes al trono se encontraba Felipe II de España, tío materno de Sebastián e hijo asimismo de Isabel de Portugal, lo que le otorgaba un sólido derecho sucesorio. Aquella reclamación desembocó en la incorporación de la corona portuguesa a la Monarquía Hispánica en 1580, dando lugar a la llamada Unión Ibérica, que perduró hasta 1640. De este modo, la maternidad de Juana de Austria se convirtió, en un elemento clave para la configuración política de la península.
Más allá de su papel dinástico y político, la importancia de Juana reside también en su excepcional vínculo con la Compañía de Jesús. Fue la única mujer que llegó a integrarse en esta orden masculina, circunstancia extraordinaria que solo se explica por su posición y su profunda religiosidad. Mantuvo una estrecha relación con los jesuitas a través de su confesor, Francisco de Borja, y del propio Ignacio de Loyola.
En el verano de 1554, ya como regente y bajo la influencia espiritual de Borja, nació en ella el deseo de ingresar en la recién fundada Compañía. La petición planteaba un serio problema canónico, pues las mujeres no podían formar parte de la orden. Para preservar el secreto, Juana utilizó en la correspondencia el seudónimo de Mateo Sánchez —y más tarde el de Montoya—. Tras diversas consultas promovidas por Ignacio de Loyola, el 26 de octubre de 1554 se deliberó sobre el caso. Aunque la solicitud era irregular, su condición de viuda joven susceptible de un nuevo matrimonio dinástico impedía una profesión pública de votos. Finalmente se autorizó una fórmula excepcional: Juana podría profesar de manera reservada como escolar de la Compañía de Jesús, conforme a sus Constituciones.
La autorización oficial llegó el 3 de enero de 1555. Desde entonces, y siempre en secreto, la regente se convirtió en una de las más firmes protectoras de la orden: defendió a los jesuitas perseguidos en Zaragoza, los protegió frente a las críticas de Melchor Cano, favoreció su implantación en Flandes, sostuvo el Colegio Romano, impulsó fundaciones educativas como el colegio de Valladolid, apoyó su establecimiento en Lovaina, colaboró en la reforma de monasterios femeninos, recomendó la Compañía al papa Pablo IV e incluso intervino para evitar que a Francisco de Borja le abligaran el cardenalato, fiel al ideal jesuítico de renunciar a dignidades. Soledad Carrasquilla Caballero. sccc.-
Oleo de Sofonisba Anguissola pintora italiana, que fue la primera mujer de éxito del Renacimiento y una de las artistas más longevas

Escudo de Juana de Austria que se encuentra en el Real Colegio de San Agustín de Alcalá de Henares

Enterramiento de Juana de Austria en una capilla del Altar Mayor de las Descalzar Reales de Madrid, convento que ella misma fundo. Descansa en el mismo lugar que tenía sus aposentos.


