
Instrumental de circuncisión del Museo Sefardita de la Sinagoga del Tránsito de Toledo, que se puede considerar uno de los principales monumentos de la cultura judía en España.
El pasaje del Libro del Génesis, donde Dios establece con Abraham uno de los pactos más importantes de toda la tradición bíblica. En él, la circuncisión se convierte en el signo visible y permanente de la alianza entre Dios y el pueblo que nacería de Abraham. Este rito, que marca corporalmente al creyente, simboliza la pertenencia a un linaje espiritual y a una comunidad elegida.
Dios ordena que todo varón sea circuncidado, sin excepción: tanto el nacido en la casa como el extranjero adquirido, lo que refleja que la alianza no depende del origen étnico, sino de la incorporación al pueblo de la promesa. La circuncisión debía realizarse al octavo día de vida, un tiempo cargado de simbolismo en la tradición hebrea, asociado al inicio de un nuevo ciclo y a la consagración del ser humano.
El texto insiste en que este gesto no es meramente físico, sino un “pacto perpetuo”, inscrito en la carne, para que ninguna generación olvide su vínculo con Dios. La pertenencia al pueblo no se entiende solo como un hecho cultural o familiar, sino como la aceptación consciente de una relación sagrada.
Por ello, el hombre que rehusara la circuncisión quedaría excluido de la comunidad, no como castigo meramente social, sino porque habría roto voluntariamente la alianza que define la identidad espiritual del pueblo hebreo. En un mundo donde la pertenencia al clan era esencial para la vida, esta ruptura significaba quedar fuera del amparo divino y humano.
Con el tiempo, este mandamiento se convertiría en una de las señas de identidad más profundas del judaísmo, un símbolo que atraviesa milenios y que expresa la fidelidad, la memoria y la continuidad del pacto abrahámico.
El pasaje del Génesis donde Dios establece la circuncisión como pacto con Abraham constituye uno de los pilares más antiguos del monoteísmo. Esta marca en la carne, realizada al octavo día, sellaba la pertenencia al pueblo elegido y expresaba, de forma visible e irreversible, la aceptación del pacto divino. Con el tiempo, esta práctica se convirtió en un elemento central de la identidad judía, capaz de distinguir al creyente incluso en los momentos de mayor diáspora o persecución.
Pero la circuncisión también trascendió el ámbito hebreo. En el islam, considerado por los musulmanes como heredero directo del legado abrahámico, la circuncisión —llamada jitan— adquirió un lugar fundamental. Aunque el Corán no la menciona explícitamente, la tradición profética (sunna) la reafirmó como un acto recomendado y, para la mayoría de las escuelas jurídicas, obligatorio. De este modo, el Islam convirtió la práctica en un símbolo de pureza, pertenencia a la comunidad de creyentes (umma) y continuidad con la fe de Ibrahim (Abraham), al que el Islam considera padre espiritual de todos los monoteístas. El rito, que suele realizarse durante la infancia, pero no necesariamente al octavo día, marca la incorporación plena del varón musulmán a la vida religiosa y social.
A lo largo de la Edad Media, tanto en al-Ándalus como en los reinos peninsulares, la circuncisión se percibió como una frontera clara entre comunidades. En la Península Ibérica, donde convivían —con más o menos tensiones— judíos, musulmanes y cristianos, este rito adquirió una dimensión política y cultural. Identificaba de inmediato la religión a la que pertenecía un hombre y definía su lugar jurídico y social.
En este contexto, la circuncisión también tuvo implicaciones entre los hijos de los reyes cristianos, sobre todo en épocas en que los cautiverios, alianzas y adopciones forzosas no eran infrecuentes. Las crónicas relatan casos en los que príncipes cristianos capturados por poderes islámicos corrían el riesgo de ser circuncidados, lo que se interpretaba como una ruptura irreversible con su linaje y una “muerte simbólica” para la cristiandad. La circuncisión de un niño cristiano significaba, desde la perspectiva cristiana, su conversión y su incorporación a otra comunidad religiosa, algo impensable para las dinastías que fundamentaban su autoridad en la continuidad familiar y en la legitimidad sacramentada del bautismo.
Por ello, los reyes cristianos reforzaron la oposición a este rito, viéndolo como señal externa de una fe rival. La Iglesia marcó una frontera igualmente tajante: mientras que la circuncisión era “la antigua alianza”, el bautismo representaba la “nueva alianza en Cristo”, reemplazando cualquier rito corporal por la gracia espiritual. Este contraste alimentó controversias teológicas y también políticas, sobre todo en tiempos de conquista, conversiones forzosas y disputas por la pureza de linaje.
De este modo, a lo largo de siglos, la circuncisión funcionó no solo como rito religioso, sino como marca identitaria, frontera cultural y símbolo político, capaz de unir a comunidades enteras en torno a una tradición antigua y, al mismo tiempo, de separar mundos que compartían origen, pero disputaban destino. Soledad Carrasquilla Caballero. sccc.-
Génesis, capítulo 17:10-14
“Este es mi pacto, que guardaréis entre mí y vosotros y tu descendencia después de ti: Será circuncidado todo varón de entre vosotros.
Circuncidaréis, pues, la carne de vuestro prepucio, y será por señal del pacto entre mí y vosotros.
Y de edad de ocho días será circuncidado todo varón entre vosotros por vuestras generaciones; el nacido en casa, y el comprado por dinero a cualquier extranjero, que no fuere de tu linaje, y estará mi pacto en vuestra carne por pacto perpetuo.
Y el varón incircunciso, el que no hubiere circuncidado la carne de su prepucio, aquella persona será cortada de su pueblo; ha violado mi pacto”.