[REQ_ERR: SSL] [KTrafficClient] Something is wrong. Enable debug mode to see the reason. Hamet el Zegrí – Cosas de Cordoba

Hamet el Zegrí

Óleo sobre tabla. Marín/Tánger

Hamet el Zegrí, el último alcaide de Málaga

En la primavera de 1487, el mayor ejército castellano jamás reunido hasta entonces partía de Córdoba rumbo al sur. Su objetivo era ambicioso: conquistar la poderosa plaza de Málaga, clave militar y comercial del reino nazarí de Granada. Tras concentrarse en el río Yeguas, entre Estepa y Campillos, las tropas cruzaron Archidona, la Peña de los Enamorados y, el 15 de abril, alcanzaron la Fuente de la Lana, a unas siete leguas de Vélez-Málaga. Doce días después, el 27 de abril, el alcaide Abulcacín Ben Egas capitulaba y entregaba la ciudad. En apenas una semana, toda la Axarquía —incluyendo Comares y sus alrededores— se rendía sin apenas resistencia, aislando así a Málaga y cortando cualquier socorro desde Almería.

El siguiente objetivo de los Reyes Católicos estaba claro: la conquista del valioso puerto de Málaga.

En los primeros días de mayo, el emir Muhammad XII al-Zagal reunió con urgencia a sus mejores guerreros malagueños. Comprendía que la defensa de la ciudad sería decisiva, y decidió resistir a ultranza. Sin embargo, él mismo partió hacia Almería en busca de refuerzos y ayuda extranjera. Envió mensajes al sultán mameluco de Egipto, Qait Bey, al imperio otomano en Constantinopla y a los gobernantes del norte de África. Ninguno respondió.

Antes de partir, al-Zagal nombró a Hamet el Zegrí mizwar o comandante en jefe de las tropas malagueñas, confiándole la defensa de la ciudad. A su lado estarían Aben Comixa y otros capitanes leales.

Mientras tanto, Boabdil el Chico, incumpliendo sus promesas, aprovechó el caos para apoderarse de Granada con el apoyo secreto de los Reyes Católicos.

Hamet el Zegrí, consciente del peligro, ordenó reforzar las defensas. Se almacenaron víveres y se instalaron piezas de artillería en la Alcazaba, el castillo de Gibralfaro y las Atarazanas. En cada punto estratégico colocó ballesteros y espingarderos. Reunió a sus capitanes más cercanos —Ibrahim Zenete y Hassam de Santa Cruz— para arengar a sus hombres y encender su espíritu de lucha: la ciudad debía resistir hasta el final.

El contingente defensor estaba formado por unos quince mil guerreros africanos, los gomeres, beréberes del norte de África, endurecidos por la guerra. A ellos se unieron renegados, conversos, monfíes y hombres de la serranía de Ronda: valientes y desesperados.

Desde Vélez, el rey Fernando envió al cronista Hernando Pérez del Pulgar con una propuesta de rendición pacífica. Hamet la rechazó con firmeza. Una segunda embajada corrió la misma suerte. No quedaba otro camino que la guerra.

El 7 de mayo de 1487, bajo un cielo azul y un sol abrasador, el ejército cristiano avanzó desde la costa hacia Málaga. Desde las torres de Gibralfaro se divisaban los estandartes castellanos y aragoneses ondeando en la distancia. A su paso, las tropas talaban árboles, incendiaban cosechas y destruían las huertas de la fértil vega malacitana. Comenzaba un asedio terrible, que duraría tres meses y once días.

El sitio fue feroz. Los castellanos, que esperaban una conquista rápida, se toparon con una defensa obstinada. Las crónicas relatan que Hamet el Zegrí impuso una férrea disciplina y castigó duramente cualquier intento de rendición. Algunos vecinos, deseosos de evitar el sufrimiento, fueron acusados de traición.

Cuando las provisiones escasearon y la sed hizo estragos, la situación se volvió insostenible. El 18 de agosto de 1487, las puertas de la ciudad y la Alcazaba se abrieron. El comendador mayor de León entró solemnemente, entonando el Te Deum y portando una cruz de rubíes en el pecho. Poco después, ondeó en las torres el pendón morado de Castilla. El 19 de agosto, los Reyes Católicos hicieron su entrada triunfal en Málaga.

Hamet el Zegrí, sin embargo, resistió dos días más en Gibralfaro. Finalmente, se rindió y entregó su espada. Ante el marqués de Cádiz, su enemigo, escuchó estas palabras:

—Si te hubieras rendido antes, habría habido menos derramamiento de sangre.

A lo que Hamet respondió con dignidad:

—Asumí el cargo con la obligación de morir o ser preso defendiendo la ciudad y la honra de quien me la entregó. Preferí morir peleando antes que rendirme sin luchar.

Por su valor y lealtad, Hamet no recibió clemencia. Fue encadenado y trasladado al castillo de Carmona, donde murió en una oscura mazmorra, encadenado al cuello y los pies, sin posibilidad de rescate.

A pesar de la derrota, su linaje sobrevivió. Algunos miembros de su familia —los Zegríes— se pasaron al bando castellano y fueron reconocidos por los Reyes Católicos en las Capitulaciones de Granada. Su sobrino, Muhammad al-Azaator el Zegrí, fue bautizado en 1500 por el cardenal Cisneros como Muhammad Fernández el Zegrí. Su hijo, Gonzalo Fernández el Zegrí, tuvo como padrino al propio Gran Capitán y llegó a ser caballero veinticuatro de Granada. Uno de sus descendientes, Luis Fernández el Zegrí, obtuvo la cruz de Santiago, y otro, Francisco Fernández el Zegrí, participó en las expediciones de Vélez de la Gomera y Túnez.

Hoy, siglos después, el apellido Zegrí —que significa fronterizo— aún sobrevive. En Tetuán viven familias que lo conservan como herencia de sus ancestros andalusíes. En Granada y La Zubia también perduran los Cegrí, descendientes lejanos de aquel alcaide que prefirió morir antes que entregar su ciudad.

En pleno corazón de Málaga, entre la calle Alcazabilla y la Plaza de la Judería, una pequeña vía lleva su nombre: calle Zegrí. Pocos viandantes saben quién fue aquel hombre que la inspira, pero su historia es símbolo de resistencia, honor y fidelidad a una causa perdida.

Hamet el Zegrí fue el último alcaide musulmán de Málaga, un guerrero de fuerte voluntad, incorruptible en su deber, que defendió su ciudad hasta el último aliento. Su figura, envuelta en leyenda, representa uno de los episodios más heroicos y trágicos del final de al-Ándalus. Soledad Carrasquilla Caballero. sccc.-