[REQ_ERR: COULDNT_RESOLVE_HOST] [KTrafficClient] Something is wrong. Enable debug mode to see the reason. El verano – Cosas de Cordoba

El verano

El verano en las fuentes clásicas: entre el calor, la poesía y la abundancia

El verano ha sido desde la Antigüedad una de las estaciones más evocadoras para las culturas del Mediterráneo. Griegos y romanos contemplaban aquellos meses de sol abrasador como un tiempo de contrastes: por un lado, la abundancia de las cosechas y la plenitud de la naturaleza; por otro, el calor sofocante, la sequía y la necesidad constante del agua. No es casualidad que muchas de las referencias clásicas al verano estén íntimamente ligadas a las fuentes, los ríos, los jardines y los manantiales.

Para los antiguos romanos, el verano comenzaba simbólicamente con la aparición de la estrella Sirio, la más brillante de la constelación del Can Mayor. Los días comprendidos entre julio y agosto eran conocidos como los dies caniculares o «días de la canícula», considerados los más calurosos del año. El poeta Virgilio describía cómo la tierra se agrietaba bajo el sol y los pastores buscaban refugio junto a las corrientes de agua.

En sus Geórgicas, Virgilio aconsejaba evitar las labores agrícolas durante las horas centrales del día y buscaba inspiración en las sombras de los árboles y en las fuentes cristalinas que aliviaban el calor estival. Para el poeta latino, el murmullo del agua era uno de los sonidos más agradables del verano.

También Horacio celebró en sus odas el placer de retirarse al campo durante los meses cálidos. En varias composiciones menciona fuentes y manantiales como lugares de descanso, conversación y reflexión. Una de las más famosas está dedicada a la fuente de Bandusia, cuyas aguas puras y frescas consideraba dignas de inmortalidad poética.

Por su parte, Ovidio relacionó el verano con la plenitud de la vida y con el ciclo de las estaciones. En sus obras aparecen numerosas ninfas vinculadas a fuentes, lagos y arroyos, guardianas de las aguas que proporcionaban fertilidad a campos y bosques.

Los griegos compartían una visión semejante. Los manantiales estaban protegidos por ninfas y divinidades locales, y muchas fuentes eran consideradas lugares sagrados. En una sociedad acostumbrada a los veranos secos del Mediterráneo, el agua era vista como un regalo de los dioses. La mitología está llena de relatos donde héroes, viajeros y pastores encuentran alivio junto a una fuente en mitad del calor estival.

En Hispania, y especialmente en la Bética, donde los veranos eran tan intensos como los actuales, la importancia del agua adquirió una dimensión aún mayor. Las ciudades romanas se llenaron de acueductos, termas, fuentes monumentales y jardines interiores. La antigua Corduba poseía una compleja red hidráulica que permitía abastecer fuentes públicas, baños y viviendas privadas.

Aquella tradición de combatir el calor mediante patios, vegetación y agua sobrevivió al mundo romano y fue enriquecida durante al-Ándalus. Los jardines andalusíes hicieron del agua un elemento central de la arquitectura. Albercas, surtidores y acequias transformaron el verano en una experiencia sensorial donde el sonido del agua refrescaba tanto el cuerpo como el espíritu.

Quizá por eso, todavía hoy, en ciudades como Córdoba, el verano sigue teniendo una estrecha relación con las fuentes. Desde los patios floridos hasta las plazas adornadas con surtidores, persiste una costumbre heredada de siglos: buscar en el agua el alivio frente al sol abrasador.

Las fuentes clásicas ya lo comprendieron hace más de dos mil años. Mientras el verano representa la fuerza del sol y la madurez de la naturaleza, el agua simboliza la vida, el descanso y la belleza. Entre ambos elementos nació una cultura mediterránea que todavía hoy sigue reconociéndose en el rumor de una fuente durante una tarde de verano. Soledad Carrasquilla Caballero. sccc.-