
El 18 de diciembre de 1499 estalla en Granada la primera gran sublevación mudéjar tras la conquista castellana. El detonante inmediato fue el bautismo forzoso de más de 3.000 andalusíes y la quema de sus manuscritos, acciones impulsadas por el arzobispo de Toledo, fray Francisco Jiménez de Cisneros, cuyo afán por acelerar las conversiones rompía los equilibrios políticos establecidos. Cisneros pretendía llevar a cabo la cristianización inmediata de la población musulmana, algo que contravenía claramente las capitulaciones de 1491, en las que los Reyes Católicos habían garantizado la libertad religiosa, jurídica y cultural de los granadinos tras la caída del reino nazarí.
Estas medidas chocaban también con el estilo más prudente y conciliador del primer arzobispo de Granada, Fray Hernando de Talavera, que defendía la conversión mediante el ejemplo, el diálogo y la persuasión, no por la fuerza.
En los primeros momentos de la revuelta, tanto el conde de Tendilla, gobernador de la Alhambra, como el propio Talavera, intentaron reconducir la situación por medios pacíficos. Mientras se enviaban cartas urgentes a diversos concejos andaluces pidiendo tropas de refuerzo, se proclamó en la ciudad una amnistía para todos aquellos que aceptaran el bautismo. La presión militar y política terminó produciendo efecto: a comienzos de 1500, y tras el restablecimiento de la calma en Granada, miles de mudéjares aceptaron el bautismo de manera masiva, en un clima claramente coaccionado.
La pacificación permitió la retirada de las tropas que habían acudido inicialmente. Sin embargo, los principales líderes de la revuelta lograron escapar hacia la Alpujarra, territorio donde seguían vigentes las mismas capitulaciones firmadas para Granada, lo que hacía más compleja cualquier intervención represiva.
Desde allí, los sublevados comenzaron a organizar la resistencia, ganando posiciones poco a poco en la comarca. En enero, consiguieron incluso tomar varias fortalezas costeras, lo que demostró su capacidad militar y encendió las alarmas en la Corona, temerosa de una extensión del conflicto y de posibles conexiones con potencias norteafricanas.
Ante la gravedad de la situación, Diego Fernández de Córdoba, Alcaide de los Donceles, fue nombrado capitán general de una hueste encargada de iniciar el asedio de Velefique, plaza estratégica en manos de los amotinados. La campaña no fue sencilla: la orografía abrupta de la Alpujarra y la resistencia local propiciaron diversas derrotas castellanas, lo que prolongó el conflicto más de lo esperado.
A mediados de enero, las serranías de Ronda y Villaluenga constituían ya el último bastión de la sublevación mudéjar. Viendo la persistencia del levantamiento y el desgaste de sus tropas, el rey Fernando el Católico decidió intervenir personalmente, asumiendo la dirección de las operaciones militares. Su presencia aceleró el final de la revuelta.
Finalmente, en 1502, los mudéjares se rindieron mediante capitulación, logrando a cambio una condición decisiva: se les permitiría emigrar libremente a África si no deseaban permanecer bajo dominio castellano. Sin embargo, aquella concesión quedó pronto desdibujada. Pocos meses después, la Corona promulgó decretos que obligaban a los musulmanes que permanecieran en Castilla a abandonar su fe o abandonar el reino, marcando así el inicio de la larga y dolorosa historia de los moriscos, cristianos nuevos de origen musulmán, sometidos desde entonces a vigilancia, sospecha y nuevas revueltas.
Esta primera sublevación mudéjar, surgida del incumplimiento de las capitulaciones, marcó un punto de no retorno en las relaciones entre la Corona y la población andalusí, inaugurando un proceso de forzada homogeneización religiosa que culminaría un siglo después con la expulsión de los moriscos entre 1609 y 1614. Soledad Carrasquilla Caballero. sccc.-