
Fotografía de una esquela mortuoria de principio del siglo XX.
“La Llorona”, del mito prehispánico al lamento eterno de México
«La Llorona» es una de esas canciones que no pertenecen a nadie porque pertenecen a todos. Un tema que, como los ríos que invoca, fluye, se transforma y nunca se detiene. Nacida en el corazón de la tradición popular mexicana, se ha convertido en un himno nacional del dolor y la memoria, capaz de atravesar los siglos sin perder su fuerza ni su misterio.
Aunque parezca increíble, La Llorona no tiene una letra fija. Existen más de quinientas versiones registradas, cada una adaptada por intérpretes que le imprimen su propio matiz: desde Chavela Vargas y Lila Downs, hasta Ángela Aguilar, Natalia Lafourcade o Caetano Veloso. En todas, sin embargo, se repite la misma esencia: la voz de una mujer doliente que canta entre la vida y la muerte, entre la culpa y el amor perdido.
Hay en sus versos una belleza trágica que recuerda al barroco español. No es casual: México heredó de la lengua castellana el gusto por la metáfora, la exageración y el dolor convertido en arte.
El paralelismo más evidente lo encontramos en Luis de Góngora, el gran poeta cordobés del Siglo de Oro, quien en 1621 escribió la letrilla:
Aprended, flores, en mí
lo que va de ayer a hoy,
que ayer maravilla fui,
y hoy sombra mía aun no soy.
Siglos después, la voz anónima de La Llorona repite la misma idea, con esa cadencia popular que sustituye el conceptismo por la emoción:
Ay de mí, Llorona, Llorona de ayer y hoy,
ayer maravilla fui,
ay, Llorona, y ahora ni sombra soy.
Una coincidencia poética, sí, pero también simbólica: tanto Góngora como el pueblo mexicano exploran el paso devastador del tiempo, la pérdida de la belleza, la nostalgia de lo que ya no es.
Pero La Llorona no nació en la poesía escrita, sino en el miedo antiguo de los pueblos prehispánicos. Su origen se hunde en las aguas del mito mexica, donde se cuenta que la diosa Cihuacóatl, madre de la humanidad, lloró por sus hijos antes de la llegada de los españoles.
Se dice que por las noches, en las calles de Tenochtitlán, se escuchaba su lamento:
«¡Ay, mis hijos!» o «¿A dónde os llevaré?». Era el presagio de una catástrofe: la conquista, la muerte, el fin de un mundo.
Con el paso de los siglos, esa voz divina se transformó en una figura más humana, más cercana al dolor de las mujeres reales. Algunos identifican a La Llorona con La Malinche, la intérprete de Hernán Cortés, símbolo de la traición y el mestizaje. Según la leyenda, su llanto no era solo por un hijo arrebatado, sino por la culpa de haber entregado a su pueblo.
Otra versión, más difundida en el folclore rural, cuenta que La Llorona fue una joven seducida y abandonada, que, en un arrebato de desesperación, ahogó a sus hijos en el río. Desde entonces, su alma vaga entre las aguas, vestida de blanco, con el cabello suelto, llorando eternamente su crimen.
En la tradición popular mexicana, escuchar su llanto es presagio de desgracia. Se dice que su aparición antecede a la muerte o a una tragedia. Así, La Llorona se ha convertido en un arquetipo del dolor maternal, la culpa y la pérdida.
Incluso en tiempos modernos, su lamento sigue vivo. La noche anterior al terremoto de 1985 en Ciudad de México, muchos aseguraron haberla escuchado entre las calles desiertas, como si el mito, una vez más, advirtiera a los vivos del desastre inminente.
La Llorona es hoy una de las figuras femeninas más poderosas del imaginario mexicano. Es madre, amante, diosa y fantasma. En ella se mezclan lo indígena y lo español, lo sagrado y lo profano, lo humano y lo eterno.
Es el eco del país entero, donde el dolor se canta y la muerte se honra.
Su voz atraviesa generaciones porque encarna la tragedia universal del amor y la pérdida, pero también la fuerza con la que México transforma el sufrimiento en arte. Cada versión de la canción, cada nueva estrofa improvisada, renueva el hechizo. Y así, entre los acordes del son jarocho o el quejido del mariachi, La Llorona sigue llorando, no por sus hijos, sino por todos nosotros, recordándonos que, en el fondo, todos somos un poco su sombra: maravilla de ayer, lamento de hoy. Soledad carrasquilla Caballero. sccc.-