[REQ_ERR: COULDNT_RESOLVE_HOST] [KTrafficClient] Something is wrong. Enable debug mode to see the reason. El Casanova a todo trapo – Cosas de Cordoba

El Casanova a todo trapo

El Casanova saliendo de la barra de San Luca, después de respirar el aire de Córdoba que traía el Guadalquivir.

El que no sepa rezar, que vaya por esos mares…»

En una de las paredes de la capilla de la Escuela Naval Militar de Marín (Pontevedra), donde desde 1943 se forman los oficiales de la Armada Española, (Antelo lo hacían en la Escuela de Oficiale de Cádiz desde su fundación en 1717), puede leerse una sencilla inscripción que resume siglos de historia marinera:

«El que no sepa rezar, que vaya por esos mares; verá cómo lo aprende sin que se lo enseñe nadie.»

Más que una frase piadosa, constituye una reflexión nacida de la experiencia de miles de hombres que, a lo largo de los siglos, hicieron de la mar su profesión y, en muchas ocasiones, su sepultura.

Para los creyentes es una oración espontánea, una súplica confiada a Dios y a la Virgen del Carmen, protectora de los navegantes. Para quienes no profesan una fe religiosa, representa una tradición profundamente arraigada en la cultura marinera, heredada de generaciones de marinos que conocieron la inmensidad del océano, la incertidumbre de los temporales y la fragilidad de la vida frente a la fuerza de la naturaleza.

Durante siglos, antes de la llegada del radar, del GPS, de la meteorología por satélite y de los modernos sistemas de comunicaciones, navegar suponía enfrentarse a un mundo imprevisible. Una tormenta repentina, una vía de agua, un arrecife oculto, un incendio a bordo o un combate naval podían decidir en pocos minutos el destino de un barco y de toda su tripulación. En esas circunstancias extremas, la oración surgía de forma natural, incluso en quienes nunca habían mostrado una especial religiosidad.

La frase recuerda que el océano no distingue entre rangos, títulos o conocimientos. Ante un temporal desaparecen las diferencias entre el almirante y el marinero. Todos dependen del trabajo en equipo, de la pericia profesional y, para muchos, también de la confianza en la Providencia.

Existe además un componente psicológico que explica la permanencia de este pensamiento. La navegación oceánica enfrenta al ser humano con la inmensidad y el aislamiento. Durante semanas o meses, la línea del horizonte es el único paisaje visible. Esa experiencia ha llevado históricamente a muchos hombres de mar a reflexionar sobre la vida, el destino y la trascendencia, convirtiendo los barcos en lugares donde la fe y la tradición encontraron un terreno especialmente fértil.

La inscripción de Marín enlaza con innumerables testimonios de marinos españoles. En los diarios de navegación de la Carrera de Indias, en los cuadernos de bitácora de la Armada o en las memorias de marinos mercantes aparecen con frecuencia referencias a oraciones colectivas durante los temporales, promesas hechas a la Virgen del Carmen, a la Virgen del Rosario o a otros santos protectores, así como acciones de gracias al alcanzar un puerto seguro.

No se trata únicamente de una tradición española. Frases semejantes pueden encontrarse en las marinas de Portugal, Italia, Francia o el Reino Unido, donde la experiencia de la navegación ha generado un patrimonio de refranes y sentencias que reflejan el profundo respeto que el mar inspira a quienes lo conocen.

En la Armada Española, esa tradición permanece viva. Cada promoción de guardiamarinas que pasa por la Escuela Naval contempla esa inscripción como una lección más de su formación. Les recuerda que la tecnología más avanzada nunca eliminará completamente el riesgo inherente a la navegación y que el mar continúa siendo una escuela de prudencia, compañerismo y fortaleza de espíritu.

Quizá por ello, la sencilla frase grabada en la capilla de Marín ha sobrevivido al paso del tiempo. En pocas palabras resume una verdad que los marinos conocen desde hace siglos: el mar enseña al hombre la dimensión exacta de sus fuerzas y le recuerda, con cada travesía, que siempre existe algo más grande que él mismo. Soledad Carrasquilla Caballero. sccc.-

La frase de la fotografía esta inscrita sobre una placa en la capilla de la Escuela Naval de Marín. Para los creyentes es una súplica, para los no creyentes, una tradición que enlaza con gestas de los marinos que le precedieron.