
Fotografía del arco 16 del primer puente que tuvo Córdoba desde el siglo -1 hasta 20 siglos después (1953) que se construyó el segundo sobre el Guadalquivir a su paso por Córdoba.
Poco después de la llegada de los árabes a Córdoba, a comienzos del siglo VIII, los walíes de al-Ándalus decidieron reparar los caminos de acceso a la ciudad aprovechando la antigua infraestructura romana. El objetivo era recuperar la posición estratégica y comercial de la Córdoba imperial, que había caído en decadencia durante los años visigodos. En un período de unos doscientos setenta años (del 719 al 989), se documentan hasta veinte intervenciones urbanísticas, entre ellas tres sobre el puente romano, convertido en emblema de la Córdoba andalusi y símbolo patrimonial que aún perdura en el siglo XXI.
Según relata el Ajbar maymua (una de las fuentes más importantes sobre la llegada de los árabes a la península Ibérica), el walí al-Jawn ibn Malik al-Khawlani —también citado como al-Sahm ibn Malik al-Jawlani— recibió del califa de Damasco, Umar II, la orden de rehacer las vías de comunicación de Córdoba. Entre ellas se encontraba la restauración del puente romano, que por aquel entonces se hallaba en tal estado de deterioro que impedía el tránsito de personas y animales hacia la otra orilla del Guadalquivir.
Las primeras obras de reparación consistieron en reforzarlo con piedras tomadas del propio lecho del río, empleando sillares trabados con mortero y cal. El puente, originalmente sin pavimentar, quedó además conectado con una galería elevada (saqaif), a modo de acueducto, por la que discurría agua potable. Según García Gómez, esta construcción podría relacionarse con un pasaje de Álvaro de Córdoba en la Vida de San Eulogio, donde se narra que un guardia del alcázar descubrió el cadáver del mártir en el Guadalquivir cuando, de noche, se acercó a beber de un canal elevado que allí discurría.
Ya en época del emirato independiente, bajo el mandato de Hisham I, se emprendió una nueva reparación del puente con importantes recursos. Sin embargo, la población consideraba que “lo recaudado era para el entretenimiento del emir en la caza y el recreo”, lo que da a entender que la obra pudo no ser vista como prioritaria. Quizá la necesidad no parecía tan apremiante porque el puente no se hallaba gravemente dañado; solo se menciona una crecida del río en el año 779, aunque desconocemos su intensidad y los posibles destrozos que ocasionó.
La intervención más relevante, sin embargo, volvería a tener al puente como protagonista, ya rehabilitado en dos ocasiones anteriores por los andalusíes, consolidándose así como el eje fundamental de la vida urbana y las comunicaciones de Córdoba. Soledad Carrasquilla Caballero. sccc.-