
Enrique Caballero Álvarez ha muerto. Con él se va una parte muy importante de la historia del Campo de la Verdad y aunque la memoria la seguiremos manteniendo algunos de nosotros, sus vivencias, sus recuerdos se han ido con él.
El rio llorará una ausencia, la ausencia del último molinero y las piedras del molino San Antonio (las que ha dejado la «restauración») ya se resignan a su inmovilidad, porque la esperanza de que aún pudieran andar se acaba de perder.
Casi un siglo cierra su vida de molinero antiguo. Generoso cuando los cuerpos que navegaban Guadalquivir abajo, él los llevaba a la orilla y a muchos de ellos aún con vida. Tierno con la familia. Duro con los remos. Imaginativo con las cuadernas. Creativo con las piqueras de aquellos barcos que construía para pasar la Ribera. Indiferente y despectivo con los importantes de Córdoba cuando querían comprarlo con miseria. Enfrentado a la munícipe que le puso una estela en el molino de Martos: “Ese no es mi lugar, mi sitio está en el molino San Antonio”. Y en el molino de San Antonio estará ya de forma imperecedera esperando a los que aún quedamos a este lado de la puerta. sccc