
El 2 de enero de 1492 quedó fijada la capitulación de Granada, culminación de un proceso largo y agónico que había llevado al último reino andalusí al borde del colapso. La ciudad llevaba años soportando el empuje constante de las tropas castellanas, cada vez más cercanas y asfixiantes. Abandonada por sus antiguos aliados y privada de la ayuda prometida de la flota otomana, que nunca llegó a romper el cerco, Granada se encontraba condenada a una lenta agonía. Rendirse o morir: esa era la trágica disyuntiva a la que se enfrentaba un reino que había conocido siglos de esplendor y que ahora se desmoronaba entre el hambre, el frío y la desesperación.
El reino nazarí, antaño admirado por su riqueza y refinamiento —por la seda de sus telares, la orfebrería de sus talleres, las delicadas yeserías de sus palacios y la alfarería de sus barrios artesanos—, veía cómo aquellos años de grandeza llegaban a su fin. El prolongado asedio había arrasado los campos de cultivo, interrumpido el comercio y agotado casi por completo las reservas de alimentos. Tras más de año y medio de bloqueo, el hambre se había convertido en un enemigo tan temible como las armas castellanas.
A esta miseria se sumó el rigor del invierno de 1491, especialmente cruel. No quedaba carbón ni leña con la que encender siquiera una hoguera miserable. El frío se infiltraba en las casas, en los palacios y en los cuerpos debilitados de una población exhausta. Todo aconsejaba una rendición rápida para evitar un sufrimiento aún mayor.
Reunidos los miembros de la familia del emir, los notables de la ciudad y los representantes del pueblo, expusieron al sultán Boabdil la gravedad de la situación. La capitulación debía hacerse en invierno, cuando la resistencia ya no era viable y cada día añadido solo multiplicaba el dolor. Sin embargo, el fervor popular seguía vivo en las calles de Granada. Muchos, movidos por el orgullo, la fe y la desesperación, clamaban por la resistencia y el combate final. Se oían voces que llamaban a la lucha sagrada:
«Levantad el ánimo para el combate sagrado y que su rostro brillante ilumine la noche».
Durante diciembre de 1491, Granada fue una ciudad al borde de la revuelta. La mecha estaba encendida. Para muchos, la única salida honorable era combatir hasta la muerte: antes morir que rendirse. Ante este clima de exaltación popular, Boabdil, consciente de la inutilidad de una resistencia final, se vio obligado a acelerar la rendición en secreto, temiendo incluso por su propia seguridad.
Los castellanos exigieron garantías. Reclamarían quinientos rehenes escogidos entre los principales notables granadinos mientras se producía la entrada de un destacamento militar en la ciudad. En la noche, amparados por la oscuridad, los quinientos nobles partieron hacia el campamento castellano. Al mismo tiempo, las tropas de Isabel y Fernando entraban silenciosamente por la puerta de los Alijares. Avanzaron despacio, sin resistencia, hasta la Alhambra, cuyas puertas fueron abiertas por los propios hombres de Boabdil.
En el interior del recinto palatino, en el Palacio de Comares, el último sultán nazarí entregó las llaves de la Alhambra a Gutiérrez de Cárdenas, jefe del contingente castellano. Con ese gesto, se sellaba el final de casi ocho siglos de presencia islámica en Granada.
El Albaicín entero lloró la pérdida. La ciudad gritó, clamó y se lamentó por la capitulación. Hubo algunas revueltas aisladas, estallidos de desesperación ante el fin de todo un reino, pero la rendición era ya irreversible. Granada había caído.
En medio de aquel drama, Morayma, esposa de Boabdil, presa de la angustia, mandó llamar en secreto al célebre sabio y astrólogo Ben-Maj-Kulmut para consultar el horóscopo del sultán. La respuesta fue tan sombría como profética:
«Dicen las estrellas que el último rey nazarí vivirá mucho para padecer mucho».
La profecía, como suele ocurrir, parecía olvidar el destino de quienes le rodeaban.
Poco después llegó la salida de la familia real granadina y de numerosos súbditos hacia la Alpujarra, primer destino del exilio. La marcha se realizó llevando consigo un importante tesoro material, pero para Morayma el bien más preciado eran sus hijos, Yusuf y Ahmed, que habían permanecido retenidos por los Reyes Católicos y que finalmente le fueron entregados. No ocurrió lo mismo con su hija Aixa, que quedó definitivamente en Castilla, ligada a la corte cristiana y al propio rey Fernando.
Así se cerraba el último capítulo del reino nazarí de Granada: no solo con la entrega de una ciudad, sino con la ruptura de una dinastía, la dispersión de un pueblo y el fin de una civilización que había marcado para siempre la historia de al-Ándalus. Soledad Carrasquilla Caballero. sccc.-
Fotografía del cuadro La Rendición de Granada por Boabdil a los Reyes Católicos. Óleo sobre lienzo de Francisco Pradrilla y Ortiz que se encuentra en el palacio del Senado
Esta pintura es la joya más preciada de la colección artística que guarda el edificio gubernamental y la más espectacular y asombrosa que un pintor español llevó a cabo, dentro del género durante el siglo XIX. Su extraordinaria fama, se sustenta en la fastuosidad escenográfica y la minuciosidad descriptiva. Entre el cortejo cerca de rey de Aragón se encuentra el Gran Capitán.