[REQ_ERR: SSL] [KTrafficClient] Something is wrong. Enable debug mode to see the reason. Aparición de la Virgen de la Concepción. – Cosas de Cordoba

Aparición de la Virgen de la Concepción.

El 9 de abril de 1683 constituye una fecha significativa en la historia devocional local, al celebrarse el traslado en solemne procesión de la Virgen de la Concepción desde la Catedral hasta una pequeña ermita levantada expresamente para su culto. Este modesto templo había sido mandado construir por Diego Giménez, gracias al patrocinio económico del conde de Valdelasgranas, con un único y claro propósito: ofrecer digno resguardo a una imagen cuya aparición fue considerada desde el primer momento como prodigiosa.

El origen de esta devoción se remonta a un suceso cargado de elementos casi legendarios. Un albañil, Diego de la Rocha, se encontraba trabajando en la reparación de una humilde vivienda adosada al convento de Santa Clara cuando, al retirar parte de un tabique, percibió una extraña luminosidad que emanaba del interior del muro. Intrigado, decidió derribarlo, descubriendo entre los restos una imagen de la Virgen dispuesta en una pequeña hornacina, acompañada por dos faroles encendidos. Según la tradición, en el mismo instante en que la talla fue expuesta a la luz, las lámparas se apagaron súbitamente, como si su función hubiera concluido tras siglos de silenciosa custodia.

La noticia del hallazgo se propagó con rapidez, alimentando la creencia de que aquella imagen había permanecido oculta durante largo tiempo, aguardando el momento de su redescubrimiento. A este relato se sumó otro episodio considerado milagroso: durante una procesión del Santísimo Sacramento, uno de los faroles asociados a la imagen se encendió por sí solo, comenzando a derramar aceite en abundancia. Los vecinos acudieron de inmediato a recoger aquel líquido, al que pronto se le atribuyeron propiedades curativas. La tradición popular sostiene que muchos enfermos sanaron tras su uso, lo que consolidó aún más la fama milagrosa de la Virgen.

No obstante, el hallazgo también dio lugar a un conflicto de propiedad. Las religiosas del convento de Santa Clara reclamaron la imagen —o, según algunas versiones, el cuadro— alegando su aparición dentro de los muros vinculados al convento. Por su parte, los propietarios de la vivienda donde fue descubierta defendieron sus derechos sobre la misma, lo que obligó a dirimir la cuestión por vía judicial, reflejando cómo incluso los acontecimientos considerados sobrenaturales no escapaban a las disputas legales de la época.

Aunque la devoción a la Virgen de la Concepción se remonta a finales del siglo XVII, la ermita que hoy se conoce no fue construida hasta 1750. Se trataba de un edificio de reducidas dimensiones —apenas 26 metros cuadrados— pero de gran intensidad espiritual. Su pequeño tamaño hacía que, al abrirse sus puertas, el altar quedara prácticamente al alcance de los fieles. En días de celebración, la afluencia obligaba a muchos devotos a seguir los oficios desde el exterior, lo que no disminuía en absoluto el fervor ni la participación popular.

La ermita fue desacralizada en el siglo XIX, en un contexto general de transformaciones políticas y religiosas. A pesar de ello, la imagen permaneció en su interior hasta comienzos de la década de 1970, momento a partir del cual se pierde su rastro, añadiendo un nuevo elemento de misterio a su ya singular historia.

Desde el punto de vista arquitectónico, el edificio, aunque pequeño y discreto, presenta rasgos de cierta elegancia barroca. Su fachada se organiza en torno a un arco de medio punto con clave destacada mediante ménsula, enmarcado por un dintel coronado con frontón partido y óculo central. Sobre este conjunto se alza una sencilla espadaña, hoy sin campana, que completa la composición. En el interior, las paredes fueron decoradas con pinturas que imitaban mármoles policromos, un recurso habitual para ennoblecer espacios humildes. Estos elementos permanecieron ocultos durante décadas, hasta que una restauración llevada a cabo a comienzos del siglo XXI permitió recuperar los colores originales, devolviendo a la ermita parte del esplendor que debió tener en su época de mayor devoción. Soledad Carrasquilla Caballero. Sccc.-