
El 7 de marzo de 1820, Córdoba vivió una jornada cargada de entusiasmo político y simbolismo histórico con la llegada del general Rafael del Riego. Procedente de Andalucía occidental, Riego entró en la ciudad acompañado por más de trescientos militares, tras haber proclamado semanas antes, el 1 de enero de 1820 en Cabezas de San Juan (Sevilla), la restauración de la Constitución de 1812, derogada por Fernando VII a su regreso del exilio.
La recepción popular fue apoteósica. Los cordobeses, conscientes de la trascendencia del momento, salieron a las calles para aclamar al general y a sus tropas al grito del Himno de Riego, cuyos acordes resonaron en plazas y callejas como expresión del anhelo de libertad y del rechazo al absolutismo. Aquella bienvenida no fue solo un acto de apoyo a un militar sublevado, sino una afirmación colectiva del constitucionalismo, que marcó el inicio del llamado Trienio Liberal.
Tras la Guerra de la Independencia y la promulgación de la Constitución de Cádiz en 1812, Fernando VII regresó a España en 1814 y, apoyado por sectores absolutistas, abolió la Constitución y restauró un régimen autoritario. Este giro provocó una profunda frustración entre amplios sectores del ejército, la burguesía y las clases urbanas, que habían combatido bajo la bandera del liberalismo.
En este clima de tensión política, económica y social, Rafael del Riego encabezó un pronunciamiento militar que buscaba obligar al rey a jurar nuevamente la Constitución. El movimiento contó con el respaldo de otros oficiales liberales y con el apoyo de la población civil en numerosas ciudades, como Córdoba, donde la causa constitucional encontró un terreno favorable.
El recorrido de Riego por Andalucía, conocido como su «paseo militar», formaba parte de una estrategia destinada a extender la insurrección y ganar adhesiones entre las tropas acantonadas en el sur. Muchos de estos soldados, concentrados en Cádiz, se resistían a ser enviados a América para sofocar los procesos independentistas de las colonias. El pronunciamiento ofrecía, además, una salida política a su descontento y canalizaba el malestar generalizado.
Córdoba se convirtió en una de las ciudades clave del itinerario de Riego, no solo por su importancia estratégica, sino por la respuesta popular que confirmó la viabilidad del movimiento. La ciudad, como otras muchas del país, se sumó a la ola constitucional que se extendía imparable.
Ante la expansión de la insurrección y la imposibilidad de sofocarla por la fuerza, Fernando VII se vio obligado el 7 de mayo de 1820 a jurar la Constitución de 1812, aunque lo hizo de manera forzada y sin convicción. Comenzaba así el Trienio Liberal, un periodo de profundas reformas políticas y sociales que intentaron modernizar el Estado, limitar el poder real y sentar las bases de un régimen constitucional.
Durante estos tres años se restablecieron las libertades de imprenta, se reorganizó la administración, se impulsaron reformas educativas y se trató de reducir el poder de la Iglesia y la nobleza. Sin embargo, el régimen liberal se vio constantemente amenazado por conspiraciones absolutistas y por la oposición de las potencias europeas.
El experimento liberal llegó a su fin en 1823, cuando la Santa Alianza autorizó la intervención de un ejército francés, los Cien Mil Hijos de San Luis, que entraron en España para restaurar el absolutismo. Tras la derrota de los liberales, Rafael del Riego fue capturado, juzgado sumariamente y condenado a muerte.
El 7 de noviembre de 1823, Riego fue ejecutado en la Plaza de la Cebada de Madrid. Su muerte fue especialmente cruel: su cuerpo fue descuartizado y sus restos enviados a distintas ciudades, como advertencia a quienes osaran desafiar el poder absoluto del monarca. Aquella ejecución simbolizó el fin violento de las esperanzas constitucionales y el inicio de una dura represión.
Pese a su derrota, la figura de Rafael del Riego y el himno que lleva su nombre se convirtieron en símbolos perdurables de la lucha por la libertad. El Himno de Riego fue adoptado como himno nacional en varios momentos clave de la historia de España: durante el propio Trienio Liberal, en la Primera República y, de forma definitiva, durante la Segunda República.
Su letra y melodía, asociadas al sacrificio y al ideal constitucional, continuaron inspirando a generaciones de demócratas. En Córdoba, como en muchas otras ciudades, la jornada del 7 de marzo de 1820 quedó grabada en la memoria colectiva como un día de esperanza, en el que el pueblo creyó posible un futuro basado en la libertad, la ley y la soberanía nacional. Soledad Carrasquilla Caballero. sccc.-