
Rafael Bejarano y Pino, banderillero cordobés que entregó su vida en el ruedo, ha quedado como símbolo del sacrificio inherente al arte del toreo, especialmente en una época en la que el riesgo era constante y la protección médica prácticamente inexistente. Nacido en Córdoba el 29 de noviembre de 1813, Rafael no solo heredó la tradición taurina de su padre, el matador José Bejarano, «el Secujo», sino que encarnó un papel esencial dentro de la compleja dinámica de las cuadrillas taurinas del siglo XIX.
Su vida y su muerte en Almagro, ocurrida el 26 de agosto de 1849, cuando contaba apenas 36 años, ilustran con crudeza la realidad de la profesión taurina en aquella centuria. Durante una corrida fue cogido por el toro Brillante, de la ganadería de Rafael José Barbero, sufriendo dos graves cornadas: una en la pierna derecha y otra, mucho más severa, en el abdomen. A pesar de recibir atención inmediata en la enfermería de la plaza y de ser trasladado posteriormente a su alojamiento, no logró superar la peritonitis derivada de la herida abdominal, falleciendo al día siguiente. La rapidez de su muerte, tan característica de la época, pone de relieve la fragilidad de la vida de los toreros y la precariedad de los medios médicos disponibles. Fue enterrado casi de inmediato, en un desenlace tan habitual como trágico.
La figura de Rafael Bejarano se inscribe en una tradición familiar profundamente vinculada a la tauromaquia. Su padre, José Bejarano «el Secujo», fue un matador que dejó huella en los ruedos, y Rafael creció inmerso en ese ambiente taurino desde muy joven. Su formación se forjó en un mundo que exigía no solo técnica y valor, sino una entrega constante y una aceptación casi fatalista del riesgo.
El legado de los Bejarano forma parte de una larga estirpe de toreros que protagonizaron la llamada «época dorada» del toreo romántico. Rafael, como muchos de sus contemporáneos, desarrolló su carrera en un tiempo marcado por condiciones de vida duras, una exposición permanente al peligro y un profundo desconocimiento de las medidas sanitarias. La medicina de la época carecía de los recursos necesarios para tratar con garantías las lesiones graves sufridas en el ruedo, de modo que una cogida podía resultar mortal, como sucedió en su caso.
El siglo XIX fue decisivo para la consolidación de la tauromaquia como espectáculo moderno. Durante estas décadas se produjo una progresiva formalización del festejo: las plazas de toros pasaron a ser recintos permanentes, sustituyendo a los espacios improvisados, lo que permitió una mayor organización del público y una estructuración más clara de las funciones dentro del espectáculo.
Este proceso impulsó la profesionalización de los toreros y otorgó a los banderilleros, como Bejarano, un papel cada vez más relevante dentro de las cuadrillas. La colocación de las banderillas dejó de ser únicamente un acto de arrojo para convertirse también en una manifestación artística, un momento de tensión y belleza dentro de la lidia. El banderillero debía combinar técnica, rapidez y precisión, estableciendo una compleja relación con el toro. La destreza de Rafael Bejarano en este cometido le permitió hacerse un nombre y ocupar un lugar destacado en cuadrillas de prestigio.
En este contexto, la cuadrilla del matador Antonio Luque, Camará I, de la que Bejarano formaba parte, representó uno de los mejores ejemplos de esa profesionalización. Luque fue una figura respetada en su tiempo, y su cuadrilla gozaba de notable reputación. Gracias a ello, Bejarano alcanzó la visibilidad necesaria para debutar en la Plaza de Toros de Madrid el 24 de abril de 1848, en una corrida histórica con toros de las ganaderías del marqués de Casa Gaviria y de Manuel García-Aleas, en la que actuaron figuras tan relevantes como Francisco Arjona Herrera, Cúchares, Julián Casas, el Salamanquino, y el propio Camará.
La muerte de Rafael Bejarano pone de relieve uno de los rasgos fundamentales de la tauromaquia decimonónica: el peligro inherente a la profesión. Los toreros no solo se enfrentaban al animal, sino que lo hacían en condiciones de extrema precariedad, sin garantías de seguridad ni protocolos médicos eficaces. Las cornadas graves eran frecuentes y, en muchos casos, fatales.
El concepto de seguridad, tal y como hoy se entiende en el toreo, era inexistente en el siglo XIX. No había trajes protectores, ni técnicas quirúrgicas avanzadas, ni medidas de prevención eficaces. Las heridas abiertas solían derivar en infecciones mortales, y la peritonitis, como la que acabó con la vida de Bejarano, era una consecuencia habitual.
La muerte prematura de Rafael Bejarano, pese a su prometedora trayectoria como banderillero, pasó casi desapercibida para el gran público de su tiempo. Sin embargo, su historia representa la de tantos toreros anónimos cuyo sacrificio contribuyó decisivamente a la configuración de la tauromaquia moderna. Hoy, más de un siglo después, Bejarano encarna el espíritu de aquellos hombres que, con valor y entrega, cimentaron una de las tradiciones culturales más emblemáticas de España, pagando en muchos casos el precio más alto: la propia vida. Soledad Carrasquilla Caballero. sccc.-
Cuadro titulado La muerte del torero. Obra del andaluz nacido en Nerva, Daniel Vázquez Díaz. Oleo sobre lienzo de realizado en el año 1912. Pintura depositada en el Museo de Huelva. procedente de la ordenación de fondos del Museo Español de Arte Contemporáneo.