
Durante los siglos del esplendor andalusí, Córdoba, Sevilla, Toledo o Zaragoza,poseian los centros médicos más avanzados del mundo medieval. En sus hospitales, conocidos como bimaristanes, se practicaba una medicina profundamente científica, humana y gratuita. Estas instituciones no eran simplemente albergues para enfermos: eran verdaderos centros de formación, investigación y atención integral a la salud.
Los hospitales andalusíes acogían a todos sin distinción de religión, origen o clase social. El tratamiento era gratuito, costeado por donaciones privadas, fundaciones piadosas (waqf) o fondos del Estado. A cada paciente se le asignaba una cama individual, ropa limpia, alimentación adecuada según su dolencia y, en muchos casos, una ayuda económica para su recuperación tras el alta médica.
Los hospitales disponían de salas separadas por especialidades (oftalmología, cirugía, ginecología, enfermedades infecciosas…), con un sistema de gestión e higiene muy avanzado. Existían incluso salas para enfermos mentales, tratados con respeto y terapias no punitivas, lo que suponía un avance gigantesco respecto a la Europa cristiana de la época, donde la locura solía asociarse al pecado o a la posesión demoníaca.
Estos hospitales eran también escuelas clínicas, donde los estudiantes de medicina aprendían junto a médicos experimentados. Las clases, conferencias y debates eran frecuentes. Se consultaban obras clásicas de Galeno, Hipócrates y Dioscórides, pero también se producían tratados originales que revolucionarían la ciencia médica.
Abu al-Qasim al-Zahrawi (Albucasis, Córdoba, siglo X), considerado el padre de la cirugía moderna. Escribió la monumental Kitab al-Tasrif, una enciclopedia médica de 30 volúmenes con instrumental quirúrgico descrito e ilustrado por primera vez en la historia.
Ibn Zuhr (Avenzoar, Sevilla, siglo XII), médico clínico y experimentador que describió con precisión enfermedades como el cáncer de esófago y aplicó métodos pioneros como la alimentación por sonda.
Ibn Rushd (Averroes, Córdoba, siglo XII), más conocido como filósofo, también fue médico. Su Kulliyat (Colliget) fue un manual médico muy usado en Europa durante siglos.
Ibn al-Khatib (Granada, siglo XIV), que en su Libro de la Peste intuyó la naturaleza contagiosa de algunas enfermedades más de dos siglos antes que los europeos.
Los médicos andalusíes insistían en la higiene como factor clave de la salud. Promovían el lavado frecuente, la limpieza de habitaciones y utensilios, el uso del agua corriente (presente en hospitales y casas de baños), y una alimentación equilibrada basada en observaciones clínicas. Además, se prestaba atención al estado emocional del paciente: se sabía que la tristeza o la melancolía podían afectar al cuerpo, y se recomendaban lecturas, música y paseos como parte de la terapia.
El médico debía ser sabio, pero también compasivo. En palabras de al-Zahrawi:
“El médico debe cuidar del cuerpo como un artesano, y del alma como un hermano”. Soledad Carrasquilla Caballero. Sccc.-

Como podia ser la fachada del Maristán

Fachada y sección del Maristán de Granada

Carta de un joven paciente francés desde un hospital de Córdoba, hace mil años. Publicada por Amir Jafar Al-Rashdy:
Querido padre:
Recibí tu carta con inmensa alegría. Mencionas que deseas enviarme algo de dinero para sufragar mi tratamiento médico, pero debo decirte que aquí, en Córdoba, tal cosa no es necesaria. En este hospital, como en todos los que se extienden bajo la égida del califato, la medicina no es un privilegio del rico, sino un derecho de todo ser humano. La atención es completamente gratuita, y no solo eso: al recibir el alta, el hospital entrega a cada paciente una suma equivalente a cinco dinares, como ayuda para su convalecencia, junto con ropas nuevas y limpias. Nadie aquí es arrojado a la intemperie tras sanar. El periodo de recuperación es tratado con la misma dignidad que la enfermedad misma.
Si vienes a visitarme, podrás encontrarme en el ala de cirugía y tratamiento de articulaciones. Mi habitación da a un patio interior donde crecen naranjos, y justo al lado hay una biblioteca y una sala de lectura. Allí, cada tarde, los médicos se reúnen para asistir a las conferencias de los maestros de medicina y filosofía. Escuchar sus discusiones es como asistir a una sinfonía del saber: se habla de Galeno y de Hipócrates, sí, pero también de Ibn Sina y Al-Razi, y todo se debate con una erudición serena y refinada.
El pabellón de ginecología está en otro ala del hospital, rigurosamente reservado a las mujeres y custodiado por doctoras formadas en esta ciudad. La organización de este centro es tal, que todo se encuentra en su lugar exacto, y reina un orden que parecería propio de un monasterio, si no fuese por el murmullo de la ciencia.
En el lado oriental del patio se encuentra el salón de la pureza, una estancia luminosa donde son trasladados los pacientes que ya han sanado pero que deben pasar un tiempo de reposo antes de regresar a sus hogares. Allí se les ofrece no solo alimento y descanso, sino también el gozo de la lectura, la música y la conversación ilustrada. Hay instrumentos musicales dispuestos a voluntad de los que desean tocar, y libros en múltiples lenguas. Nadie abandona este lugar sin haber enriquecido también su espíritu.
Todo está limpio y perfumado. Las camas tienen colchones mullidos y almohadas forradas con paño blanco de Damasco, mientras que las sábanas son de un terciopelo tan suave que me atrevería a decir que no envidiarían el lecho de un emir. En cada habitación hay agua corriente, que llega a través de cañerías privadas: fría en verano y templada en los días de invierno.
Las comidas se sirven a sus horas y son de una exquisitez que sorprende: carnes blancas, legumbres frescas, pan de trigo recién horneado, dátiles, almendras y miel. Algunos enfermos, en broma, aseguran que si por ellos fuera, prolongarían su estancia unos días más sólo para seguir comiendo así.
Padre querido, no sé si estas palabras alcanzan a mostrarte la grandeza de lo que estoy viviendo. Este hospital es más que un lugar de curación; es una ciudad de compasión, saber y dignidad. En Córdoba, hasta el dolor parece más leve bajo el consuelo de la sabiduría y la bondad humanas.
Te abraza con gratitud y salud, tu hijo, desde la tierra de los sabios.