
Los Baños andalusíes de la Pescadería constituyen uno de los testimonios más notables de la Córdoba islámica. Su origen se remonta probablemente a los siglos X-XII, en plena época califal o taifa, cuando los hammām no eran solo espacios de higiene, sino también de convivencia social, descanso y rituales de purificación antes de acudir a la mezquita.
Levantados junto a la Bab al-Hadi —la puerta suroeste de la muralla de la medina, conocida tras la conquista castellana como la Puerta de la Pescadería—, estos baños fueron un punto esencial de la vida cotidiana del barrio. Su uso continuó tras la llegada de los castellanos, ya que en los siglos XIV y XV se documentan reformas de estilo mudéjar, con la incorporación de dos nuevas salas que adaptaban el complejo a los gustos y necesidades del momento.
El conjunto salió a la luz en 1944 gracias a Enrique Romero de Torres, entonces delegado del Servicio de Defensa del Patrimonio Artístico Nacional. Desde entonces, se ha reconocido la importancia de estos restos, que ocupan casi una manzana completa entre las calles Cardenal González y Cara. Esta última recibe su nombre de un antiguo cuadro con el rostro de Cristo que presidía su alzado, recordando la transformación del espacio urbano tras la cristianización de la ciudad.
A la entrada de los baños, una escultura señala hoy la ubicación de este enclave histórico. Aunque todavía esperan una restauración integral que permita conocerlos en todo su esplendor, su valor ha sido protegido legalmente: el 25 de abril de 1954 fueron declarados Bien de Interés Cultural con la categoría de Conjunto Histórico.
En ellos late aún el eco de las conversaciones, abluciones y rituales que durante siglos unieron a generaciones de cordobeses, en la encrucijada entre el legado islámico y el mundo cristiano. Soledad Carrasquilla Caballero. sccc.-
Fotografía de la Alegoría del Baño.
Justo en la puerta de los restos arqueológicos del baño andalusí por la calle la Cara se encuentra una escultura que representa la alegoría del baño; se trata de una joven desnuda de algo más de un metro de altura, sobre un prominente pedestal para su tamaño, que sostiene con los brazos en alto la jofaina arrojando el agua sobre su cabeza.
La Alegoría del Aguan, fue realizada en el año 2000 por la profesora de Bellas Artes Teresa Guerrero, es la única obra en las calles de Córdoba ejecutada por una mujer.
Grabados en su pedestal puede leerse una poesía Ibn Suhayd en castellano y en árabe, que recuerda un momento fugazmente ocurrido en un baño cordobés:
“Maravillado por las bellezas de este baño,
el tiempo ha venido a teñir
las lucernas de su techo
con los rubores el crepúsculo”.
