Charla entre el Segundo Califa del toreo y El Caballero Audaz

«El público se cansa de aplaudir siempre al mismo artista». Las razones de la retirada de Guerrita
Las declaraciones del segundo Califa del toreo, Rafael Guerra Bejarano «Guerrita», realizadas muchos años después de su retirada al periodista y escritor José María Carretero Novillo, más conocido por el seudónimo de «El Caballero Audaz», constituyen uno de los testimonios más reveladores para comprender las razones que llevaron al genial torero cordobés a abandonar los ruedos cuando todavía se encontraba en la plenitud de su carrera.
La entrevista tuvo lugar en el conocido Club Guerrita, situado en la calle Gondomar de Córdoba, donde el antiguo matador recibía a amigos, aficionados y personalidades de toda España. Sentados tranquilamente mientras degustaban una copa de vino de Montilla, Carretero formuló la pregunta que desde hacía años se hacía todo el mundo taurino:
—¿Por qué se retiró usted en pleno triunfo, lleno de facultades, cuando era indiscutiblemente el máximo prestigio de la tauromaquia?
La respuesta de Guerrita fue tan sincera como reveladora: Es que conmigo pasaba una cosa rara. Como la gente creía que yo era «el amo del toreo», resultaba que de todo lo que pasaba en las plazas me hacían responsable a mí. Hasta cuando los toros eran mansos o defectuosos, Guerrita tenía la culpa y la tomaban conmigo…
Aquellas palabras resumían el enorme peso que suponía ser la primera figura absoluta del toreo español. Desde que tomó la alternativa en Sevilla el 29 de septiembre de 1887, de manos de Rafael Molina “Lagartijo”, Guerrita se convirtió en el referente indiscutible de la tauromaquia. Durante más de una década dominó el escalafón con una autoridad pocas veces igualada, imponiendo un concepto del toreo basado en el conocimiento del toro, la inteligencia, el dominio de los terrenos y una extraordinaria capacidad para resolver cualquier situación en la plaza.
Su supremacía fue tan rotunda que el público y la prensa terminaron atribuyéndole una responsabilidad que iba mucho más allá de su actuación personal. Si una corrida resultaba deslucida, si el ganado era manso o si el espectáculo no alcanzaba las expectativas del público, las críticas recaían inevitablemente sobre quien representaba el máximo exponente del toreo.
Guerrita recordaba especialmente una tarde que marcaría para siempre su carrera: “La cosa llegó a su colmo en la corrida del 16 de abril de 1899, en Madrid, en que Reverte y yo teníamos que matar seis toros de Cámara. ¡Fue una mala sombra! Salieron muy mansos y la corrida era un continuo escándalo. El público, como si yo fuera el ganadero, se metía conmigo de una manera desaforada…”
La corrida, celebrada en la antigua plaza de la carretera de Aragón, reunió a dos de las máximas figuras del momento: Guerrita y Antonio Reverte. Sin embargo, la decepcionante presentación y el mal juego del ganado de la ganadería de Cámara provocaron desde el comienzo un ambiente de creciente hostilidad entre los espectadores.
“El quinto toro era un marrajo asesino que llegó a la muleta defendiéndose, buscando el bulto. Yo lo trasteé para sacarlo de las tablas. Con aquel buey era imposible dar pases de lucimiento y de adorno. Pero el público no quiso entenderlo así y me empezó a tirar naranjas y almohadillas en medio de una bronca infernal.”
El término “marrajo” era utilizado por los toreros para describir a un animal extremadamente peligroso, que había aprendido a defenderse y buscaba directamente el cuerpo del matador. Frente a un toro de semejantes características no cabía el lucimiento artístico, sino únicamente una lidia inteligente encaminada a darle muerte con las mayores garantías posibles.
Sin embargo, el público madrileño, decepcionado por el conjunto del espectáculo, descargó toda su frustración sobre quien consideraba el máximo responsable de la fiesta.
“Me atinaron con un tremendo naranjazo en la espalda y lo injusto de la agresión me descompuso. Tardé en matar y me dieron un aviso.”
Aquella agresión tuvo un profundo efecto moral sobre el torero. No fue únicamente el impacto físico de una naranja lanzada desde los tendidos, sino el sentimiento de haber sido injustamente tratado después de tantos años de éxitos y de entrega absoluta a su profesión.
Ese mismo día comenzó a gestarse una decisión que cambiaría la historia de la tauromaquia.
“Aquel día tomé la resolución de no torear más en la corte y empecé a acariciar la idea de retirarme de los toros cuando cumpliera mis compromisos de aquella temporada.”
Guerrita comprendió entonces que el desgaste del triunfo permanente terminaba por volverse contra quien lo protagonizaba.
“Porque yo pensé que el tomarla conmigo obedecía a que al público le cansa tener que aplaudir siempre al mismo artista.”
Esta reflexión constituye probablemente una de las observaciones más lúcidas jamás realizadas por un torero sobre la psicología del público. Para Guerrita, la afición necesitaba constantemente nuevos ídolos, nuevas rivalidades y nuevas figuras que alimentaran la emoción del espectáculo.
“A la gente le gusta encumbrar un torero y poderlo hundir cuando quiera, apenas le llame la atención otra novedad.”
Durante toda su carrera la prensa y los empresarios intentaron construir rivalidades que enfrentaran al cordobés con las principales figuras del momento. Primero con su propio maestro, Rafael Molina “Lagartijo”; más tarde con Luis Mazzantini; después con Joaquín Navarro “El Espartero”, Antonio Reverte, Antonio Fuentes, Ricardo Torres “Bombita”, Emilio Torres “Bombita Chico”, Emilio Bomba o Antonio de Dios “El Algabeño”. Cada temporada aparecía un nuevo rival destinado, según la crítica, a destronar al “Califa”.
Sin embargo, ninguna de aquellas competencias logró apartarlo del primer puesto.
“Pero conmigo no les valía. Desde que tomé la alternativa no hicieron más que ponerme toreros enfrente e imaginar competencias. Con Lagartijo, al que yo quería y respetaba como a un maestro; con Mazzantini, con el Espartero, con Reverte, con Fuentes, con el Algabeño, con Emilio Bomba… Pero tuve suerte y amor propio y me mantuve siempre en mi puesto.”
Cuando anunció su retirada definitiva, el 1 de octubre de 1899, apenas contaba treinta y siete años. Conservaba intactas sus facultades físicas y seguía siendo la primera figura del toreo. Precisamente por ello, su decisión sorprendió a toda España.
Lejos de tratarse de una retirada motivada por el declive artístico o por la pérdida de condiciones, Guerrita abandonó los ruedos voluntariamente, convencido de que había alcanzado todo cuanto podía conseguir un torero y de que prefería retirarse en la cumbre antes que asistir al inevitable desgaste que acompaña a toda figura pública.
Con el paso del tiempo, aquellas palabras pronunciadas en su club de la calle Gondomar han adquirido un valor que trasciende el ámbito taurino. Constituyen una profunda reflexión sobre la fama, el éxito y la cambiante relación entre los grandes artistas y el público que los encumbra. Más de un siglo después, la frase de Guerrita continúa conservando plena vigencia: «Al público le cansa tener que aplaudir siempre al mismo artista.», Soledad Carrasquilla Caballero. sccc,-
Cuadro de El Guerra pintado por Julio Romero de Torres entre los años 1899 y 1900. Oleo y temple sobre lienzo. Formo parte de los retratos de toreros que pinto el Leonardo cordobés. Se encuentra en e l museo Julio Romero de Torres.