[REQ_ERR: SSL] [KTrafficClient] Something is wrong. Enable debug mode to see the reason. Pogromo o conversiones forzadas – Cosas de Cordoba

Pogromo o conversiones forzadas

El pogromo de 1391: la gran revuelta antijudía en la Península Ibérica

El 6 de junio de 1391, en plena primavera, se desató en Sevilla un episodio de violencia masiva contra la población judía que marcaría un antes y un después en la historia de las comunidades hebreas de la península ibérica. Esta gran revuelta, considerada por la historiografía como el primer gran pogromo hispano, coincidió con el año 5151 del calendario hebreo y acabaría por extenderse con rapidez por gran parte del territorio de las coronas de Castilla y Aragón, así como en el Reino de Navarra.

La revuelta no surgió de la nada. Desde hacía más de medio siglo Europa vivía sacudida por los efectos devastadores de la peste negra de 1348, que diezmó entre un tercio y la mitad de la población europea. Este colapso demográfico generó un clima de ansiedad, superstición y resentimiento. La búsqueda de culpables condujo a acusaciones irracionales contra los judíos, a quienes se les responsabilizó de envenenar los pozos para propagar la peste o de atraer la ira de Dios sobre la cristiandad por su sola presencia. Estas ideas —profundamente enraizadas en el antisemitismo medieval— encontraron eco entre un pueblo empobrecido, azotado por las crisis económicas, el hambre, la inseguridad y el resentimiento acumulado hacia una minoría muchas veces identificada como adinerada, protegida por el poder y ajena a los sufrimientos del común.

A estos factores se sumaron motivaciones más concretas. La Corona de Castilla, en particular, vivía un periodo de inestabilidad tras la muerte del rey Juan I en 1390 y la subida al trono de su hijo Enrique III, aún menor de edad. En ese vacío de poder, con una monarquía debilitada, las autoridades locales quedaron a menudo sin control y sin capacidad para frenar la violencia que comenzaba a expandirse. La figura del arcediano de Écija, Ferrán Martínez, predicador fanático y antijudío, fue clave en la agitación sevillana: desde los púlpitos incitó durante años al odio contra los judíos, desobedeciendo incluso las órdenes reales que pretendían protegerlos.

El estallido en Sevilla el 6 de junio fue brutal. La judería fue asaltada, sus casas saqueadas, sus habitantes asesinados o bautizados a la fuerza. El contagio de la violencia fue inmediato: Córdoba, Jaén, Toledo, Cuenca, Burgos, Valencia, Mallorca, Barcelona… ciudades enteras vieron cómo sus aljamas eran destruidas, sus sinagogas profanadas, sus libros sagrados quemados y sus miembros perseguidos sin tregua. Se calcula que murieron decenas de miles de personas y que otros tantos se vieron forzados a convertirse al cristianismo para salvar la vida.

Aquellos conversos, conocidos en adelante como cristianos nuevos, ocuparon desde entonces una posición social ambigua y precaria: formalmente cristianos, pero sospechosos para la mayoría por su origen hebreo. Muchos mantuvieron en secreto sus costumbres y creencias, lo que dio lugar al fenómeno del criptojudaísmo, que más tarde sería uno de los pretextos de la Inquisición para perseguirlos y purgar la sociedad de lo que se consideraba una herejía.

El pogromo de 1391 supuso una fractura definitiva en la convivencia que, con altibajos, había perdurado durante siglos en la península entre judíos, musulmanes y cristianos. La edad de oro de la cultura judía en Sefarad tocaba a su fin. A partir de entonces, la historia de los judíos hispanos se vería marcada por la sospecha, la vigilancia y, finalmente, por la expulsión decretada en 1492 por los Reyes Católicos.

Aquella revuelta no fue un simple brote de violencia popular. Fue el resultado de una crisis multidimensional —demográfica, económica, religiosa y política— que canalizó sus tensiones sobre una minoría convertida en chivo expiatorio. Y dejó una huella indeleble en la historia de España y del pueblo judío, cuyas consecuencias se arrastrarían durante siglos. Soledad Carrasquilla Caballero. sccc.-