[REQ_ERR: SSL] [KTrafficClient] Something is wrong. Enable debug mode to see the reason. Constantino y Abderramán un diálogo de imperios – Cosas de Cordoba

Constantino y Abderramán un diálogo de imperios

Pergamino expuesto en la exposición Lux in Arcana, (Luz sobre el misterio) del Archivo Secreto del Vaticano. Escrito que Otón I, que envió al papa Juan XII para defender sus derechos.  A la misiva le sirvió como modelo la carta que Constantino VII envió a Abderramán III, adoptada como prototipo protocolario en las relaciones diplomáticas de la época.

La carta de Constantino VII Porfirogéneta a Abderramán III

En el siglo X, cuando Europa occidental aún se recomponía tras siglos de fragmentación, el Mediterráneo fue escenario de una sutil pero intensa diplomacia entre los grandes poderes del momento: el Imperio bizantino en Oriente y el califato omeya de Córdoba en Occidente.

Dos cortes resplandecientes —la de Constantino VII Porfirogéneta en Constantinopla y la de Abderramán III en Medina Azahara— representaban las cumbres del refinamiento político, cultural y ceremonial de su tiempo.

Entre ellas cruzó una carta que, más que un simple mensaje diplomático, fue un gesto de reconocimiento mutuo entre dos mundos: Dos soberanos en la cima del poder

Constantino VII Porfirogéneta , “nacido en la púrpura”, fue uno de los emperadores más cultos de Bizancio. Gran erudito, autor de obras sobre protocolo y gobierno (De Ceremoniis aulae Byzantinae, De administrando imperio), fue un monarca que entendía la diplomacia como un arte de equilibrio entre majestuosidad, inteligencia y sutileza.

En el otro extremo del Mediterráneo, Abderramán III proclamado califa de Córdoba en, había consolidado su autoridad tras décadas de conflictos internos en al-Ándalus y había devuelto a su dinastía omeya el esplendor perdido. Su reinado marcó el apogeo del califato cordobés, cuya capital rivalizaba en riqueza y cultura con Bagdad y Constantinopla.

Ambos gobernantes representaban, cada uno en su esfera, el ideal del monarca universal: legítimo, culto y elegido por Dios para regir el mundo civilizado.

En este contexto de esplendor, hacia el año 949, Constantino VII envió una embajada a Córdoba, acompañada de un mensaje de extraordinario lujo:

una carta escrita sobre pergamino púrpura con letras de oro, siguiendo el ceremonial bizantino reservado a los emperadores.

El contenido exacto de la carta no se conserva íntegro, pero se conoce a través de las crónicas árabes —como las de Ibn Hayyan y al-Maqqarī— y de los textos diplomáticos bizantinos.

En ella, el emperador se dirigía a Abderramán III tratándolo de igual a igual, reconociendo su poder y su rango califal, algo que rara vez ocurría entre soberanos cristianos y musulmanes.

La carta incluía fórmulas de cortesía propias del protocolo bizantino, expresiones de respeto y ofrecimientos de amistad y colaboración comercial y política.

Este gesto era tan inusual como calculado. Bizancio buscaba asegurar sus intereses en el Mediterráneo occidental frente a la pujanza del Imperio fatimí, establecido en el norte de África, que amenazaba sus rutas marítimas y sus aliados italianos.

Córdoba, por su parte, veía en Bizancio un interlocutor prestigioso y útil, tanto en el ámbito diplomático como en el simbólico, pues la correspondencia imperial reforzaba la legitimidad del califa frente al islam oriental.

La carta de Constantino VII a Abderramán III fue un ejemplo magistral del lenguaje simbólico del poder en la Edad Media.

En Bizancio, los colores y los materiales no eran accesorios: expresaban jerarquía y sacralidad.

El púrpura era el color imperial por excelencia, símbolo de la realeza divina;

el oro, metáfora de la luz eterna, representaba la sabiduría y la majestad del soberano.

Escribir a otro monarca en esos materiales era reconocerle una dignidad semejante a la del emperador, un honor raramente concedido.

Para Abderramán III, aquel gesto fue una confirmación del lugar que Córdoba había alcanzado en el mundo. Su corte respondió con una embajada de igual magnificencia, que fue recibida con esplendor en Constantinopla.

El intercambio consolidó una relación diplomática respetuosa, aunque sin alianzas formales, y situó a ambos gobernantes en el centro del tablero político del Mediterráneo.

La carta, más allá de su contenido, simboliza un encuentro entre dos civilizaciones imperiales que compartían un mismo ideal de grandeza y refinamiento.

Tanto en Constantinopla como en Medina Azahara, la arquitectura, la etiqueta cortesana, el lujo de los materiales y la sofisticación de la administración transmitían una idea de orden cósmico y armonía divina.

Ambos imperios eran, en cierto modo, herederos del legado romano, adaptado a su fe respectiva: el cristianismo ortodoxo en Bizancio y el islam en al-Ándalus.

El protocolo bizantino, codificado por el propio Constantino VII en su obra De Ceremoniis, sirvió de inspiración para los rituales califales de Córdoba.

El envío de la carta dorada sobre púrpura puede considerarse el momento cumbre de ese diálogo intercultural, en el que la diplomacia se convertía en una forma de arte y la palabra escrita en un símbolo de poder.

Aunque el documento original se ha perdido, su recuerdo perduró en las cancillerías de Europa.

Siglos más tarde, reyes y emperadores cristianos —como Otón I del Sacro Imperio Romano Germánico— imitaron su formato para dirigirse al papa y a otros soberanos, adoptando el modelo protocolario establecido entre Constantinopla y Córdoba.

La carta de Constantino VII a Abderramán III no fue solo una pieza de correspondencia diplomática: fue un acto fundacional del respeto mutuo entre dos potencias que, pese a sus diferencias religiosas, reconocieron la grandeza del otro.

En su fulgor dorado sobre fondo púrpura brilló por un instante una idea adelantada a su tiempo: la del diálogo entre civilizaciones como vía de legitimidad y convivencia. Soledad Carrasquilla Caballero. sccc.-