
Fotografía que realizó Maria del Mar, a un trabajo de clase, después de destrozar una calabazas.
De los farolillos de melón a las calabazas importadas
Como las salchichas de Fráncfort acabaron convertidas en vulgares perritos calientes, los deliciosos frikadellen alemanes en grasientas hamburguesas, y el kétchup en un jarabe dulzón que traiciona al tomate original, los países que carecen de tradiciones profundas suelen apropiarse y adulterar las ajenas.
Ocurre lo mismo con las fiestas, esas expresiones vivas de la memoria popular: se exportan, se transforman y, en el camino, pierden su alma.
Hoy, en cada esquina del mundo, se exhiben calabazas de plástico el día de Halloween, sin saber que, mucho antes de que esa costumbre se pusiera de moda, ya existía en Andalucía una tradición similar pero genuinamente nuestra.
En pueblos como Priego de Córdoba, Monturque, La Rambla, Santaella, La Victoria o Lucena, y también en Montilla, los niños y jóvenes vaciaban melones o calabazas de invierno para tallarles ojos y bocas, introduciendo dentro una pequeña vela.
A estos se les llamaba “farolillos de melón” o “melones de los difuntos”, y se colgaban en los dinteles de las puertas o en las ventanas la noche del 1 de noviembre, víspera del Día de los Difuntos, para ahuyentar a los espíritus errantes que, según la creencia popular, salían esa noche a vagar por el mundo.
Era una mezcla de respeto y temor: la frontera entre vivos y muertos se difuminaba, y el fuego del farolillo actuaba como protección simbólica, como un pequeño sol doméstico que guardaba los hogares del frío y de las sombras.
Aquella luz temblorosa iluminaba las calles de los pueblos cordobeses con un resplandor cálido y misterioso, en una escena que combinaba lo pagano y lo cristiano, la superstición rural y la fe popular.
Con el paso del tiempo, estas costumbres fueron cayendo en el olvido, desplazadas primero por el racionalismo urbano y más tarde por la globalización cultural.
Halloween llegó como una moda más —envuelta en marketing, dulces industriales y disfraces de neón—, y lo que fue un rito de memoria se transformó en un negocio de consumo.
Sin embargo, las raíces son tozudas: en muchos hogares andaluces, todavía hay quien recuerda cómo los abuelos tallaban los melones al caer la tarde, y cómo el fuego se apagaba justo al toque de ánimas.
Podría decirse que esta tradición, como tantas otras, ha vivido un viaje de “ida y vuelta”: de las costumbres europeas ancestrales, que cruzaron el Atlántico con los emigrantes, al Halloween americano que hoy regresa —reconvertido, disfrazado y adulterado— a los mismos pueblos donde un día nació su espíritu.
Porque, en el fondo, la calabaza iluminada no es un invento de Hollywood, sino una vieja forma de hablar con los muertos, de recordar a quienes ya no están y de espantar, al mismo tiempo, el miedo a la oscuridad. Soledad Carrasquilla Caballero. Sccc.-
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