
Mural del Guernica pintado sobre el lugar que años antes se había escrito la ocurrente frase. La vergüenza del muro.
El “muro de la vergüenza” cordobés
El 13 de agosto de 1961, la República Democrática Alemana inició la construcción del muro que dividiría la ciudad de Berlín en dos partes irreconciliables: Berlín Oriental, bajo control comunista, y Berlín Occidental, vinculado al bloque occidental.
Aquel muro, levantado en plena Guerra Fría, fue concebido como un sistema defensivo para evitar la fuga de ciudadanos del Este al Oeste, pero pronto se convirtió en un símbolo de opresión.
El mundo entero lo bautizó como el Muro de la Vergüenza, una cicatriz de hormigón que partía en dos la capital alemana y la conciencia europea.
Años después, se emprendió en Córdoba una obra pública que pretendía tener un carácter totalmente distinto, aunque terminó por compartir con el muro berlinés una palabra clave: vergüenza.
Se trataba de la primera gran defensa fluvial construida sobre la margen izquierda del río Guadalquivir, frente al casco histórico, en la zona de Miraflores.
Las autoridades municipales, respaldadas por los organismos hidráulicos del Estado, anunciaron con orgullo que se trataba de la obra de contención más importante del cauce del Guadalquivir acometida hasta entonces en España, destinada a proteger los barrios ribereños de las periódicas inundaciones.
Sin embargo, la realidad fue muy distinta. El proyecto, de ejecución apresurada y materiales modestos, acabó convirtiéndose en un parapeto improvisado: un entramado de piedra encajonada en mallas metálicas, revestido con cemento y rematado sin gracia arquitectónica alguna.
Lejos de integrarse en el paisaje urbano o en la tradición monumental de la ciudad, el muro de Miraflores se alzó como una barrera gris, áspera y antiestética que rompía la armonía visual del río y su entorno.
Los cordobeses, fieles a su ingenio proverbial, no tardaron en encontrar el modo de expresar su descontento.
Un vecino —cuyo nombre se perdió entre la leyenda y el anonimato popular— decidió hermanar simbólicamente los dos muros que por entonces ocupaban las conversaciones del mundo: el de Berlín y el de Córdoba.
Con grandes letras pintadas sobre el nuevo murallón de Miraflores, visibles desde la Ribera y el Puente Romano, apareció una frase tan mordaz como certera:
“En Berlín está la muralla de la vergüenza, y en Córdoba, la vergüenza del muro.”
Aquella pintada, lejos de ser un simple acto de travesura, se convirtió en una auténtica crítica ciudadana a la falta de gusto, sensibilidad y planificación urbanística que caracterizó muchas obras públicas de la época.
El comentario se difundió por toda la ciudad, y durante años el muro de Miraflores fue recordado con ese sobrenombre: la vergüenza del muro.
Con el paso del tiempo, aquel muro fue reformado, y parte de su estructura acabó integrada en el actual Parque de Miraflores, un espacio verde que hoy mira al Casco Histórico y a la Mezquita-Catedral desde la otra orilla.
Pocas personas recuerdan ya la historia de aquella crítica pintada, pero sigue viva en la memoria oral de los mayores, como muestra del espíritu irónico, crítico y libre del pueblo cordobés, capaz de convertir una obra torpe en una lección de humor y conciencia cívica. Soledad Carrasquilla caballero. sccc.-

Relleno para contener el rio