[REQ_ERR: SSL] [KTrafficClient] Something is wrong. Enable debug mode to see the reason. Demolición del castillo de Montilla – Cosas de Cordoba

Demolición del castillo de Montilla

Fernando el Católico ordenó el derribo de la casa solariega de los Fernández de Córdoba en Montilla y mandó esparcir sal sobre sus cimientos, un gesto de fuerte carga simbólica destinado a borrar la memoria del linaje y escarmentar públicamente a la nobleza andaluza. El pretexto fue castigar al marqués de Priego, don Pedro Fernández de Córdoba, sobrino del Gran Capitán e hijo del Gran Aguilar, a quien el monarca había condenado a muerte por supuestos devaneos separatistas y actitudes consideradas desleales a la Corona.

Para Fernando, aquel era el momento de ajustar cuentas con quienes, a su juicio, lo habían traicionado al alinearse con el partido de la reina Juana, cuestionando su autoridad como regente de Castilla. El castigo infligido a la poderosa casa cordobesa no fue solo una represalia personal, sino también una advertencia dirigida a toda la aristocracia del sur peninsular, tradicionalmente celosa del aragonés y de su poder sombre el territorio de Castilla.

El rey de Aragón no dudó en instrumentalizar la Inquisición como arma política. Permitió que el inquisidor Diego Rodríguez Lucero, apodado con justicia “el Tenebrario”, asentado en Córdoba, desatara una ola de terror que asoló buena parte de Andalucía. Cientos de judeoconversos fueron encarcelados, muchos de ellos antiguos servidores fieles de la Corona, funcionarios, mercaderes y miembros de familias influyentes. No pocos acabaron ardiendo vivos en las hogueras encendidas por el Tribunal del Santo Oficio, en un clima de delación, miedo y represión que trascendía lo religioso para convertirse en una auténtica purga política y social.

Los conversos andaluces vieron en la llegada al trono de Felipe el Hermoso una oportunidad para poner fin a los abusos de la Inquisición, o al menos para recortar drásticamente sus atribuciones y frenar el poder omnímodo de Lucero. Durante aquel breve periodo pareció abrirse una esperanza de cambio. Sin embargo, la muerte prematura de Felipe I devolvió la regencia de Castilla a Fernando, y con ella regresaron las viejas tensiones, los recelos y las venganzas pendientes.

De nuevo en el poder, Fernando dirigió sus celos y desconfianzas hacia el vencedor de Nápoles, Gonzalo Fernández de Córdoba, cuya fama y prestigio eclipsaban incluso al propio monarca. No obstante, con el Gran Capitán no se atrevió a actuar de forma abierta: su figura era demasiado admirada por el pueblo y respetada por la nobleza. Aun así, el cerco se estrechó sobre su familia y allegados.

Cuando algunos nobles suplicaron a Gonzalo que intercediera ante el rey por Diego Fernández de Córdoba, el Gran Capitán respondió con amarga lucidez una frase que resume la tragedia del momento y la implacable lógica del poder: Demasiada culpa tiene el marqués con ser sobrino mío.

Una sentencia que refleja no solo la impotencia del héroe militar frente a la política cortesana, sino también el alto precio que pagaron los linajes andaluces en un tiempo en que la lealtad, la sangre y la gloria pasada ya no bastaban para protegerse del rey. Soledad Carrasquilla Caballero. sccc.-

Cartela con referencia a los Fernández de Cordoba en el Bailío