
fotografía de una carta de Rafel Caballero Alvares, cuando aún no era el ametralladora del Panther con el que en el Jarama dejo su cabeza.
Intentaba no mirar,
pero oía su voz.
Qué oscura la tierra
y qué verdes los árboles.
Un árbol era suyo.
No podía moverse.
Herido en todo el cuerpo
se apoyó allí quejándose.
Yo apenas distinguía:
desgarré su capote.
Fue fácil,
una granada me ayudó.
Pero él estaba moribundo
y la mata combada.
«Dios os bendiga, camaradas.
Él os dé las gracias.»
Eso fue todo.
Ningún lema,
ningún puño cerrado,
excepto de dolor.
Hyndman.
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