
La imagen del puente que conocimos y que también nos conoció; que nos contempla mientras nosotros lo contemplamos, aunque sea a la inversa. Durante años hemos pasado junto a él sin pensar que, de alguna manera, también él formaba parte de nuestra propia historia. Lo vimos cuando éramos jóvenes, lo cruzamos tantas veces, lo contemplamos bajo la lluvia, al amanecer o al atardecer, y hoy seguimos encontrándolo en el mismo lugar.
El puente permanece; nosotros cambiamos. Mientras el tiempo sobre él deja una pátina de historia, lo llena de recuerdos y, paradójicamente, parece rejuvenecerlo con cada nueva generación que lo descubre, en nosotros el tiempo cobra su inevitable tributo.
Quizá por eso el puente tienen algo de humano: unen orillas, sobreviven a quienes los construyeron y terminan convirtiéndose en memoria de quienes los cruzaron. Nosotros pasamos; el permanecen.
Y cuando volvemos a contemplar el puente de nuestra infancia, comprendemos que no estamos mirando solamente una construcción de piedra. Estamos mirando una parte de nuestra propia vida. Porque hay lugares que no envejecen con nosotros: se quedan esperándonos, guardando silenciosamente aquello que fuimos.
El puente nos conoció entonces y nos contempla ahora. Nosotros, en cambio, lo contemplamos sabiendo que el tiempo ha pasado. Él sigue siendo parte del paisaje; nosotros somos ya parte de su historia.
La imagen del puente que conocimos y nos conoció, que nos contempla y contemplamos a la inversa. Mientras el tiempo a él lo rebosa y rejuvenece, en nosotros se cobra su tributo sin posible restauración. Sccc