[REQ_ERR: SSL] [KTrafficClient] Something is wrong. Enable debug mode to see the reason. Pedro de los Ríos y Gutiérrez de Aguayo – Cosas de Cordoba

Pedro de los Ríos y Gutiérrez de Aguayo

El cordobés del Nuevo Mundo

El 27 de octubre de 1547, en la lejana llanura de Huarinas, cerca del lago Titicaca, caía en combate Pedro de los Ríos y Gutiérrez de Aguayo, conquistador nacido en Córdoba y figura representativa de aquella generación de andaluces que llevaron su nombre y su destino más allá del océano.

Algunas crónicas, sin embargo, aseguran que logró sobrevivir a la derrota y que regresó a su ciudad natal, donde habría fallecido tiempo después, cerrando así un ciclo vital que unió a Córdoba con las Indias.

Pedro de los Ríos nació en 1496 en Córdoba, capital de uno de los cuatro reinos que conformaban entonces la Andalucía castellana.

Pertenecía a una familia de hidalgos con notable peso en la vida política y jurídica local. Estudió Derecho, obteniendo el grado de licenciado en Leyes hacia 1516, y fue nombrado caballero veinticuatro del cabildo cordobés, uno de los cargos más honoríficos de la nobleza urbana.

Por sucesión familiar se convirtió además en III señor de Las Ascalonias, un señorío de tradición rural en las campiñas próximas a la ciudad.

Su carrera política y su posición jurídica le abrieron las puertas de la administración imperial en ultramar. En 1525, el rey Carlos I lo envió a Castilla del Oro, actual Panamá, como representante imperial con facultades judiciales, encargado de realizar el juicio de residencia a su predecesor Pedro Arias Dávila (Pedrarias Dávila), uno de los hombres más poderosos y temidos del continente.

El territorio de Castilla del Oro —nombre que Fernando el Católico había otorgado en 1513 al antiguo Reino de Tierra Firme— era una región estratégica que abarcaba las costas del Caribe y del Pacífico, entre el istmo de Panamá y el norte de Colombia. Gobernarla suponía dominar la puerta de acceso hacia el Mar del Sur, por donde pronto partirían las expediciones que descubrirían Perú y Chile.

Pedro de los Ríos asumió el gobierno con buenas credenciales jurídicas, pero su gestión resultó inestable y conflictiva. Las tensiones con los colonos, las intrigas de la familia Arias Dávila y las dificultades de administración de un territorio extenso y selvático minaron su autoridad.

A los pocos años, fue destituido y relevado en 1529, tras lo cual decidió continuar su carrera en los nuevos dominios del sur, atraído por la fama de las riquezas del Perú.

Instalado en el virreinato, Pedro de los Ríos se unió a las guerras civiles entre los conquistadores, que enfrentaban a las facciones de Francisco Pizarro y Diego de Almagro por el control del territorio. Sirvió bajo las órdenes del gobernador de Nueva Castilla, Francisco Pizarro, y más tarde participó en la batalla de Chupas junto a su sobrino Diego de los Ríos y el maestre de campo Pedro Álvarez Holguín, en apoyo de las fuerzas realistas contra los rebeldes encabezados por Diego de Almagro el Mozo.

Fue también uno de los primeros pobladores españoles del Cuzco, la antigua capital inca, donde se asentó como vecino encomendero, participando en la formación de las primeras instituciones coloniales del Perú.

Su destino quedó sellado en la batalla de Huarinas (27 de octubre de 1547), donde las tropas leales a Gonzalo Pizarro se enfrentaron a las del virrey Blasco Núñez Vela y al general Pedro de la Gasca.

Las fuentes difieren sobre su final: unas relatan que murió en combate, otras que logró escapar y retornar a Córdoba, donde falleció tiempo después, agotado y desengañado.

Pedro de los Ríos y Gutiérrez de Aguayo representa la figura del letrado-conquistador, una mezcla de jurista y soldado característica de la primera generación de colonizadores andaluces. Desde las aulas cordobesas hasta los llanos del altiplano peruano, su vida resume la expansión de la Corona de Castilla y la compleja red de ambiciones, fidelidades y tragedias que acompañaron la conquista del Nuevo Mundo.

Su nombre, hoy casi olvidado, sigue siendo un hilo que une a Córdoba con el otro lado del Atlántico, donde todavía resuenan las huellas de aquellos hombres que cruzaron mares y cordilleras en busca de fortuna y eternidad. Soledad Carrasquilla Caballero. sccc.-