
Los mamelucos eran soldados de élite que Napoleón había traído de Egipto tras su expedición de 1801. Eran guerreros experimentados de origen circasiano y georgiano, entrenados desde su juventud en el arte de la guerra y conocidos por su ferocidad en combate. En el contexto del Imperio Napoleónico, estos jinetes formaban parte de la escolta de honor del mariscal Joachim Napoleón Murat, Gran Duque de Berg, cuñado del emperador.
Acuartelados en Carabanchel, los mamelucos estaban listos para actuar cuando el levantamiento popular estalló en Madrid el 2 de mayo de 1808. Su armamento era impresionante: además de un trabuco, portaban una afilada cimitarra, dos pistolas en el cinto junto a un puñal y una maza de armas o un hacha de guerra colgada del arzón de la silla de montar. Estos elementos los convertían en una fuerza temible en el campo de batalla, especialmente en el combate cuerpo a cuerpo.
En la mañana del 2 de mayo, el estallido de la insurrección en la capital marcó el inicio de la Guerra de la Independencia Española, un conflicto que se prolongaría durante seis años. Ante la revuelta madrileña, Murat ordenó al general Dominique Honoré Antoine Klein y al general Duamenil que reprimieran con contundencia a los sublevados. En consecuencia, los mamelucos cargaron brutalmente contra el pueblo madrileño, atacando con sablazos a quienes se encontraban en las calles, sin distinción entre combatientes y civiles. La escena quedó inmortalizada en la pintura de Francisco de Goya «La lucha con los mamelucos» (o «La carga de los mamelucos»), un cuadro que capturó la violencia y el dramatismo de aquel día.
A pesar de la desigualdad de fuerzas, los madrileños no se amedrentaron y se lanzaron a la lucha con armas rudimentarias: navajas, cuchillos, herramientas de trabajo e incluso piedras. Sin embargo, la revuelta carecía del respaldo del ejército español, cuyos mandos, sometidos a la Junta de Gobierno, ordenaron a las tropas permanecer en los cuarteles. Solo unos pocos militares, como los capitanes Luis Daoíz y Pedro Velarde, decidieron unirse a la resistencia, defendiendo el Parque de Artillería de Monteleón hasta el último aliento. El levantamiento fue sofocado con extrema dureza. Las represalias francesas incluyeron fusilamientos masivos al día siguiente, el 3 de mayo, otro episodio que Goya inmortalizó en su famoso lienzo «Los fusilamientos del 3 de mayo». No obstante, la insurrección de Madrid encendió la mecha de una guerra que llevaría al progresivo desgaste del ejército napoleónico y a la recuperación de la soberanía española. Soledad Carrasquilla Caballero. sccc.-
Pintura de Francisco de Goya, realizada en 1814 con la intención, según palabras del propio Goya de «Perpetuar por medio del pincel las más notables y heroicas escenas de nuestra gloriosa insurrección contra el tirano de Europa».