
Murallas en Madrid de la segunda mitad del siglo IX, mandada construir por el emir Mohamed I.
El 4 de agosto del año 886 fallece Muhammad I (محمد بن عبد الرحمن الأوسط), quinto emir independiente de Córdoba, nacido en la propia ciudad califal en el año 823.
Hijo y sucesor de Abderramán II y de su primera esposa, al-Shifá (cuyo nombre significa “la Salud”), quedó huérfano de madre siendo todavía un niño. Como miembro destacado de la dinastía omeya, Muhammad I accedió al trono del emirato de al-Ándalus en el año 852, cuando tenía 29 años, y gobernó durante más de tres décadas, hasta su muerte.
Durante su reinado (852–886), continuó la política de consolidación interna y esplendor cultural heredada de su padre, pero tuvo que enfrentarse a un panorama político cada vez más complejo, marcado por rebeliones internas, desafíos fronterizos y la resistencia de los reinos cristianos del norte.
Entre sus mayores logros diplomáticos destaca la tregua alcanzada con el rey Alfonso III de Asturias, lo que le permitió centrar sus esfuerzos en sofocar los focos de insurrección dentro del territorio andalusí, especialmente en las Marcas fronterizas.
No obstante, su reinado estuvo marcado por continuas sublevaciones, como las de la zona de Toledo, la Marca Media y la Marca Inferior, donde el poder del emir era constantemente desafiado por caudillos locales, muladíes y otras élites enfrentadas al centralismo cordobés.
Militarmente, logró importantes victorias contra el reino asturiano de Ordoño I, frenando las incursiones cristianas y asegurando la frontera norte. Sin embargo, el desafío más duradero de su emirato apareció hacia el final de su vida.
En el año 879 estalló una insurrección que marcaría profundamente la historia de al-Ándalus: la rebelión del muladí Umar ibn Hafsún, en la serranía de Ronda. Ibn Hafsún logró reunir a numerosos descontentos —tanto muladíes como mozárabes y bereberes— y creó un foco de resistencia que pondría en jaque al emirato durante décadas. Esta rebelión no sería definitivamente sofocada hasta la época de su nieto, Abderramán III, quien se proclamaría califa.
Muhammad I también dejó una huella importante en el desarrollo urbano y defensivo del emirato.
Fundó varias fortalezas estratégicas para el control del territorio, entre ellas la ciudad andalusí de Mayrit (Madrid), hacia el año 865. El objetivo era claro: vigilar y proteger el paso de ejércitos enemigos desde el norte, en un momento en el que la frontera con los reinos del norte estaba en constante tensión. En Mayrit mandó construir un alcázar sobre un promontorio junto al río, donde hoy se levanta el Palacio Real, así como una muralla defensiva que aún se conserva parcialmente y que representa uno de los primeros vestigios urbanos de la actual capital de España.
A la muerte de Muhammad I en el verano del 886, le sucedió su hijo Abū ʼl-Ḥakam al-Mundhir, quien se convirtió en el sexto emir omeya de Córdoba. Otro de sus hijos, ‘Abd Allāh I, acabaría ocupando el trono también años más tarde.
El cronista andalusí Ibn Idhārī nos ha dejado una breve pero vívida descripción del emir:“Tenía la tez clara y sonrosada; era bajo, con la cabeza pequeña y barba abundante. Tuvo treinta y tres hijos y veintiuna hijas.”
Muhammad I fue un emir culto, con visión política, que consolidó el poder omeya en medio de una creciente fragmentación social y territorial.
Su reinado representa el inicio de una etapa crítica para al-Ándalus, marcada por los primeros signos de descomposición del emirato y la necesidad de una transformación política que culminaría con la proclamación del Califato bajo su nieto. Soledad Carrasquilla Caballero. sccc.-

Murallas emígrales de Madrid en el siglo en el siglo IX

Antigua Fortaleza emiral que se encontraba en el mismo lugar que ocupa hoy en día el Palacio Real, delantera del lugar correspondindiente con la Plaza de la Armería.