
La devoción a San Antonio de Padua, nacido Fernando Martins de Bulhões, ha estado profundamente arraigada en Córdoba durante siglos, hasta el punto de que su imagen puede encontrarse en iglesias, conventos, ermitas y numerosas obras de arte repartidas por toda la ciudad y la provincia.
San Antonio, nacido en Lisboa hacia 1195 y fallecido en Padua en 1231, fue uno de los santos más populares de la cristiandad. Su fama como predicador, teólogo y taumaturgo se extendió rápidamente por Europa tras su canonización en 1232. La iconografía que hoy conocemos —el santo sosteniendo al Niño Jesús en sus brazos— procede de la célebre visión ocurrida en Camposampiero, cerca de Padua, cuando el conde Tisso contempló cómo el Niño se aparecía al franciscano rodeado de una intensa luz.
La expansión del culto antoniano en Córdoba estuvo estrechamente vinculada a la presencia de la Orden Franciscana tras la conquista casrellana de la ciudad.
Los franciscanos difundieron rápidamente la devoción al santo portugués. Durante siglos fue invocado como protector de los pobres, abogado de los objetos perdidos y mediador en asuntos amorosos y familiares.
La imagen de San Antonio conservada en la iglesia conventual de San Francisco y San Eulogio, uno de los grandes centros históricos de la espiritualidad franciscana cordobesa. Diversas esculturas barrocas que se encuentran en los conventos de clausura de la ciudad, especialmente en los antiguos conventos franciscanos y clarisos. Imágenes procesionales existentes en numerosas parroquias de la provincia, muchas de ellas realizadas entre los siglos XVII y XVIII. Representaciones pictóricas conservadas en el Museo de Bellas Artes de Córdoba, donde pueden contemplarse obras de temática franciscana relacionadas con la espiritualidad barroca.
Los grandes artistas cordobeses también dedicaron obras al santo. Entre ellos sobresalen los pintores barrocos del círculo de Antonio del Castillo, que difundieron ampliamente la iconografía del santo con el Niño Jesús.
La escena más repetida suele mostrar a San Antonio sosteniendo al Niño mientras contempla extasiado una aparición celestial, rodeado de lirios blancos, símbolo de pureza.
Durante siglos fue costumbre acudir a San Antonio para pedir ayuda en la búsqueda de objetos perdidos. De ahí el conocido dicho.
También existió una arraigada tradición relacionada con los matrimonios. Muchas jóvenes cordobesas acudían a rezar al santo el 13 de junio, día de su festividad, para solicitar encontrar esposo.
En algunos pueblos de la provincia se conservó incluso la costumbre popular de colocar al santo «cabeza abajo» hasta que concediera la gracia solicitada, práctica que la Iglesia nunca aprobó oficialmente pero que forma parte del rico folklore religioso andaluz.
La devoción antoniana también estuvo presente en las históricas Ermitas de Córdoba. Diversos ermitaños conservaron imágenes del santo en sus celdas y capillas particulares, considerándolo modelo de vida ascética y contemplativa.
Su figura encajaba perfectamente con el ideal de retiro espiritual que durante siglos caracterizó a la comunidad eremítica cordobesa de la Sierra Morena.
Pocos santos alcanzaron una popularidad semejante a la de San Antonio. Su imagen con el Niño Jesús, fruto de aquella visión de Camposampiero, se convirtió en uno de los símbolos más reconocibles del arte cristiano.
En Córdoba, donde la tradición franciscana dejó una huella profunda, San Antonio continúa siendo uno de los santos más venerados. Sus imágenes siguen ocupando altares, capillas y hogares, recordando la extraordinaria difusión que alcanzó la figura de aquel humilde fraile portugués cuya fama recorrió toda Europa apenas unos años después de su muerte. Soledad Carrasquilla Caballero. sccc.-

La Virgen de los Plateros, también conocida como Inmaculada con San Antonio y San Eloy. Pintada por Juan de Valdés Leal, que se encuentra en el Museo de Bellas Artes de Córdoba,


La capilla de San Antonio situada en el extremo norte del muro oriental, correspondiente a la ampliación de Almanzor. Merquita Catedral de Córdoba.

San Antonio de Padua y el niño. Pintado por Murillo se e ncjuentra en el Museo de Bellas Artes de Sevilla