[REQ_ERR: COULDNT_RESOLVE_HOST] [KTrafficClient] Something is wrong. Enable debug mode to see the reason. Aliatar – Cosas de Cordoba

Aliatar

Ibrahim Aliatar o Alí-Atar, el legendario alcaide de Loja y la espada que sobrevivió a la batalla de Lucena

El 21 de abril de 1483 se libró una de las batallas más decisivas de la Guerra de Granada. A orillas del río Genil, junto a la ciudad cordobesa de Lucena, el ejército nazarí sufrió una derrota que cambiaría para siempre el destino del reino de Granada. Aquel día murió Ibrahim Aliatar, alcaide de Loja, uno de los más prestigiosos caudillos militares nazaríes y padre de Morayma, esposa de Boabdil.

Con la caída de Aliatar y el cautiverio del joven sultán nazarí, el equilibrio político del reino quedó profundamente alterado. La derrota abrió una crisis que aceleró la descomposición interna del último Estado andalusí de la Península y facilitó el avance definitivo de los Reyes Católicos hacia Granada.

Las crónicas castellanas y musulmanas coinciden en presentar a Ibrahim Aliatar como uno de los más experimentados capitanes del reino nazarí. Era alcaide de Loja, una de las plazas fronterizas más importantes de Granada, cuya defensa resultaba esencial para contener el avance castellano.

Además de su prestigio militar, Aliatar ocupaba una posición destacada dentro de la corte nazarí. Su hija Morayma contrajo matrimonio con Muley Abu Abd Allah, el príncipe que la historia conocería como Boabdil, convirtiéndose así en la última reina de Granada.

La relación entre Aliatar y Boabdil fue mucho más que un vínculo familiar. Cuando el joven príncipe inició la lucha por el trono frente a su padre, Muley Hacén, Aliatar fue uno de sus más firmes apoyos. Su experiencia militar y su prestigio entre la nobleza nazarí resultaron decisivos durante aquellos años de guerras civiles que debilitaron gravemente al reino.

En la primavera de 1483, Boabdil decidió lanzar una expedición contra Lucena con la esperanza de obtener una gran victoria que consolidara su autoridad.

Las tropas nazaríes penetraron en territorio castellano, pero la reacción fue inmediata. Las fuerzas dirigidas por Diego Fernández de Córdoba, alcaide de los Donceles, junto con el conde de Cabra, consiguieron envolver al ejército granadino.

Boabdil fue hecho prisionero, mientras Aliatar combatía hasta el final. Según las crónicas, el veterano caudillo murió luchando con extraordinario valor. Algunas versiones sostienen que cayó en pleno combate; otras afirman que fue alcanzado durante la retirada hacia Loja. En cualquier caso, su muerte simbolizó el final de una generación de guerreros nazaríes que habían defendido durante décadas la frontera granadina.

Entre los objetos que la tradición ha vinculado a la batalla de Lucena destaca la espada atribuida a Ibrahim Aliatar.

Más allá de su extraordinario valor artístico, constituye uno de los testimonios materiales más importantes conservados de la nobleza nazarí del siglo XV. Ricamente decorada con oro, marfil y metales preciosos, refleja el refinamiento alcanzado por los artesanos granadinos en los últimos años de al-Ándalus.

La tradición cuenta que, tras la batalla, un soldado recogió la espada del campo donde había caído su dueño y la entregó al Monasterio de San Jerónimo de Valparaíso, en Córdoba. Allí permaneció custodiada durante cerca de cuatro siglos.

A mediados del siglo XIX fue trasladada al Museo del Ejército, donde volvió a reunirse simbólicamente con otras piezas atribuidas a Boabdil, entre ellas parte de su armamento y algunos objetos personales conservados tras su captura.

Más de cinco siglos después, la espada continúa siendo uno de los grandes símbolos de aquella jornada que cambió la historia de Granada.

Quisiera pensar que aquella mañana del 21 de abril de 1483 la espada de Ibrahim Aliatar contemplaba silenciosa el campo de batalla.

Su hoja, brillante bajo el sol de primavera, reflejaba las innumerables campañas compartidas con su dueño. Habían recorrido juntos los caminos de la frontera, defendido fortalezas, atravesado desfiladeros y cabalgado una y otra vez contra las huestes castellanas. Conocían el estruendo de la guerra, el polvo de los caminos y el olor del acero.

Cuando Boabdil pidió a su suegro que lo acompañara en la expedición contra Lucena, Aliatar no dudó un instante. Como siempre, respondió afirmativamente.

La espada vio avanzar a su señor entre el estrépito de lanzas y estandartes. Lo vio combatir con el valor que le había dado fama en toda Granada. Lo vio caer atravesado por el acero enemigo mientras, no muy lejos, Boabdil era rodeado y hecho prisionero por las tropas castellanas.

La espada quedó clavada en la tierra, junto a las aguas del Genil, como si todavía esperara la mano que jamás volvería a empuñarla.

Dicen las viejas leyendas que el río recogió las lágrimas del acero. Que un soldado, impresionado por aquella magnífica arma abandonada sobre el campo de batalla, decidió salvarla del olvido y llevarla consigo hasta Córdoba.

Allí permaneció durante siglos, custodiada entre los muros del monasterio de San Jerónimo de Valparaíso, mientras desaparecían reyes, imperios y dinastías. Más tarde encontró nuevo refugio en el Museo del Ejército.

Hoy, más de cinco siglos después de la muerte de Ibrahim Aliatar, su espada continúa brillando con la misma elegancia con la que un día salió de los talleres nazaríes. El oro, el marfil y los metales preciosos que la adornan siguen recordándonos que perteneció a uno de los últimos grandes caballeros de Granada.

Porque, a veces, cuando los hombres desaparecen, son sus armas las que terminan contando su historia. Soledad Carrasquilla Caballero. sccc.-

El monumento Aliatar. Plaza de la Alcazaba de Loja

Espala jineta de Aliatar. Museo del ejercito

Reproducción de la espada de Aliatar

Firma de Aliatar

Alcázar de Loja donde vivió Aliatar

Batalla de Lucena, sillería del coro Catedral de Ganada