
Escultura de Abderramán I en Almuñécar.
Del Éufrates al Guadalquivir Abd al-Rahman, El Emigrado, El Justo, El Fugitivo, el Poeta emir Omeya de Córdoba, el único descendiente de una estirpe, que sobrevivió, el que supo plantar en esta «tierra prometida», un esqueje más fructifico que la palmera de Aruzafa
En el año 731 (111 de la hégira) nació Abderramán I en Dayr Hamina, una localidad cercana a Bagdad, en la región de Siria. Era miembro de la dinastía omeya, que en ese momento había sido derrocada por la revolución abasí, lo que obligó a muchos de sus integrantes a huir o perecer. Abderramán logró escapar a través de una arriesgada travesía por Palestina, Egipto y el Magreb, hasta llegar a al-Ándalus. Allí, en el año 756, se proclamó emir independiente, estableciendo así el Emirato de Córdoba, aunque sin asumir el título de califa, que se reservaba a los líderes religiosos supremos del islam.
Fue el primer gobernante que logró consolidar un poder verdaderamente autónomo en al-Ándalus, separando políticamente esta región del califato abasí de Bagdad. Fundó la dinastía omeya cordobesa, que gobernaría durante casi tres siglos. Murió el 30 de septiembre del año 788 (172 de la hégira) en Córdoba, capital del emirato que él mismo había fundado y fortalecido frente a las constantes amenazas internas —tribales, políticas y religiosas—. Su verdadero nombre era Abū al-Muṭarrif ʿAbd al-Raḥmān ibn Muʿāwiya al-Dākhil, apodado al-Dākhil («el Inmigrado») por su llegada desde Oriente.
Pero Abderramán I no fue solo un hombre de acción; también fue un hombre sensible, profundamente marcado por el exilio, el desarraigo y la nostalgia. Estos sentimientos se expresan con notable belleza en su obra poética, donde se combinan la herencia de la poesía árabe clásica con una melancolía muy personal. Uno de sus poemas más conocidos está dedicado a una palmera que había hecho plantar en el jardín de su palacio cordobés. Esta palmera, solitaria y foránea como él, se convirtió en un símbolo de su propia vida. Este poema, breve pero intenso, revela el modo en que Abderramán proyectaba en la naturaleza sus emociones más íntimas. En él se funden la soledad del exilio y la afirmación de una identidad resistente, orgullosa. Es también testimonio de cómo la cultura árabe traída a al-Ándalus no fue solo un instrumento de dominación, sino también un vehículo de expresión artística, capaz de transmitir sentimientos universales.
La sensibilidad poética de Abderramán I tuvo una influencia duradera: inauguró una tradición literaria que florecería en al-Ándalus durante los siglos siguientes, combinando refinamiento estético, profundidad emocional y una íntima conexión con el paisaje. En este sentido, puede considerarse no solo el fundador político del emirato, sino también uno de los precursores de su rica vida cultural.
El legado cultural de Abderramán I no puede entenderse solo desde el ámbito político o militar. Su llegada a al-Ándalus marcó el inicio de un proceso de orientalización de la península que afectó profundamente a la arquitectura, las costumbres cortesanas, la administración, la lengua y la literatura. Bajo su impulso, Córdoba comenzó a transformarse de una ciudad periférica y caótica de los visigodo en una capital digna de un emir, con jardines, baños, palacios y una administración inspirada en modelos damascenos.
Una de sus obras más emblemáticas fue el inicio de la construcción de la gran mezquita de Córdoba en el año 785. Este templo no solo fue una afirmación política frente al califato abasí, sino también una expresión cultural de primer orden, que sintetizaba elementos de la arquitectura omeya con técnicas y materiales locales. Con el tiempo, esta mezquita sería ampliada por sus sucesores hasta convertirse en uno de los principales referentes artísticos del mundo islámico occidental.
En el terreno literario, aunque Abderramán I no fue un poeta prolífico, su sensibilidad dejó huella. Su célebre poema a la palmera revela una dimensión introspectiva y estética poco común entre los gobernantes de su tiempo, y anticipa el refinamiento que caracterizaría a la literatura andalusí en siglos posteriores. Este tipo de poesía, cargada de metáforas naturales, de nostalgia y de simbolismo político sutil, encuentra paralelismos en la obra de poetas como Ibn Hazm, siglos después, con su Collar de la paloma, aunque en contextos distintos.
La historiografía contemporánea ha reevaluado la figura de Abderramán I a la luz de nuevas perspectivas. Para algunos, como los historiadores más clásicos, representa la restauración de un orden político tras el caos de las guerras internas entre árabes y bereberes en la península. Para otros, como Ignacio Olagüe o Évariste Lévi-Provençal, su figura plantea preguntas más complejas sobre la verdadera naturaleza de la conquista islámica y del surgimiento del islam andalusí. En estas visiones más revisionistas, se pone en duda el relato tradicional de la invasión islámica como un hecho militar rotundo y organizado desde Damasco, y se sugiere en cambio un proceso más gradual, híbrido y local, donde Abderramán habría desempeñado un papel más simbólico o integrador que imperial.
Lo cierto es que, al margen de las distintas corrientes historiográficas, la figura de Abderramán I permanece como una de las más fascinantes del inicio de al-Ándalus: un joven príncipe convertido en exiliado, un refugiado convertido en gobernante, un estratega que supo navegar las aguas turbulentas de una tierra fracturada, y un hombre sensible que, pese al poder y la gloria, nunca dejó de añorar las palmeras de su infancia oriental. Soledad Carrasquilla Caballero. sccc.-
El tema poético con su carácter amoroso-cortés debió de llegar a al-Andalus en fecha muy temprana. El propio emir Abderramán I juega con el tema en algunos de sus poemas

Ramas de sauce que se balancean sobre las dunas
al huir de mis decididas al rechazarla unión conmigo.
Reinas en mí, aunque yo soy el rey
pero mis fuerzas por el amor se han debilitado
con la languidez del cautivo.
¿Quién me ayuda contra la tiranía de mi cuerpo?
Ella doblega con amor mi fuerza y poder.
Abderramán I

«Tú también insigne palma
eres en este suelo extranjera.
De algarbe las dulces auras
tu pompa halagan y besan,
en fecundo suelo arraigas y al cielo tu cima elevas,
tristes lagrimas lloraras
si cual yo sentir pudieras,
tu no sientes contratiempos
como yo de suerte aviesa,
a mi de pena y dolor continuas lluvias me anegan,
con mis lagrimas regué las palmas que el Al-Furät riega
pero las palmeras y el rio se olvidaron de mis penas
cuando mis infaustos hados
y de Ababas la fiereza
me forzaron a dejar
del alma las dulces prendas,
a ti de mi patria amada
ningún recuerdo te queda
pero yo triste no puedo
dejar de llorar por ella”
Abderramán I


Gracia a Dios que ha puesto el mar entre él y yo» dijo refiriéndose a Abderramán I, el primer califa abasí Abel’Abbās’ laqab el llamado como califas As-Saffāḥ ( السفّاح ): Derramador de sangre.
Busto de .Abel’Abbās’