
Alfonso XIII de visita en París en 1913, un año antes del inicio de la Primera Guerra Mundial. Sentado a su lado el presidente de la Tercera República francesa Raymond Poincaré.
los olvidados de una guerra ajena
Cuando el 28 de julio de 1914 estalló la Primera Guerra Mundial, España se declaró neutral. Tras el desastre del 98 y la pérdida de su imperio colonial, el país no estaba en condiciones de embarcarse en una guerra de semejante magnitud. Sin embargo, aunque oficialmente neutral, España no fue indiferente al conflicto que sacudió Europa.
La neutralidad permitió a España beneficiarse económicamente, sobre todo en los primeros años. La industria, la minería y el comercio experimentaron un auge sin precedentes: se exportaban alimentos, carbón, hierro y armas tanto a los Aliados como a las Potencias Centrales. Este “milagro económico” fue, sin embargo, desigual: unos pocos empresarios e intermediarios se enriquecieron mientras la clase trabajadora sufría el encarecimiento de los productos básicos.
Esa tensión interna provocó huelgas, disturbios y crisis política, preludio de la agitación social que desembocaría en la huelga general revolucionaria de 1917.
Aunque España no envió tropas, muchos españoles sí combatieron —por convicción, exilio o simple destino— en los frentes de Europa.
En el bando aliado, decenas de españoles se alistaron en la Legión Extranjera Francesa, motivados por ideales republicanos o por vínculos familiares con Francia.
También hubo emigrantes españoles en América Latina o Francia que, al estallar la guerra, fueron llamados a filas en los países en los que residían.
Algunos combatieron en la aviación francesa o en las ambulancias internacionales, y otros trabajaron como obreros en la retaguardia o en fábricas de municiones.
Uno de los más conocidos fue Francisco “Paco” Benítez, natural de Sevilla, que sirvió como legionario francés y murió en el frente de Verdún en 1916. Su nombre figura en el monumento a los extranjeros caídos por Francia.
Desde su neutralidad, España también desempeñó un papel diplomático y humanitario destacado. Bajo el reinado de Alfonso XIII, la monarquía organizó la Oficina Pro Cautivos, encargada de mediar por los prisioneros de guerra y desaparecidos de ambos bandos. Gracias a esta oficina, se tramitaron más de 200.000 peticiones y se lograron numerosos canjes, repatriaciones y ayudas.
El rey Alfonso XIII, apodado el Rey Caballero, ganó reconocimiento internacional por esa labor. Su oficina llegó a ser considerada un antecedente del Comité Internacional de la Cruz Roja moderno.
La prensa y la opinión pública española se dividieron entre “aliadófilos” y “germanófilos”.
Los aliadófilos veían en Francia y el Reino Unido las democracias modernas que debían servir de modelo.
Los germanófilos, por su parte, admiraban la disciplina y el poder del Imperio alemán, además de su oposición al liberalismo occidental.
Intelectuales como Ortega y Gasset, Unamuno, Valle-Inclán o Azorín escribieron apasionadamente sobre la guerra, convirtiéndola en un debate moral e ideológico que dividió a la sociedad española.
Al terminar la guerra en 1918, los españoles que habían combatido bajo otras banderas volvieron al anonimato. No hubo desfiles ni medallas en casa, solo silencio. Algunos quedaron enterrados en tierras extranjeras, bajo cruces sin nombre, junto a franceses, británicos o alemanes.
Sin embargo, su historia sigue recordándonos que, aun en tiempos de neutralidad, España no estuvo al margen del drama europeo. Hubo españoles en Verdún, en el Somme, en Ypres; hombres que lucharon y murieron por una guerra que no era la suya, pero que también marcó el destino del siglo XX. Soledad Carrasquilla Caballero. sccc.-

La guerra en las trincheras, la más cruel de todas las guerras