
En más de diez páginas de iglesias católicas sudamericanas encontré un relato situado en el Monasterio de Santa Ana y San José de Córdoba con la fotografía de un Cristo demasiado peculiar para situarse en la clausura de las Carmelitas Descalzas de la calle Ángel de Saavedra. Ante mis dudas, les consulté, y la crónica no tiene nada que ver con ese convento.
El suceso comenta que dentro del convento de Santa Ana y San José, en Córdoba, Andalucía, hay una cruz llamada Cruz del Perdón, de la que refieren una narración milagrosa.
Efectivamente, nada de lo que mencionan esos artículos tiene que ver con el citado convento, pero, no obstante, me parecía lo suficientemente conmovedor el testimonio como para referirlo.
Los anales cuentan que un día un hombre fue a confesarse de algo muy grave en un confesionario que se encontraba bajo un crucifijo. Poco después, esa persona volvió a confesarse del mismo acto y el sacerdote le espetó: «Esta es la última vez que te doy el perdón».
Un tiempo después, la misma persona se arrodilló a los pies del mismo cura, bajo la cruz, para pedir perdón nuevamente por la misma acción. En esta ocasión, el sacerdote fue aún más expedito y le dijo tajante: «No te perdono. No juegues con Dios, no puedo permitir que sigas pecando».
De repente, se escuchó un ruido que provenía de la Cruz. La mano derecha de Jesús se desclavó y se escuchó en ese momento la voz del Cristo pronunciar: «Fue mi sangre la derramada por esta persona, no la tuya».
Desde entonces, la mano derecha de Jesús permanece en esa posición, y es una invitación perpetua al hombre para pedir y recibir perdón.
Este relato, cargado de un profundo simbolismo, refleja la esencia del mensaje cristiano de la redención y el perdón divino. La Cruz del Perdón se convierte aquí en un poderoso testimonio de la misericordia infinita de Dios, que supera cualquier limitación humana. La mano de Cristo, que permanece desclavada, no solo representa una acción milagrosa, sino también una enseñanza fundamental: el perdón no es un acto exclusivo del sacerdote, sino un don concedido por Dios mismo.
La figura del sacerdote en esta historia también nos invita a reflexionar sobre los límites de la comprensión humana frente a la gracia divina. En su intento por imponer un límite al perdón, el sacerdote es confrontado directamente por Cristo, quien reafirma que su sacrificio fue realizado para todos, sin exclusión.
Además, la permanencia de la mano desclavada nos lleva a considerar la fuerza del testimonio visual en la fe cristiana. Este elemento tangible y visible refuerza la idea de que Dios siempre está dispuesto a reconciliarse con el hombre, sin importar cuán grave sea el pecado. La Cruz del Perdón se transforma así en un símbolo de esperanza, especialmente para aquellos que se sienten atrapados por la culpa o el remordimiento.
Este tipo de relatos, aunque no puedan ser confirmados históricamente, forman parte patrimonio oral y espiritual de las comunidades religiosas. En la tradición católica, los milagros asociados a imágenes o reliquias son comunes y tienen un profundo impacto en la devoción popular. No es inusual que estas historias trasciendan fronteras y se adapten a diferentes contextos, como parece ser el caso de la Cruz del Perdón, cuyo relato ha sido relacionado erróneamente, en Sudamérica, con el convento cordobés.
La Cruz del Perdón, independientemente de su ubicación exacta, nos recuerda que el perdón y la reconciliación son el centro del mensaje. Al compartir estas historias, no solo representa una parte de la tradición religiosa, sino que también inspiramos a otros a buscar la paz y la redención en sus propias vidas. Soledad Carrasquilla Caballero. Sccc.-
Fotografía del las paginas sudamericanas que muestran la Cruz del Perdón con un Jesús crucificado con el brazo derecho desclavado de la Cruz y extendido hacia abajo y el cuerpo colgado del izquierdo en una actitud un poco singular dentro de iconografía católica convencional.

El Cristo de la Sed del convento de Santa Ana en Córdoba

Cruz del perdón del Santuario de Nuestra Señora de San Juan de los Lagos en Mejico, con una leyenda igual