
En la parte baja del Puente de Alcolea, el paisaje guarda huellas muy antiguas y profundas. Balch ibn Bishr al-Qushayri, se enfrentó al wali Thalaba ibn Salama al-Amili, en una batalla feroz por el control del gobierno andalusí. Balch logró imponerse y entró triunfalmente en Córdobaen el año 741
En el puente de Alcolea, una copla satírica recordaba que “Novaliches perdió las quijas” —en alusión al general isabelino derrotado en la zona durante la Primera Guerra Carlista—,
Fue allí donde, tras la batalla librada el 7 de junio de 1808 entre tropas españolas y francesas, se inició el saqueo de Córdoba, uno de los episodios más trágicos de la Guerra de la Independencia.
En esa misma margen derecha del Guadalquivir, entre los álamos y los juncos que aún bordean el cauce, se alza un molino de construcción andalusí, sorprendentemente bien conservado, aunque no incluido por la Junta de Andalucía en la declaración de Bien de Interés Cultural que protege al resto de los molinos fluviales cordobeses. Esta exclusión contrasta con su gran relevancia histórica y arquitectónica, pues el molino del Puente de Alcolea es, de hecho, uno de los más antiguos y mejor conservados del término cordobés.
Su origen se remonta a la época emiral, cuando Córdoba, capital del mundo andalusí, desarrolló una red de molinos hidráulicos que aprovechaban la fuerza del río mediante azudes y canales. Este molino aparece documentado desde 1445 en las Actas Capitulares del Cabildo Catedralicio, como parte de los señoríos de don Diego de Córdoba y su hermano don Pedro de Córdoba y Solier, obispo de la diócesis.
En 1468, los documentos mencionan además un batán anejo, propiedad de Alfonso de Águila “el Gran Aguilar”, miembro de una de las casas nobles más influyentes de la ciudad. Este batán —llamado “El Batanejo”— pasó en 1501 a Pedro Fernández de Córdoba, marqués de Priego, perpetuando la vinculación del enclave con la aristocracia local.
El molino mantuvo su actividad durante siglos, adaptándose a los nuevos tiempos. En 1871, el Conde de Torres Cabrera solicitó permiso para instalar una noria en el mismo emplazamiento, y en 1883 obtuvo autorización para colocar una locomóvil y una bomba centrífuga, que extraía agua del Guadalquivir para las tierras de regadío de los alrededores. Estas reformas reflejan el paso de la molinería tradicional a la protoindustria hidráulica y al moderno riego mecanizado, tan característico del siglo XIX.
El edificio conserva la tipología tradicional de los molinos fluviales andalusíes: Planta rectangular, construida en sólida mampostería y sillares de piedra caliza. Una cámara de cárcavos abovedada, con arcos de medio punto que sostenían los rodezno o ruedas hidráulicas verticales. Planta superior destinada a las piedras de moler y al almacenamiento del grano. Restos visibles de un canal de alimentación (aceña) y del cauce de retorno del agua al río. Fragmentos del azud o presa derivadora, que canalizaba el caudal para garantizar la presión del agua.
Sus características técnicas y formales coinciden con las de los grandes molinos del casco urbano —como la Albolafia, San Antonio o Martos—, aunque conserva una mayor pureza en la estructura original andalusí, al haber sido menos intervenido durante la época moderna.
A pesar de su valor histórico, arquitectónico y paisajístico, el molino del Puente de Alcolea permanece fuera del catálogo de protección patrimonial. Su incorporación al listado de Bienes de Interés Cultural o, al menos, a la categoría de Lugar de Interés Etnológico, resulta esencial para preservar un ejemplo único del aprovechamiento hidráulico tradicional del Guadalquivir.
Los sillares de su base, aún mojados por la corriente, guardan la memoria de más de un milenio de historia, desde el esplendor califal hasta la modernización agrícola del siglo XIX. Entre los ecos del río, parece resonar todavía la antigua vocación de Córdoba: una ciudad que vivió, trabajó y soñó junto al agua. Soledad Carrasquilla Caballero. sccc.-

