
Francisco Molina Martínez “El Frasqui” nació en el barrio del Matadero Viejo de Córdoba el 7 de noviembre de 1882 y falleció trágicamente el 25 de enero de 1963, al ser atropellado por un coche. Pertenecía a una estirpe taurina emblemática: era hijo del banderillero Juan Molina Sánchez, sobrino del célebre Rafael Molina Sánchez “Lagartijo” y hermano de Rafael Molina Martínez “Lagartijo Chico”. Esa sangre de los Molina marcó toda su vida y su relación con el mundo del toreo.
Su carrera comenzó muy joven. En 1898 se incorporó a la famosa Cuadrilla de los Niños Cordobeses con el nombre artístico de “Lagartijillo”, en la que figuraba ya como banderillero el padre de Manolete, Manuel Rodríguez Sánchez “Manolete” (padre). Juntos se presentaron en Barcelona el 27 de agosto de 1899, con novillos de la ganadería de Flores. Cuando la cuadrilla se disolvió, El Frasqui intentó seguir por su cuenta; tenía facilidad para la suerte suprema—el oficio de matar con solvencia—pero no terminó de imponer un estilo propio con el capote y la muleta que le permitiera triunfar como matador. Por ello terminó especializándose en las banderillas, primero bajo las órdenes de su hermano “Lagartijo Chico” y, tras el fallecimiento de éste, incorporándose a la cuadrilla de su paisano y compañero Manolete (padre).
Aunque nunca alcanzó la fama de algunos de sus parientes, El Frasqui fue siempre un torero de oficio y sangre, apreciado por su entrega y por el sentimiento casticista que representaba. En su madurez se retiró de los ruedos y se integró en la vida cotidiana del barrio: regentó un estanco en la taberna Casa Paco Acedo y fue figura habitual en las tertulias de la zona, donde —con la autoridad de quien había vivido el mundo taurino de cerca— contaba anécdotas familiares y rememoraba episodios del toreo decimonónico y de principios del XX.
Su figura es la de un clásico del toreo cordobés: menos estrella que testigo y transmisor de una tradición familiar y local, un personaje que unía la épica de la plaza con el casticismo de la calle. El Frasqui encarna esa memoria popular del toreo: la que no siempre llega a los grandes libros de historia, pero que permanece en el recuerdo de barrios, tabernas y tertulias. Soledad Carrasquilla caballero. sccc.