
Escultura de Abderramán II realizada por José Carrilero Gil en el 2008. Esta erigida en Murcia, ciudad que fundó en el año 825 con el nombre de Madina Mursiya. Se encuentra ubicada en la Pl. de la Cruz Roja (antes estaba en la Glorieta)
El 25 de mayo del año 822, Abū l-Mutarraf `Abd ar-Raḥmān ibn al-Ḥakam, más conocido como ʿAbd al-Raḥmān II, fue proclamado cuarto emir omeya de Córdoba, título que ostentaría durante tres décadas, hasta su fallecimiento el 22 de septiembre del 852, en la capital del emirato. Su reinado marcó una de las etapas más brillantes de Al-Ándalus, caracterizada por el esplendor cultural, el fortalecimiento del poder central y una notable estabilidad interna.
Nacido en Toledo en octubre o noviembre del año 792, era hijo de al-Ḥakam I, de quien heredó no solo el trono, sino también una visión política basada en la consolidación del Estado. A los 30 años, con una formación exquisita en letras, ciencias y administración, y una valiosa experiencia previa como gobernador de la Marca Superior, ʿAbd al-Raḥmān II estaba preparado para asumir las riendas del emirato.
Su figura fue la de un príncipe culto, justo y refinado, con especial sensibilidad por el arte, la música y las letras. Promovió activamente la llegada de sabios y poetas a Córdoba y patrocinó el desarrollo de la cultura andalusí. Su corte se convirtió en un centro de atracción para intelectuales de todo el mundo islámico, incluidos músicos persas, médicos judíos, astrónomos orientales y poetas hispanoárabes.
El clérigo Eulogio de Córdoba, quien a pesar de su fe cristiana reconocía el esplendor del emirato, escribió en su Memoriale Sanctorum:
“ʿAbd al-Raḥmān II engrandeció y colmó de riquezas a la ciudad de Córdoba, superando a los emires anteriores en el esplendor de su corte.” Y añadía:“Córdoba, en otro tiempo Patricia, es hoy bajo las riendas del emir la floreciente capital del reino andalusí, exaltada hasta la cumbre misma de la gloria. La ha sublimado con honores y ha extendido su fama por doquier, la ha enriquecido sobremanera y la ha convertido en un paraíso terrenal.”
Durante su reinado se emprendieron importantes obras públicas, como la ampliación de la Mezquita aljama, la mejora de caminos, puentes y sistemas hidráulicos, así como la fundación de nuevas ciudades. También organizó un ejército permanente y profesional, lo que le permitió contener las rebeliones internas y repeler con éxito las incursiones normandas y francas.
ʿAbd al-Raḥmān II no fue solo un mecenas, sino también un astuto político y diplomático. Mantuvo correspondencia con Carlomagno y otros monarcas cristianos, y envió embajadas a Constantinopla y Bagdad. Su legado perduró como uno de los pilares del califato que, apenas unas décadas después, se instauraría con su nieto, ʿAbd al-Raḥmān III.
El día 22 de septiembre del año 852, muere el emir Abderraman II. Se enterró en jueves en la rauda del Alcázar califal de Córdoba. Cerca de su tumba estaban sepultados sus hermanos, al-Mugira y Umaya. Rezó la oración fúnebre su hijo, el emir Muhammad. ‘Abd al-Rahmán. Su reinado fue de treinta y un años, tres meses y seis días. Murió a la edad de sesenta y dos años.
Sobre la enfermedad y la muerte del emir ‘Abd al-Rahmán II se escribió:
Se aisló el emir ‘Abd al-Rahman ben al-Hakam de la gente antes de su muerte por un período de tres años a causa de la enfermedad que le que le afectó largo tiempo. La fiebre se avivó, arruinó su cuerpo y debilitó su persona; llevó la melancolía a su ánimo y acentuó su tristeza de tal modo que alteró el período de su reinado.
Dijo el emir un día al mayor de sus servidores, cuando ya le afectaba su enfermedad. Y con los servidores estaba Sa’dun, jefe («za’¡m») de ellos, el cual había sustituido a Nasr después de su muerte. Le dijo: ¡Oh, hijos míos! y en esto les hablaba con cariño en la intimidad-. Cada vez veo menos de cerca como de lejos, y, por otro lado, tengo prohibida por mi enfermedad la salida hacia el campo. Antes me distraía subiendo a la atalaya y contemplando desde allí el paisaje, pero ahora mi cuerpo está débil y por eso pregunto si esto no tendrá remedio. Entonces le respondieron: «Sí lo tiene, nuestro señor.» Acudió inmediatamente el jefe de los sirvientes para cumplimentar su deseo. Y tomaron un sillón de caña de bambú y colocaron al Jalifa cómodamente sobre un cojín blando de plumas y lo sentaron. Sus sirvientes se lo colgaron al cuello. De este modo subieron hacia la «‘illyya» por su cuerpo central, el cual era de las construcciones que erigió el emir sobre la Bab al-Yinan (Puerta de los jardines), una de las puertas meridionales del Alcázar. Luego el descenso lo harían de la misma forma. Y se ayudaron en aquel paso transportando al emir por las revueltas de la escalera de caracol. Se paraban en el descenso cada vez que quería el emir, evitando así que se fatigase.
Colocaron el cuerpo del emir ‘Abd al-Rahmán sobre aquel colchón, lo aseguraron por todos los lados para evitar que se cayese y lo subieron lentamente hasta que llegaron a la parte más alta de la ‘illyya, sentándole en la parte delantera de ella, aproximándole hacia la puerta central de la misma. Se alzaba sobre la parte delantera de la sahra Emoticono smile desierto) del arrabal que hay delante de la puerta del Alcázar y se explayó con su mirada en ella. Contempló las colinas de la campiña y delante el río, por donde los barcos subían y bajaban.
Se ensanchó su espíritu y se alegró su corazón. Por ello dio las gracias a sus servidores y les dijo: «¡Oh mis hijos! Tratadme familiarmente con vuestro lenguaje, dejadme disfrutar de vuestra conversación y seguir hablando entre vosotros como cuando estáis solos, como cuando estabais preocupados por los sufrimientos cuidándome de mi enfermedad.»
Así lo hicieron con amabilidad, por lo que el emir gozó con ello.
Pasaron la mayor parte del día en esta ‘illyya y cuando se venía la noche encima lo trasladaron a su habitación. Pero mientras le preparaban para esto el emir seguía absorto con su mirada en el desierto («sahrố) del arrabal (Campo de la Verdad de hoy). Entonces observó un rebaño que allí pastaba, pero no veía el pastor que guardaba las ovejas y entonces dijo: «¡Oh mis hijos! ¿Cómo es que este ganado está suelto y no le guarda nadie?» Sus sirvientes, tras reflexionar un momento, le respondieron: «¡Oh, nuestro señor!, allí está el pastor que lo conduce, sobre un lado de la sahra’, descansando, frente al huerto de Tarub.» Gozó largamente en su descenso y mientras dijo: «¡Oh!» Luego fijó la vista en el ganado y empezó a llorar de tal modo que sus lágrimas humedecieron su barba, mientras decía: «Yo quisiera, por Dios, ¡ocupar el lugar de aquel pastor y no estar sujeto a la esclavitud del mundo ni de las cosas de la gente!» Luego pidió perdón a Dios repetidas veces y oró. Luego le bajaron a su cama y no tendría otro día semejante a éste en lo que quedaría de vida.
Refirió Ahmad, hijo del emir Muhammad ‘Abd al-Rahmán, lo siguiente: Contrajo la enfermedad mi abuelo, el emir ‘Abd al-Rahmán, la cual le ocasionaría la muerte. Su prolongación le agotó físicamente. Se prolongó mucho tiempo con episodios de mejoría y agravamiento, debilitándose progresivamente a pesar de los frecuentes tratamientos que recibió por los esfuerzos de los médicos con múltiples medicamentos. Soledad Carrasquilla Caballero. sccc.-

DírhamAbderramán II.
Abderramán II fue también un reformador económico. Fue el primer omeya que acuñó moneda en Córdoba bajo su propio nombre, dando un paso decisivo en la consolidación económica y simbólica del poder omeya en al-Ándalus. Hasta entonces, los dírhams (plata) y dinares (oro) usados en la península procedían en gran medida del mundo islámico oriental. Abderramán II estableció en Córdoba la primera ceca oficial, una casa de moneda propia donde se grababan piezas con la inscripción “Al-Andalus”, y que más adelante se identificaría inequívocamente con la capital omeya, Córdoba. Estos dírhams cordobeses, acuñados anualmente a lo largo de su reinado, mostraban la creciente autonomía económica de al-Ándalus frente al califato abasí de Bagdad. La ceca de Córdoba estaba ubicada, según las crónicas, junto a la Puerta de los Especieros —también conocida como Puerta de Sevilla primitiva—, muy cerca de donde hoy se cruzan el Campo Santo de los Mártires y la calle San Basilio, y a escasos pasos de los Baños Califales, símbolo de la sofisticación urbana de la ciudad.

Sello de Correos español que representa a Abderramán II, Fue emitido en 1986 por Correos y Telégrafos e imprimido en la Fábrica Nacional de Moneda y Timbre.