[REQ_ERR: SSL] [KTrafficClient] Something is wrong. Enable debug mode to see the reason. La Piedra Ancha. – Cosas de Cordoba

La Piedra Ancha.

Eran aquellos días en los que el tiempo pasado aún no nos parecía mejor, y las tardes se alargaban con la placidez propia de la juventud. Nos encontrábamos sentadas en la que llamábamos la piedra ancha, un lugar que parecía haber sido puesto ahí para nosotras, bajo el sol que se inclinaban suavemente, comenzado a perder fuerza y el cielo adquiría un matiz más íntimo y la azuda de Culeb cobraba vida.

El agua comenzaba a fluir con su cadencia mesurada, como si susurrara un mensaje antiguo y sereno. La corriente, guiada desde tiempos inmemoriales por los cimientos romanos que sostenían aquella construcción, se deslizaba con precisión hacia los cuatro molinos que, aún conectados por la presa, mantenían su propósito intacto. Cada giro de sus piedras, accionado por el caudal, parecía resonar como un eco de generaciones pasadas, como un diálogo entre la tierra y quienes la habitaban.

A menudo, nos entreteníamos observando cómo el agua, al salir de la azuda, formaba pequeños remolinos después de dividirse en aguatochos para alimentaban los molinos. Las piedras, desgastadas por siglos de uso, contaban historias que solo podíamos imaginar, historias de molineros, de trigo convertido en harina, de manos laboriosas que dependían de aquel flujo constante y controlado.

El murmullo del agua, constante y rítmico, tenía un efecto casi hipnótico. A veces, cerrábamos los ojos y dejábamos que el sonido nos transportara, mientras el viento jugaba con las ramas de los árboles y el aroma fresco del río envolvía el ambiente. Aquella zuda no era solo un mecanismo para controlar la corriente, sino un testimonio vivo de la simbiosis entre el hombre y la naturaleza, un vínculo que se había forjado a lo largo de siglos.

De vez en cuando, recordamos para acercarnos al borde de la nostalgia, donde podemos ver cómo el agua se deslizaba con fuerza contenida, reflejando los olores de los molinos girando lentamente sus piedras, recordándonos que aquel lugar, aunque ahora aparecía tapado por tierra y árboles, había sido en otro tiempo la razón del primer chapuzón mañanero cuando en primer comendatario era: Vamos a la piedra Ancha.

En esa tarde, junto a la azuda de Culeb, con su corriente constante y susurros ancestrales, entendíamos sin palabras la importancia de los pequeños momentos, de las tradiciones que aún latían bajo nuestros pies y del río que, como la vida misma, seguía su curso sin detenerse. Soledad Carrasquilla caballero, sccc.-

Fotografía tomada al atardecer cuando solía subir el rio y cubría la piedra ancha, donde estabamos sentadas.