
El 22 de septiembre de 1868, en los primeros compases de la revuelta que acabaría transformándose en la Revolución Gloriosa, José Tirado, conocido como «Pacheco», murió de un disparo efectuado desde el cuartel de la Trinidad en Córdoba. Con su muerte se apagaba la vida de quien ha sido considerado el último gran bandolero romántico, una figura a medio camino entre el forajido y el héroe popular, cuya leyenda quedó indisolublemente unida a aquellos días convulsos que cambiaron el rumbo de España.
Pacheco tuvo un papel relevante en Córdoba durante los sucesos revolucionarios que culminaron con la expulsión del país de Isabel II, pero esa misma revolución, a la que se sumó con entusiasmo y lealtad, acabaría costándole la vida. Córdoba vivió intensamente los diez días de septiembre de 1868, convertida en epicentro del levantamiento andaluz, y entre todos los protagonistas de aquellas jornadas destacó uno de origen humilde y destino trágico: el bandido que pudo ser general.
Tras el estallido del movimiento revolucionario iniciado en Cádiz, Pacheco se aproximó a Córdoba con el propósito declarado de defender la causa de “La Gloriosa”, alineándose con los revolucionarios que exigían el destronamiento de la reina. En esos días, el general Antonio Caballero de Rodas, firme partidario de la revolución, entró en la ciudad y proclamó en la plaza de la Corredera el Manifiesto de Cádiz, que llamaba al levantamiento general contra el régimen isabelino.
Córdoba se convirtió entonces en uno de los principales focos del alzamiento, y hacia ella se dirigió el general Francisco Serrano, que estableció su cuartel general en la ciudad para preparar el enfrentamiento decisivo contra las tropas fieles a la reina, comandadas por el marqués de Novaliches, llegadas desde Madrid. El choque final tuvo lugar los días 28 y 29 de septiembre de 1868 en el puente de Alcolea, a escasos kilómetros de Córdoba, y concluyó con la derrota absoluta del ejército isabelino, precipitando el exilio de Isabel II.
Pacheco figuró entre los revolucionarios populares más visibles de los días 19 y 20 de septiembre, participando activamente en la agitación de las calles. Cuando Caballero de Rodas logró controlar la ciudad, el bandolero creyó que había llegado su hora. En la mañana del día 21, montado en su jaca y acompañado por un grupo de amigos, recorrió las principales calles de Córdoba entre vítores del pueblo:
«¡Viva el general Pacheco!
¡Viva la libertad!
¡Viva la revolución!»
La multitud respondía con entusiasmo, añadiendo incluso:
«¡Viva el segundo Prim! ¡Viva el general Pacheco!»
La comitiva llegó hasta la plaza de la Trinidad, frente a la casa-palacio del duque de Hornachuelos, recientemente nombrado gobernador civil. Allí, Pacheco entregó a los criados del duque un memorial en el que solicitaba el indulto por sus delitos pasados y se ofrecía voluntario para combatir en el puesto de mayor peligro en la inminente batalla contra las fuerzas leales a la reina.
Sin embargo, la presencia del bandolero, idolatrado por el pueblo y rodeado de una aureola carismática, inquietó a las nuevas autoridades. Caballero de Rodas solicitó informes sobre el personaje y, temiendo su ascendiente popular, decidió eliminarlo. Se le citó para el día siguiente con la falsa promesa de concederle el indulto.
El 22 de septiembre, Pacheco volvió a recorrer las calles de Córdoba, nuevamente arropado por una multitud entusiasta. Pero al llegar al cuartel de la Trinidad, al entrar por la conocida Puerta de Hierro, un disparo le destrozó la cabeza, acabando con su vida de forma fulminante.
La muchedumbre fue disuelta violentamente por la caballería, huyendo despavorida hacia el campo. El bandido había muerto, pero su leyenda acababa de nacer definitivamente. La veneración popular de la que había gozado en vida, unida a su muerte a traición, terminó de otorgarle el sello romántico con el que Córdoba lo recordaría para siempre.
José Tirado “Pacheco” comenzó a alcanzar fama a partir de 1865, cuando en sus correrías exigía «contribuciones» a los grandes propietarios de la campiña cordobesa y sevillana, especialmente en La Carlota, Écija, Lora del Río, Carmona y Fuentes de Andalucía. Bastaba oír su nombre para que: los ricos pusieran a su disposición dinero, los labradores ofrecieran sus mejores jacas y yeguas, y los cortijeros le sirvieran las mejores viandas.
Cuando asaltaba diligencias y carruajes, lo hacía sin amenazas ni violencia, siguiendo el modelo del mítico Tempranillo, al que muchos lo compararon. Pacheco alardeaba de generoso y caritativo, y esa imagen contribuyó a su popularidad.
La Guardia Civil lo persiguió incansablemente, y en varias ocasiones se enfrentó a tiros con la Benemérita, logrando siempre escapar. Por las noches, disfrazado, entraba en Córdoba, donde contaba con numerosos amigos y una amante. Entre sus protectores había tanto gente humilde como miembros de la aristocracia. Los barrios de la Merced y el Campo de la Verdad eran algunos de sus lugares predilectos. Allí despertaba temor en unos, pero admiración en muchos otros.
Su figura trascendió lo histórico para convertirse en mito literario y artístico. Pío Baroja lo convirtió en personaje de su novela La feria de los discretos, y Julio Romero de Torres, profundamente fascinado por su leyenda, conservó en su estudio la pistola y una fotografía del bandolero, llegando incluso a bautizar a su galgo con el nombre de “Pacheco”. Así, José Tirado «Pacheco» pasó a la historia como el último bandolero romántico de Andalucía, un hombre surgido del pueblo que murió creyendo que la revolución le abriría las puertas de la redención, y que terminó pagando con su vida el miedo que su carisma despertó entre quienes decían luchar por la libertad. Soledad Carrasquilla Caballero. sccc.-
.Fotografia: Recreación histórica de la vida del Tempranillo en Grazalema: Sangre y Amor en la Sierra.