
En el verano del año 1002 tuvo lugar la última campaña de Almanzor, El Victorioso, la pesadilla de los soldados leoneses que intentaban contener el avance hacia el norte de los ejércitos cordobeses. Los andalusíes le otorgaron el título de al-Mansur, «el Victorioso», nombre que las crónicas cristianas adaptaron como Almanzor, convirtiéndolo en el más legendario de los generales de la península ibérica. Bajo su mano de hierro, las expediciones militares del califato cordobés alcanzaron lugares tan lejanos como Barcelona, Pamplona, León y Santiago de Compostela, este último un símbolo del orbe cristiano.
A finales de junio del año 1002, a pesar de estar gravemente enfermo, Almanzor emprendió la que sería su última campaña. Tras realizar algunas operaciones militares de poca relevancia y con su estado de salud empeorando, decidió regresar a Medinaceli, capital de la frontera superior. Pasó sus últimos días rodeado de poetas que, con sus versos, intentaron alegrar su agonía, exaltando su gloria y recapitulando sus hazañas. Aquellos poemas sentaron las bases de la figura mítica en la que pronto se convertiría.
Uno de sus visires dejó constancia de sus últimas horas:
“Encontrándose mejor, quiso ver a algunos de sus notables. Me acerqué a su cama y vi que, envuelta en sus sábanas, solo quedaba la sombra de lo que había sido. No podía hablar, y era evidente que estaba más cerca de Dios que de nosotros… Falleció el 9 de agosto de 1002. Habiendo dispuesto descansar en las fronteras, le dimos sepultura en el alcázar de Medinaceli. Envolvimos su cadáver en las mortajas que sus propias hijas habían tejido, y esparcimos sobre su cuerpo el polvo que, después de cada campaña, se había sacudido cuidadosamente de sus trajes, guardándolo para la ocasión.”
Hasta el final, su visión política permaneció intacta. En su lecho de muerte, al despedirse de su hijo Abd al-Malik, le advirtió con angustia:
“¡Digámonos adiós ya! Toma tropas de confianza y corre a la capital. Si no estás allí antes de que se conozca mi muerte, todo estará perdido.”
Siguiendo el consejo de su padre, Abd al-Malik llegó a Córdoba a tiempo, logró neutralizar a los ambiciosos que pretendían sustituir a Almanzor y se hizo nombrar hayib. Sin embargo, Almanzor sabía que no debía prescindirse de la legitimidad que solo el califa Hisham podía otorgar.
Su intuición fue acertada. Años después, en 1009, cuando el tercer hayib amirí, el hijo menor de Almanzor, intentó imponerse como heredero del califa y rompió con la tradición de gobierno establecida por su padre y su hermano, todo se desmoronó. En palabras de un historiador: «La dinastía de los amiríes desapareció como si nunca hubies existido.» soledad Carrasquilla caballero. sccc.-

El día 10 o el 11 de agosto del año 1002 muere «al-Mansur bi-Allah» (el victorioso de Dios).
Bermudo II de León y García Sánchez II Pamplona, aliados contra al-Andalus no vencen a Abi Amir Muhammad en Calatañazor, porque esa batalla no llegó a efectuarse. Almanzor después de la expedición contra San Millán de la Cogolla cayó enfermo y de regreso a Córdoba murió en Medinaceli.
Pesadilla de los soldados leoneses que intentaban contener el avance hacia el norte de los ejércitos cordobeses; así lo atestiguan el hecho de que los andaluces le dieran el título de al-Mansur, » el Victorioso «, que las crónicas cristianas transformaron en Almanzor, el más legendario de los generales andalusíes. Bajo su mano de hierro, las expediciones militares del califato cordobés llegaron hasta Barcelona, Pamplona, León o Santiago de Compostela, emblema del orbe cristiano.
Almanzor había superado los 60 años, y su salud acusaba lo que, para aquellos tiempos, era ya una edad avanzada. A finales de junio de 1002 y a pesar de encontrarse muy enfermo se puso en marcha contra Castilla, en la que sería su última campaña militar.
Almanzor se encontraba tan desmejorado que hasta el trote del caballo lo atormentaba: a menudo se veía obligado a dejar su corcel para tenderse en una litera llevada a hombros. Tras algunas operaciones militares de poca relevancia y con el hayib empeorando a ojos vista, se decidió regresar a Medinaceli, capital de la Frontera Superior, en la actual provincia de Soria. Los últimos días los pasó rodeado de sus poetas, que alegraron su agonía exaltando con versos su gloria y recapitulando sus hazañas, como primer peldaño de lo que sería su figura legendaria.
Uno de sus visires describió sus últimas horas: » Encontrándose mejor, quiso ver a algunos de sus notables. Me acerqué a su cama y vi que, envuelta en sus sábanas, se encontraba tan sólo la sombra de lo que había sido. No podía hablar y era evidente que se encontraba más cerca de Dios que de nosotros … Habiendo dispuesto descansar en las fronteras, le dimos sepultura en el alcázar de Medinaceli. Envolvimos su cadáver en las mortajas que sus propias hijas habían tejido, y esparcimos en su cuerpo el polvo que después de cada campaña se había sacudido cuidadosamente de sus trajes, guardándolo para la ocasión «.
Su visión política siguió intacta hasta el final. Cuando su hijo Abd al-Malik acudió a su lecho de muerte, él lo despidió angustiado: » ¡ Digámonos adiós ya ! ¡ Coge tropas de confianza y corre a la capital ! ¡ Si no estás allí antes de que llegue la noticia de mi muerte, todo estará perdido !». Llegado a Córdoba, Abd al-Malik pudo neutralizar a quienes ambicionaban sustituir a Almanzor y se hizo nombrar hayib. Pero Almanzor sabía que no se debía prescindir de la máscara de legitimidad que sólo un califa como Hisham podía proporcionar.
Estaba en lo cierto. Cuando más tarde en el año 1009 Sanchuelo , el tercer habyib amirí, hijo menor de Almanzor, impuso su nombramiento como heredero del califa, rompiendo con la tradición de gobierno afianzado por su padre y su hermano, todo se vino abajo y, en palabras de un historiador, » la dinastía de los amiríes desapareció como si nunca hubiese existido «.
Según el historiador Ibn Idari, este epitafio se escribió sobre su tumba:
“Sus hazañas te enseñarán la historia
como si lo vieras con tus propios ojos.
Por Dios que jamás los tiempos traerán otro como él.
Ni como él defienda nuestra frontera”
Escultura de Almanzor erigida junto a las murallas merinies de Algeciras en la Avenida Blas Infante, colocada en el verano de 2002 con motivo de conmemorar los mil años de la muerte del caudillo andalusí. Estatua de estilo modernista realizada por el escultor Mariano Roldán.
Fue retirada en el 2013 once años posteriores a su ubicación y almacenada descuidadamente en la atarazana del Ayuntamiento de Algeciras . sccc.

Inauguración de la escultura dedicada a Almanzor, por Patricio González el 10 de agosto de 2002 en la Avenida Blas Infante cerca de las Murallas Meriníes en Algeciras, erigidas con motivo de la conmemoración del milenio de la muerte del primer ministro andalusí.
La estatua de Almanzor en Algeciras es obra de Mariano Roldán Estudillo profesor de la Escuela de Bellas Artes de Cadiz.

Retirando la escultura del Almanzor por el Ayuntamiento en la Avenida Blas Infante en el Parque arqueológico de las murallas merinies de Algeciras.



y el 10 de Agosto del 997 fue saqueada e incendiada la ciudad de Santiago que había sido abandonada por sus habitantes, así como la basílica, que quedó arrasada. Sin embargo, por orden expresa de Almanzor, se respetó el sepulcro del apóstol y también fue respetado un monje que se había quedado a guardarlo. En una semana Santiago quedó completamente devastada.
De la numerosas campañas guerreras que efectuó Almanzor ninguna fue tan célebre como la que llevó a cabo contra Santiago de Compostela, en la que las armas andalusíes penetraron hasta el interior de Galicia y el extremo noroeste de la Península.
En esta ocasión Almanzor no quería sólo castigar a los leoneses, obtener cautivos o un rico botín; quería fortalecer sus fronteras frente a Europa pues Santiago de Compostela era, en aquellos momentos como lo seguiría siendo a lo largo de toda la Edad Media, el mayor foco de peregrinación y contención de los pueblos europeos, para la frontera de Al-Andalus
Semanas más tarde del saco de Santiago, llegaba a Córdoba con muchísimos cautivos, las campanas de la iglesia de Santiago y las hojas de las puertas de la ciudad. Las campanas se utilizaron como lámparas para la mezquita y las puertas como armadura de los techos de las nuevas naves que se estaban construyendo en dicha mezquita mayor. sccc.
Puerta de la Mezquita de Córdoba perteneciente a la prolongación de Almanzor

Almanzor murió en Medinaceli de una enfermedad hepática que según algunos historiadores padecía.
El historiador árabe Ibn Idari refiere, este epitafio que se esculpió en el mármol de su lapida:
“Sus hazañas te enseñarán sobre él,
como si lo vieras con tus propios ojos.
Por Dios que jamás volverá a dar el mundo nadie como él,
ni defenderá las fronteras otro que se le pueda comparar”.
El cementerio de Medinaceli se encuentra dentro de estas fortificación