
El 20 de agosto de 1757 nacía en Utrera Diego Corrientes Mateos, quien sería ajusticiado en Sevilla el 30 de marzo de 1781. Fue bautizado en la Iglesia del Señor Santiago de Utrera el 28 de ese mismo mes y año con el nombre de Diego Francisco Bernardo.
Perteneciente a una familia de campesinos, llevó una corta vida de bandolero, apenas cinco años, antes de ser ejecutado a los 24.
No se sabe con certeza por qué se hizo bandido aquel “joven de dos varas de cuerpo, blanco, rubio, de ojos pardos, grandes patillas, algo picado de viruelas y con una señal de corte en el lado derecho de la nariz”, según lo describió en una carta su implacable perseguidor, Francisco de Bruna Ahumada.
Se echó al campo con 19 años, robando caballos que llevaba de contrabando a Portugal a través de una organizada ruta de postas, donde los vendía. Su generosidad con los más pobres, a quienes repartía parte de lo que robaba a los ricos, lo convirtió en una leyenda popular y aumentó su estima entre la gente.
La dificultad de capturarlo residía en su habilidad para huir y en la protección que le brindaban los campesinos. Su fama de valiente y generoso despertó una gran admiración, lo que hirió el orgullo de Francisco de Bruna, conocido en Sevilla como el «Señor del Gran Poder». De Bruna, caballero de la Orden de Calatrava, miembro del Consejo de Su Majestad, Oidor Decano de la Real Audiencia, Regente interino, Honorario del Supremo Consejo y Cámara de Castilla, Alcaide de los Reales Alcázares, entre otros cargos, tenía una enorme influencia en la ciudad.
Por orden de Carlos III, se emitió un documento de arresto contra Diego Corriente, acusándolo de «salteamiento de caminos, asociación con otros, uso de armas blancas y de fuego, abuso, insultos a las haciendas y cortijos, y otros graves excesos». Se ofrecieron cien piezas de oro por su captura, vivo o muerto, aunque no se mencionaban delitos de sangre. Sin embargo, fue condenado a ser «arrastrado, ahorcado y hecho cuartos».
Al enterarse de que habían puesto precio a su cabeza, huyó a Portugal, donde fue apresado en Covilhã. Logró escapar con la ayuda de los guardias portugueses, pero no tuvo la misma suerte cuando fue capturado nuevamente en Olivenza, entonces territorio portugués. Se cuenta que el capitán de la guarnición portuguesa rodeó con cien soldados el cortijo de Pozo del Caño, donde se refugiaba el bandolero, y le gritó: «¡Corrientes! Siento venir a prender a un hombre de tus agallas, pero no tengo más remedio. No dispares y entrégate. Hay cien fusiles apuntándote y yo no quiero matarte. Cumplo órdenes, compréndelo».
El conde de Floridablanca intervino para hacer cumplir el tratado de extradición de 1778 entre España y Portugal.
Diego Corriente fue trasladado a una cárcel de Badajoz y luego a Sevilla. Una carta de Francisco de Bruna da cuenta de su llegada a la ciudad el 25 de marzo de 1781, Domingo de Ramos, en plena Semana Santa.
José María de Mena relata: «En los cinco días que permaneció en la prisión, no aceptó comer solo en su celda, porque tenía que compartir con alguien la comida y el vino que su familia llevaba cada día a la cárcel».
En Sevilla fue juzgado y condenado a la horca, pese a que no tenía delitos de sangre ni era un hombre violento.
Fue ejecutado en la plaza de San Francisco el 30 de marzo, Viernes Santo, mientras las cofradías recorrían la ciudad. Según Santos Torres, «no solo se quebrantaron ese día los principios religiosos y humanitarios de la gente, sino algo aún más grave: se vulneró la propia ley escrita, quebrantada en la misma sede donde se impartía justicia». Con su ahorcamiento se incumplió una antigua ley de la época de Alfonso X el Sabio, aún vigente, que prohibía ejecutar la pena de muerte en Viernes Santo.
Su cuerpo fue llevado a la llamada Mesa del Rey, una superficie plana que posiblemente formaba parte de una construcción romana, ubicada entre los kilómetros 543 y 544 de la carretera de Córdoba, hoy absorbida por la nacional IV. Allí se cumplió la última parte de su condena: fue descuartizado y sus restos esparcidos por plazas, calles y caminos que solía frecuentar. Su cabeza, atravesada por un hierro, fue expuesta en una ventana de la sacristía de la iglesia de San Roque, donde días después sería sepultada, según consta en su libro de entierros.
Un documento conservado en el Hospital de la Caridad de Sevilla recoge la última voluntad de Diego Corriente: «Se gastaron en pan, que se dio a los presos a pedimento del bandolero, 37 reales de vellón». Un gesto inusual entre los cerca de doscientos ajusticiados atendidos por los hermanos de la Caridad entre 1671 y 1825. «Sorprende que, en una época de hambre y miseria, este ladrón famoso decidiera que su última voluntad fuera entregar pan para aliviar la situación de sus compañeros de cárcel»., quien sería ajusticiado en Sevilla el 30 de marzo de 1781. Fue bautizado en la Iglesia del Señor Santiago de Utrera el 28 de ese mismo mes y año con el nombre de Diego Francisco Bernardo.
Perteneciente a una familia de campesinos, llevó una corta vida de bandolero, apenas cinco años, antes de ser ejecutado a los 24.
No se sabe con certeza por qué se hizo bandido aquel “joven de dos varas de cuerpo, blanco, rubio, de ojos pardos, grandes patillas, algo picado de viruelas y con una señal de corte en el lado derecho de la nariz”, según lo describió en una carta su implacable perseguidor, Francisco de Bruna Ahumada.
Se echó al campo con 19 años, robando caballos que llevaba de contrabando a Portugal a través de una organizada ruta de postas, donde los vendía. Su generosidad con los más pobres, a quienes repartía parte de lo que robaba a los ricos, lo convirtió en una leyenda popular y aumentó su estima entre la gente.
La dificultad de capturarlo residía en su habilidad para huir y en la protección que le brindaban los campesinos. Su fama de valiente y generoso despertó una gran admiración, lo que hirió el orgullo de Francisco de Bruna, conocido en Sevilla como el «Señor del Gran Poder». De Bruna, caballero de la Orden de Calatrava, miembro del Consejo de Su Majestad, Oidor Decano de la Real Audiencia, Regente interino, Honorario del Supremo Consejo y Cámara de Castilla, Alcaide de los Reales Alcázares, entre otros cargos, tenía una enorme influencia en la ciudad.
Por orden de Carlos III, se emitió un documento de arresto contra Diego Corriente, acusándolo de «salteamiento de caminos, asociación con otros, uso de armas blancas y de fuego, abuso, insultos a las haciendas y cortijos, y otros graves excesos». Se ofrecieron cien piezas de oro por su captura, vivo o muerto, aunque no se mencionaban delitos de sangre. Sin embargo, fue condenado a ser «arrastrado, ahorcado y hecho cuartos».
Al enterarse de que habían puesto precio a su cabeza, huyó a Portugal, donde fue apresado en Covilhã. Logró escapar con la ayuda de los guardias portugueses, pero no tuvo la misma suerte cuando fue capturado nuevamente en Olivenza, entonces territorio portugués. Se cuenta que el capitán de la guarnición portuguesa rodeó con cien soldados el cortijo de Pozo del Caño, donde se refugiaba el bandolero, y le gritó: «¡Corrientes! Siento venir a prender a un hombre de tus agallas, pero no tengo más remedio. No dispares y entrégate. Hay cien fusiles apuntándote y yo no quiero matarte. Cumplo órdenes, compréndelo».
El conde de Floridablanca intervino para hacer cumplir el tratado de extradición de 1778 entre España y Portugal.
Diego Corriente fue trasladado a una cárcel de Badajoz y luego a Sevilla. Una carta de Francisco de Bruna da cuenta de su llegada a la ciudad el 25 de marzo de 1781, Domingo de Ramos, en plena Semana Santa.
José María de Mena relata: «En los cinco días que permaneció en la prisión, no aceptó comer solo en su celda, porque tenía que compartir con alguien la comida y el vino que su familia llevaba cada día a la cárcel».
En Sevilla fue juzgado y condenado a la horca, pese a que no tenía delitos de sangre ni era un hombre violento.
Fue ejecutado en la plaza de San Francisco el 30 de marzo, Viernes Santo, mientras las cofradías recorrían la ciudad. Según Santos Torres, «no solo se quebrantaron ese día los principios religiosos y humanitarios de la gente, sino algo aún más grave: se vulneró la propia ley escrita, quebrantada en la misma sede donde se impartía justicia». Con su ahorcamiento se incumplió una antigua ley de la época de Alfonso X el Sabio, aún vigente, que prohibía ejecutar la pena de muerte en Viernes Santo.
Su cuerpo fue llevado a la llamada Mesa del Rey, una superficie plana que posiblemente formaba parte de una construcción romana, ubicada entre los kilómetros 543 y 544 de la carretera de Córdoba, hoy absorbida por la nacional IV. Allí se cumplió la última parte de su condena: fue descuartizado y sus restos esparcidos por plazas, calles y caminos que solía frecuentar. Su cabeza, atravesada por un hierro, fue expuesta en una ventana de la sacristía de la iglesia de San Roque, donde días después sería sepultada, según consta en su libro de entierros.
Un documento conservado en el Hospital de la Caridad de Sevilla recoge la última voluntad de Diego Corriente: «Se gastaron en pan, que se dio a los presos a pedimento del bandolero, 37 reales de vellón». Un gesto inusual entre los cerca de doscientos ajusticiados atendidos por los hermanos de la Caridad entre 1671 y 1825. Sorprende que, en una época de hambre y miseria, este ladrón famoso decidiera que su última voluntad fuera entregar pan para aliviar la situación de sus compañeros de cárcel. Soledad Carrasquilla Caballero. sccc.-

Copla a Diego Corrientes, en El bandido Generoso, famoso drama andaluz de tres actos en verso de José María Gutiérrez de Alba:
«Diego Corriente yo soy
aquel que a nadie temía
aquel que en Andalucía
por los caminos andaba
el que a los ricos robaba
y a los pobres socorría»

En la revista Blanco y Negro escribe Felipe Pérez en 1907 una versión del encuentro entre el bandolero y el oidor en de abril de 1780: “Bruna regresaba a Sevilla en un coche de caballos cuando se topó con el bandido que, apuntándole con sus pistolas, le dijo: «No s’asuste usía. Diego Corriente roba a los ricos, socorre a los probes y no mata a naide. A usía lo han engañao si l’han dicho otra cosa. Lo que Diego jase, cuando llega er caso, es demostrarle ar Señó der Gran Poé qu’está en la Audencia, que él no teme más que ar Señó der Gran Poé que está en San Lorenzo». Y poniendo su pie sobre la portezuela del coche, obligó a Bruna a abotonarle el botín derecho”. También Constancio Bernaldo de Quirós y Luis Ardilla recogen en « El bandolerismo andaluz» en 1931 esta escena que sitúan en las proximidades de Las Alcantarillas, donde aún hoy lo recuerda la Torre de Diego Corriente.

¿La calavera de Corriente? El 21 de junio de 1975 saltaba a la prensa el hallazgo de una calavera durante unos trabajos de restauración en la iglesia de San Roque. El escritor José María de Mena afirmó que el cráneo, con un clavo que lo atravesaba, «con las naturales reservas podría ser considerado como el cráneo del bandido Diego Corriente» porque según la tradición sus restos fueron recogidos por el párroco.

En Utrera nació un hombre
de una mediana estatura
llamado Diego Corrientes
por su mala desventura.
Ese tal Diego Corrientes
al contrabando se echó;
robaba caballos, padre,
y esa fue su perdición.
Ese tal Diego Corrientes
robaba con fantasía:
a los ricos les robaba
y a los pobres socorría.
Justicias y migueletes
lo han mandado pregonar,
y él con un compadre suyo
se ha marchado a Portugal.
A la ida para allá,
fue en la Venta del Oriente,
ha mandado a convidar
justicias y migueletes.
A la vuelta para acá,
en la Venta de Tomares
lo han cogido prisionero
los migueletes galanes.
Día de la Encarnación
a las seis de la mañana
entraba Diego Corrientes
por las calles de Triana;
hombres, mujeres y niños
se asoman por la ventana
por ver a Diego Corrientes
del modo que lo llevaban.
Hombres, mujeres y niños
gritaban en alta voz:
ni la prendición de Cristo
causaba tanto terror.
- Si viviese mi madrina,
la duquesita de Alba,
si viviese mi madrina
la vida no me quitaban.
Al subir las escaleras
un vaso de agua pidió
y le contestó el verdugo:
- Hijo, ya no es ocasión.
- Si no me lo dan de agua,
que me lo den de aguardiente
para dárselo al verdugo
y que me dé buena muerte.
¡El Cristo de la nagüillas
vaya en mi acompañamiento,
y el Patio de los Naranjos
sepultura de mi cuerpo!
Romance anónimo